E-Book, Spanisch, 384 Seiten
Reihe: Letras Nórdicas
Kiri Los pescadores
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18451-70-6
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 384 Seiten
Reihe: Letras Nórdicas
ISBN: 978-84-18451-70-6
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
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Hans Kirk (Hadsund, 1898-Brådebæk, 1962) Abogado, periodista y autor célebre danés que escribió la novela más vendida de todos los tiempos en su Dinamarca natal: Los pescadores (1928). De 1926 a 1928 fue uno de los colaboradores habituales de Kritisk Revy, una revista de arquitectura. En 1941, durante la ocupación alemana, Kirk y cientos de personas más fueron arrestadas sin cargos por la policía danesa en una redada contra comunistas y simpatizantes de izquierda. Fue encarcelado y detenido en el campo de concentración danés de Horserød, pero logró escapar en 1943.
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En el extremo del embarcadero había un pequeño grupo oteando el fiordo en el cálido atardecer veraniego. Iban vestidos con elegantes trajes azul marino, botas brillantes y sombreros oscuros. Eran los pescadores de la costa oeste, que esperaban la llegada del barco en el que venían sus esposas e hijos.
Se había decidido que iban a establecerse allí y quedarse para siempre. Habían comprado derechos de pesca de anguila, y también redes de cerco. Povl Vrist llevaba varios años residiendo allí, estaba satisfecho y ganaba un buen dinero. Los demás acudían solo en temporada: llegaban en primavera, cuando empezaba la campaña del arenque, y volvían a la costa oeste en otoño, después de recoger las trampas para anguilas.[1] Pero esta vez iban a mudar de residencia. Mientras las familias vivieron en las comunidades de la costa oeste, su hogar estuvo allí. Pero ahora las cosas iban a cambiar.
Todos lucían una expresión solemne. No era difícil, pues iban vestidos con sus mejores galas, que solo se ponían para ir a misa o a funerales. Despedían un penetrante olor a solemnidad. Pero Anton Knopper dijo que era conveniente que vistieran sus mejores trajes, a fin de que las mujeres se dieran cuenta de que eran bienvenidas. Anton Knopper era así de considerado; y tenía razón, era un gran acontecimiento.
Cuando trataba de bromear, los demás sonreían por pura cortesía. Anton estaba soltero y no tenía responsabilidades en las que pensar. Pero ahora, de pronto, la empresa parecía muy arriesgada. En la comunidad de la costa oeste era difícil encontrar sustento. Si la pesca iba mal un año, surgían la penuria y los lamentos; pero recordaban con cariño el salitre del mar y los días de viento. Su destino en aquella costa extraña estaba ahora en manos de Dios.
Lars Bundgaard tenía preparada su lancha para poder desplazarse hasta la goleta en cuanto echara anclas. Su rostro orlado de barba oscura estaba quemado por el sol y el alquitrán. Era alto como un gigante, y tenía unas manos enormes y huesudas. Lars Bundgaard estaba callado e inquieto, y no le faltaban razones para ello. Malene estaba embarazada y a punto de dar a luz. Aunque tuvo sus dudas sobre si se atrevía a viajar, al final lo hizo.
El sol no se había puesto aún. De los prados se elevaba el dulce olor a heno. Unos mozos se bañaban en medio del fiordo, saltando desde un barco. Al nadar, sus cuerpos blanco-plateados relucían como el nácar. Una cálida placidez flotaba en el atardecer. Jens Røn estaba junto a Laust Sand. Casi ni recordaban cuánto tiempo llevaban pescando juntos. Ambos eran algo encorvados, pero aparte de eso no se parecían en nada. Jens Røn era ancho y fornido, su rostro de barba roja descolorida mostraba a veces un destello de picardía, a pesar de lo mal que lo había tratado la vida. Le habían tocado en suerte la pobreza, los años malos y todo tipo de contratiempos. Ahora lucía una sonrisa cauta y esperaba con ilusión la llegada de Tea. Había alquilado una casa, vieja y achacosa, pero esperaba poder tener su propia vivienda en el futuro. Y en cuanto a sus hijos, a Jens Røn le parecía que llevaba años sin verlos, aunque solo habían pasado cinco meses desde la última vez.
Laust Sand era alto y flaco, y de entre su oscura barba desgreñada asomaba un rostro deprimido. Sus ojos lagrimeaban con facilidad. Laust Sand era viudo, y esperaba a su hijastra, Adolfine, que iba a ocuparse de la casa.
Ninguno de ellos era un jovencito, pero tampoco eran tan viejos. Laust Sand era el mayor, y acababa de cumplir los cuarenta y cinco. El más joven era Povl Vrist, con treinta y cuatro años. Lars Bundgaard, Anton Knopper, Jens Røn y Thomas Jensen andaban por los cuarenta. Aún les faltaba mucho para llegar a la vejez, y no parecía que ninguno fuera a sufrir escasez. Dios proveería por ellos, pues sin Él no había progreso terrenal posible, bien que lo sabían.
Povl Vrist tenía buena vista, y fue el primero en divisar la goleta, un puntito en la parte oeste del fiordo.
—Me parece que ya viene —anunció. Y pronto se oyó el traqueteo de motores, que despertó un eco lejano en las colinas del sur.
Las mujeres, de pie en la proa, tenían la mirada fija en la tierra extraña. Hacia el sur, las colinas aparecían tapizadas de campos cuadriculados verdes y amarillos, y hacia el norte quedaba el pueblo con sus extensas granjas. En su patria chica la tierra estaba desierta, la bruma se adentraba en los campos arenosos y el viento resecaba y ennegrecía el grano. Aquí las granjas estaban rodeadas de grandes árboles verdes, y en los campos el grano se alzaba amarillo y prieto.
