E-Book, Spanisch, 368 Seiten
Reihe: Varios
Invitar hoy a la fe
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9945-570-9
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
XXIV Semana de estudios de Teología Pastoral
E-Book, Spanisch, 368 Seiten
Reihe: Varios
ISBN: 978-84-9945-570-9
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
¿Podemos fiarnos de las profesiones de fe cuando no alcanzan el corazón ni se traducen en actos? ¿Existen cristianos anónimos entre los ateos y ateos anónimos entre los cristianos? (J. Guy Saint Arnaud). La fe y la duda andan con frecuencia juntas. Parece que creer y no creer pueden mantenerse juntos; nunca estamos libres de esa amenaza de la no fe. Cuando de la fe religiosa se trata, nos movemos en un terreno misterioso, que desborda los cálculos y las medidas racionales. Por eso en este ámbito son tan importantes el diálogo, el respeto y la tolerancia. Estas son verdaderamente las actitudes que dejan entreabierta la puerta de la fe para todos los que quieran atravesarla
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Presupuestos para adentrarse
en los caminos de la fe.
Preludio a la Semana
Felicísimo Martínez, O. P.
La fe es virtud teologal, don de Dios otorgado gratuitamente. Esto puede ser motivo de agradecimiento, si se entiende bien. La fe es una oferta universal y gratuita para todas las personas, y nadie la conquista a base de méritos o esfuerzos personales. Es don gratuito. Pero la misma afirmación de la gratuidad de la fe puede ser motivo de escándalo, si se entiende mal. Hace pocas semanas, un joven traducía así esta gratuidad: “Dios quiere darles la fe a unas personas y negársela a otras”. Así entendida, la gratuidad de la fe puede dar lugar al escándalo, porque nos hace pensar en un Dios arbitrario e injusto. Y un Dios así no merece crédito, no merece confianza.
Sin embargo, a pesar del carácter gratuito de la fe, las personas pueden facilitar o entorpecer el acceso a la misma Pueden poner condiciones existenciales que faciliten la recepción de ese don. Utilizando la imagen de Hch 14,27, tan querida por Benedicto XVI1, las personas pueden poner condiciones que ayuden a abrir “la puerta de la fe”. Es necesario “buscar la fe” (2 Tim 2,22). Pero las personas también pueden adoptar actitudes existenciales que les alejen del don de la fe. En este sentido hablamos de presupuestos para adentrarse en los caminos de la fe. Por eso estaba acertado Dietrich Bonhoeffer cuando afirmaba: “Yo querría aprender a creer”2.
Los medievales hablaban de los “praeambula fidei”, los preámbulos de la fe, los caminos a recorrer antes de adentrarse en la experiencia de la fe. Tenían muy claro que la fe es virtud teologal, que es gracia, que es don de Dios... Sin embargo, sabían que el ser humano puede poner algo de sí mismo para favorecer que la fe le sea dada.
Cuando hablaban de preámbulos de la fe, los medievales se referían sobre todo a ejercicios intelectuales, razonamientos humanos, conocimientos asequibles a la razón humana que nos ponen en camino hacia la fe teologal3. Por ejemplo, estaban convencidos de que con la razón podemos llegar a afirmar la existencia de Dios y varios de sus atributos. Se movían con mucha seguridad en el asunto de la existencia de Dios, porque entonces lo obvio era ser creyente y lo increíble era ser ateo. Estos conocimientos en torno a Dios asequibles a la razón humana eran considerados por los medievales como “praeambula fidei”, como caminos previos a la fe, como presupuestos intelectuales que abren el horizonte hacia la revelación, hacia los dogmas, hacia las verdades de fe que no están al alcance de nuestro frágil conocimiento humano4.
Hoy apenas se habla ya en teología de preámbulos de la fe en este sentido cognitivo. Ni los creyentes encuentran argumentos filosóficos convincentes para probar categóricamente la existencia de Dios y para asegurarse de sus atributos. Todo lo referente al inmenso misterio de Dios es preferible encomendarlo humildemente a la luz de la fe y de la revelación. Es preferible hablar de ciertos presupuestos existenciales que colocan a las personas en los caminos de la fe. Y estos presupuestos se entienden más como actitudes existenciales que pueden facilitar el acceso a la fe, que pueden propiciar experiencias de iluminación y conversión que conducen a la fe. No se trata ya de ejercicios de razonamiento, de conocimiento racional, de amarrar verdades sobre Dios con nuestras luces.
Cultivar estas actitudes es especialmente necesario en estos momentos de “crisis de Dios” (Jean-Baptiste Metz), de “eclipse de Dios” (Martin Buber), de “fatiga teologal” (Xavier Zubiri), de “cansancio de la fe” (Benedicto XVI), de “inapetencia religiosa” (Fernando Sebastián Aguilar). Karl Rahner ha llamado “ateísmo preocupado” a la moderna experiencia de la ausencia o silencio de Dios. Y añadía: “Es preciso aceptar esa experiencia y no reprimirla con la apologética precipitada y barata de una ‘fe en Dios’ antropomorfa”5.
