E-Book, Spanisch, 188 Seiten
Lalana A contraluz
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16862-78-8
Verlag: Metaforic Club de Lectura
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 188 Seiten
ISBN: 978-84-16862-78-8
Verlag: Metaforic Club de Lectura
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Fernando Lalana nació hace más de medio siglo y es Piscis. De pequeño, pensaba ser arquitecto y luego soñó con dedicarse al teatro. En medio estudió Derecho pero, a la hora de elegir profesión, eligió la de escritor. Lo hizo el 20 de febrero de 1985, cuando lo llamaron para decirle que El Zulo, su primera novela juvenil, había ganado el 'Premio Gran Angular.' Desde entonces ha publicado más de cien libros, ha vendido tres millones de ejemplares y ha ganado muchos premios. Entre ellos, el 'Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil' y el 'Cervantes Chico.'
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
CAPÍTULO PRIMERO
7 DE JULIO
EL NOVIO DE LA MUERTE
La noche anterior se había prolongado más de la cuenta.
Hacía un par de meses que, a través del Messenger, habíamos contactado varios excompañeros legionarios; y el brigada Marmolejo, que seguía siendo más pesado que su propio apellido, se empeñó en que teníamos que quedar todos a cenar para recordar las antiguas batallitas comunes del Tercio y ponernos al día de las actuales batallitas de la vida de cada cual, que sin duda habían de ser las más apasionantes. Después de dos semanas de insistir a todas horas, consiguió que ocho incautos le dijéramos que sí.
Fuimos al restaurante de un cuñado del sargento donde nos soplaron a cada uno veinte pavos por una cena que en nuestro cuartel de Melilla habría merecido un parte de denuncia. Sin embargo, las batallitas estuvieron bien; se contaron con cierta gracia y no excesivo mal gusto, cosa que yo agradecí, y después nos fuimos a tomar unas copas y jugar unas partidas de billar al Green, un lugar de ambiente tan cargado y pegajoso que impide a las bolas rodar como Dios manda sobre el tapete. Aun así, lo intentamos. Fue un fracaso. Lo que sí conseguimos fue emborracharnos estupendamente y terminar la noche huyendo de los municipales. Por lo visto, a los vecinos de la calle del Green no les gustó la versión que cantamos a todo pulmón, hacia las tres de la mañana, de «El novio de la muerte». Es verdad que ya ninguno de nosotros se acordaba bien de la letra y la tuvimos que empezar diez o doce veces. Y cuando, por fin, nos habíamos puesto de acuerdo en el estribillo final...
...por ir a tu lado a verte
mi más leal compañera,
me hice novio de la muerte,
la estreché con lazo fuerte
y su amor fue mi bandera...
...algún impaciente llamó al cero noventa y dos, aparecieron dos patrullas y tuvimos que salir por piernas.
Por eso, y pese a lo mucho que escasea el trabajo, al día siguiente habría preferido que ningún nuevo cliente se acercase por mi oficina y así poder dormir a pierna suelta en el sofá hasta la hora de comer. No me parecía mucho pedir, habida cuenta de que llevaba seis semanas sin un solo caso que llevarme a la boca.
Y sin embargo, esa mañana, a las diez y veintiséis en punto, GMT+1, horario europeo de verano, sonó el timbre de la puerta.
Con el corazón desbocado por el susto y la boca más seca que un kilo de mojama, me arrojé del sofá, repté como una salamanquesa hasta mi mesa de trabajo y, con una maniobra no muy elegante, trepé al sillón y me desplomé sobre el asiento. Cuando el mundo dejó de bambolearse conmigo a bordo, apreté el botoncito que liberaba el cerrojillo de la puerta.
EL PADRE DEL OSO
–¿Hola? ¿Buenos días? –me saludó un hombre atractivo, de pelo entrecano, asomando la cabeza a través de la puerta entornada–. Disculpe, voy buscando la agencia de detectives Villalba. ¿Es aquí?
–Sí, señor. Pase, pase –respondí conteniendo un bostezo–. Pero no es Villalba sino Villalta. Villalta, como Nicanor Villalta, el famoso torero.
–Ah, disculpe. Como no hay ningún rótulo que lo indique...
–¿Qué me dice? ¿Que me han robado el rótulo? Maldito barrio...
El tipo, en torno a los cincuenta, sobrado de mundo y bien vestido, entró y lanzó una mirada cauta y circular sobre mi despacho.
–¿Y... dónde están los detectives? –preguntó después.
Abrí los brazos de par en par, al tiempo que sonreía.
–Reconozco que, cuando inauguré la agencia, soñaba con crear una gran empresa, con varios empleados que trabajasen para mí y por eso le puse la denominación en plural. Pero lo único que he llegado a tener ha sido una secretaria rubia oxigenada a la que tuve que despedir porque me distraía en exceso a los clientes.
–Ah, caramba. Entonces, usted es...
–Edurne Villalta, detectiva privada. Detective, detective privada, quiero decir. Para servirle. Pero pase, pase y siéntese, señor...
–Hidalgo. Gonzalo Hidalgo.