Malene, enorme, iba rodeada de sus niños. Se había cubierto la cabeza con el chal para protegerse del frescor nocturno. Su rostro decidido husmeaba la tierra cercana. Había que reconocer que tenía un aspecto de lo más fértil. La acompañaban Tea y Alma, la esposa de Thomas Jensen. Tea dijo que aquello era precioso, y Alma hizo un gesto afirmativo. Allí el viento del oeste no azotaba las casas. Entonces la campana de la iglesia repicó la puesta de sol. Era un buen augurio, dijo Tea, pero ¿cómo serían las gentes entre las que iban a establecerse? No era fácil saberlo. Tea estaba preocupada: ¿de qué valían las maravillas del mundo si no llevabas a Jesús en el corazón?
Adolfine se mantenía algo apartada y miraba a tierra. La puesta de sol imprimía a sus mejillas un brillo cálido, pero la flaca figura estaba extenuada por dentro. Se había mareado, se sintió morir, y deseó yacer en el frío lecho del fiordo. Los niños jugaban en cubierta. El navío parecía un nido de gorriones. Estaban por todas partes, en la carga, en lo alto del mástil, y el piloto se las veía y se las deseaba. Los había de todas las edades, chicas a punto de confirmarse, chicos bastante crecidos y sucios mocosos pisoteando las tablas de cubierta. Por la tarde estuvo a punto de ocurrir una desgracia. Uno de los hijos pequeños de Jens Røn trepó al bauprés y se creó una situación de peligro. El marinero tuvo que rescatarlo, mientras Tea gemía, presa de los nervios.
En la bodega no había sitio para el equipaje, y los muebles estaban apilados en cubierta. Ofrecían un aspecto extraño, pese a que todos conocían bien los viejos sofás, las camas pintadas de amarillo y las mesas marrones de pino, pulidas por el uso. Un espejo se había roto, y los cascos yacían diseminados por la cubierta y reflejaban el brillo rojizo de la puesta de sol, mientras el marco vacío mostraba su pobreza.
Ahora también los niños querían acercarse a la borda y dirigir la mirada hacia la tierra extraña. Tea se afanó en poner orden en los suyos. No iba a permitir que la avergonzaran. Para cuando la goleta echó anclas, Lars Bundgaard y Jens Røn ya estaban allí. Primero ayudaron a bajar a la lancha a Malene, quien, después de tender su mano floja a los hombres, se sentó con pesadez en popa y juntó las manos sobre su abultado vientre.
Laust Sand gritó desde el embarcadero con su aguda voz nerviosa:
—Adolfine viene con vosotras, ¿verdad?
No la había visto, ya que se encontraba detrás de las demás. Entonces ella se acercó a la borda, pero le faltó valor para hablar, con tanta gente cerca escuchando. Sacó el pañuelo y saludó con él a su padrastro. El semblante de Laust Sand se iluminó; todo iba como debía.
Desembarcar a los niños llevó su tiempo. Los pequeños lloraban, temerosos de que fueran a olvidarse de ellos, y la lancha tuvo que hacer tres viajes para desembarcar a todos. Las madres pasaron revista a sus proles; todas tenían a los suyos. Al final formaron grupos en el embarcadero, rodeados de viejas maletas, cajas y bultos de edredones y ropa. Los hombres fueron saludando a los recién llegados. Todos estaban algo cohibidos; incluso Alma, que siempre tenía algo que decir, parecía callada y reservada. Y es que estaban rodeados de gente del lugar que los miraba embobada, y casi no se atrevían a mirar alrededor.
Anton Knopper ya había amarrado la lancha, y subió al embarcadero con el bichero. No tenía a nadie a quien dar la bienvenida, pero se acercó a dos chicos y les preguntó si se habían mareado mucho. ¿Mareado? Los chavales se sintieron ofendidos: ¿cómo iban a marearse en las aguas del fiordo? Anton no deseaba herir los sentimientos de nadie, nada más lejos de su intención, pero es que estaban tan pálidos… Así fue como salió a la luz lo mal que lo había pasado Adolfine, claro que se trataba de una mujer. Adolfine bajó la vista y deseó que se la tragara la tierra. Aquello era como ser la comidilla del pueblo.
A Anton Knopper le pareció que tenía que hacer algo. No podían mirarse unos a otros como si fueran extraños. Y al instante blandió, chistoso, el bichero. Azuzó un poco a Tea, y, aunque algo inquieto, estalló en carcajadas. Tea se defendía y gritaba, y se ruborizó por haber gritado. Anton era un payaso, ¿qué iba a pensar la gente del lugar? Pero Anton Knopper se puso de lo más juguetón; había que azuzar a todas las mujeres, y se puso a correr de un lado a otro con el bichero, como un loco. Eran tonterías, pero no estuvo mal, porque la gente que observaba sonrió ante la extraña representación, y tomó nota de que aquellas personas no se dejaban intimidar.
Mientras caminaban por la calle del pueblo, las mujeres dirigían miradas discretas alrededor. Las casas eran sólidas, y sus jardines, bonitos y bien cuidados. Tea se llenó de confianza ante aquella opulencia; pero la gente no se comportaba como es debido. Se agolpaba en puertas y ventanas, mira que te mira. Una de las niñas...