La teología es cada vez más consciente de que la fe es un don de Dios; ni es conquista humana ni responde a méritos de nadie. André Gide lo expresa bien contando su experiencia personal: “Hay en las palabras de Cristo más luz que en cualquier otra palabra humana. Sin embargo, parece que esto no basta para ser cristiano. Además, hay que creer. Y yo no creo”6. En la película El séptimo sello, de Ingmar Bergmann, el Caballero viene a decir lo mismo: “¿Qué va a suceder con los que entre nosotros quieren creer pero no son capaces de ello?”7. Y el mismo Max Weber se consideraba a sí mismo “no dotado de oído para lo religioso”8.
Karl Rahner, por su parte, también ha hecho referencia a la demasía de luz como uno de los problemas para la fe: “Esto es precisamente lo que constituye nuestro problema: nosotros somos, se podría decir, sensibles no solo a la falta de luz, sino también a la demasiada luz que viene de la fe. En nuestro tiempo, la fe resulta problemática no porque nosotros creemos tener todas las respuestas sin necesidad de ella, sino, por el contrario, porque nos parece que la fe explica más de lo que uno puede aceptar”9.
La fe es un don misterioso. Pero algo podremos hacer para colocarnos en los caminos de la fe. Vale la pena recordar aquí la sugestiva imagen evangélica del ciego Bartimeo, del que nos habla Marcos (Mc 10,46-52). Probablemente había muchos más ciegos en Jericó, pero solo Bartimeo fue curado. Precisamente porque se colocó en el camino por el que pasaba Jesús, porque insistió e insistió con sus gritos, porque arrojó el manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Gracias a todas estas actitudes existenciales “recobró la vista y le seguía por el camino” (Mc 10,52). En sus clases, Paco Lacalle siempre insistía en que Marcos pone a este ciego como modelo del creyente y del discípulo, porque comenzó a seguir a Jesús cuando este emprendió la subida a Jerusalén y luego al Gólgota, allí donde precisamente los demás discípulos le abandonaron. Este ciego es un ejemplo de lo que significa poner algunos presupuestos para que nos sea dada la fe.
Los presupuestos para adentrarnos en los caminos de la fe son muchos; las actitudes que facilitan el acceso a la fe son muchas. Es importante ser inteligente, sabio, profundo, honesto, humilde, buscador, abierto a lo nuevo, sencillo, oyente de la Palabra, confiado...10 Pero no se pueden tener tantos talentos a la vez, ni tantas virtudes juntas.
Me limitaré a señalar algunos presupuestos importantes para colocarnos en los caminos o en el horizonte de la fe. Luego nos quedará orar para que nos sea dada la fe o para que nuestra fe no vacile. Mis reflexiones fueron concebidas como una especie de “preludio a la Semana”. Otros ponentes más autorizados nos dirán en qué consiste la fe cristiana, cuáles son los caminos de la fe, qué experiencias implica la fe, qué consecuencias trae al ser creyente...
Cultivar la cultura de la confianza o superar la cultura de la desconfianza
Estamos muy acostumbrados a pensar la fe en clave religiosa, a asociar la fe con una actitud religiosa del ser humano hacia Dios. Se nos olvida con frecuencia que el contexto de la fe es mucho más amplio que el contexto específicamente religioso. La fe es inicialmente un fenómeno antropológico, una forma de ser y de relacionarse las personas entre sí. “Constituye una parte intrínseca de la experiencia humana”11. Es un supuesto antropológico, una condición imprescindible para garantizar unas relaciones auténticamente humanas entre las personas. Y, por supuesto, la fe en las personas es una condición de posibilidad para una convivencia justa, armoniosa y gratificante en los grupos humanos12.
El ser humano es, en principio, un ser esencialmente creyente y, con frecuencia, crédulo. Gran parte de su aprendizaje lo realizan las personas creyendo. Muchas de sus supuestas seguridades se basan más en la fe que en el saber científico o en la propia experiencia. Son seguridades atribuibles más a la fe que a la verificación. La mayor parte de sus certezas en todos los ámbitos del saber se basan en la fe o confianza en otros13.
Paradójicamente, el hombre contemporáneo es mucho más crédulo de lo que él mismo se piensa. No solo en el ámbito de las ciencias ocultas o de los fenómenos pararreligiosos. También es crédulo con frecuencia en los asuntos que consideramos sólidamente científicos. Si las personas eliminaran de sus archivos mentales todo lo que han aprendido creyendo a otras personas, se quedarían con un caudal de conocimiento muy exiguo. La mayor parte de las cosas que damos por verdaderas o acertadas no las sabemos por evidencia objetiva, sino porque confiamos en el mecánico, en el médico, en el científico, en el filósofo, en el teólogo, en el político... La evidencia objetiva es un bien escaso para la mayoría de los humanos. Con frecuencia decimos “conocer”, cuando en realidad deberíamos decir “creer”.
Pero la actitud creyente del ser humano tiene otra dimensión más específica: es la dimensión personal14. Aquí la fe consiste en una auténtica relación personal. Es la forma más genuina de relacionarse las personas entre sí. Esta relación no se limita ya al ámbito del conocimiento; abarca la totalidad de la comunicación o la comunión entre las personas. Aquí, decir “yo creo en ti” significa “yo confío en lo que me dices”. Sin necesidad de contar con la evidencia objetiva, esta confianza adquiere niveles excelsos de firmeza y seguridad.
“Yo creo en ti”,...