Me alargó una tarjeta en la que no ponía Gonzalo Hidalgo sino algo muchísimo más largo y aristocrático. Casi indescifrable para mí en aquellas resacosas circunstancias.
–¡Bueno...! ¿De veras se llama usted todo esto? –pregunté, asombrada–. Caray, amigo, tiene que gastar en tarjetas de visita más que yo en bragas. ¡Ja! ¡Ejem...! Es broma. La típica broma de detectives. Disculpe... ¡ah! tenga cuidado al sentarse. No se apoye en el respaldo, que está roto y podría usted desnucarse. O sea que... Gonzalo–Antonio Hidalgo de Amezcoaga y Gil de Cuenca –silabeé, como una parvulita.
–El Antonio puede ahorrárselo. No lo utilizo nunca.
–Y aquí debajo, muy chiquitín, pone... Disculpe: ¿qué es lo que pone?
–Escritor. Pone «Escritor».
Inmediatamente, entre las tinieblas generadas por los vapores de la ginebra de garrafón, se abrió paso hasta mi córtex cerebral un rayo de lucidez. Un rayo de color azul, por más señas.
–¡Oiga! ¡No me diga que es usted Gonzalo Hidalgo, el escritor de cuentos infantiles!
El hombre sonrió, rebosante de falsa modestia.
–No pensaba que alguien de su oficio pudiera conocerme.
–¡Cómo no! ¡Pero si es el creador de las aventuras del Oso Mantecoso!
–Efectivamente. Efectivamente... Aunque he escrito veinte libros más, para mayores...
–¡Todo un best seller! –le interrumpí, entusiasmada-. Dígame: ¿cuántos millones de ejemplares ha vendido hasta ahora? Leí una vez un reportaje sobre usted en el dominical de El País y se hablaba de unas cifras casi obscenas.
–¿De los cuentos del oso? Pues no sé... varios millones, sí. Bastantes.
–¡Qué tremendo! Me firmará un autógrafo, ¿verdad?
–Mejor aún: le regalaré un ejemplar dedicado de «El oso Mantecoso se hace detective». Y alguna de mis veinte novelas para mayores. ¿Le parece?
–¡Me parece de perlas! ¡Qué ilusión! Las colocaré aquí mismo, encima de la mesa, junto a esa copa que gané jugando al voleibol cuando era niña.
–Todo un honor para mí.
–¡El padre del oso Mantecoso en mi despacho! ¡No me lo puedo creer!
–Del Oso Mantecoso y de muchos otros personajes para adultos, ya le digo.
–Vale, vale... ¿Y... cómo ha dado conmigo? ¿Por la recomendación de algún otro cliente mío? ¿O por recomendación directa del oso Mantecoso? ¡Ja!
–No, no. En realidad, la encontré en las páginas amarillas.
–¿En Páginas Amarillas? ¡Qué raro! Creo que solo me anuncié en ellas una vez, hace cuatro años. Luego, me di cuenta de que era carísimo y no servía para nada.
–Pues... sí, ahora que lo dice, creo que eran unas páginas amarillas ya bastante antiguas. ¡Qué casualidad! ¿No?
–Desde luego. A veces, el destino efectúa cabriolas asombrosas.
–Cabriolas asombrosas –repitió Hidalgo, ahuecando la voz–. Habla usted como una escritora más que como una detective.
De inmediato, me puse hueca como un coco.
–Bueno, bueno... también puedo decir palabrotas, si me lo propongo: «Desenfunda y alégrame el día, capullo». ¡Je! ¿Qué le parece?
Gonzalo Hidalgo parpadeó, ligeramente desconcertado, creo yo.
–Me parece que el destino ha sido muy amable conmigo al traerme hoy hasta aquí.
Huy...
–Estupendo. Estupendo, sí. Bravo por el destino. Bien y... en fin, ahora que ya nos hemos presentado, dígame: ¿qué se le ofrece, señor Hidalgo? ¿O debo llamarle «señor Mantecoso»? ¡Ja, ja!
–Ni lo uno ni lo otro: llámeme simplemente Gonzalo. ¿Puedo llamarla Edurne?
Huy, huy...
–Puede llamarme como usted quiera, señor Hidalgo. Pero empiece de una vez a contarme qué le ha traído hasta mi despacho porque me estoy hartando de decir tonterías intentando parecer ingeniosa.
–Vale. Será mejor que vaya directamente al grano, entonces.
–Se lo agradecería.
El escritor se arrellanó en el asiento –cuidando de no apoyarse en el respaldo– sacó del bolsillo de su chaqueta un disco DVD y me lo tendió.
–Me están haciendo chantaje –dijo, sin más.
–¿Con el contenido de este disco? –pregunté, tomándolo por el borde con la mano izquierda, mientras con la derecha encendía mi ordenador de sobremesa.
–Por lo visto, es solo una pequeña muestra. El chantajista dice tener mucho más.
–¿Quiere un café? Tenemos tiempo de sobra mientras se carga el sistema operativo. Uso Windows Vista.
–No, gracias. No tomo café.
–¿Un escritor que no toma café? ¡Qué raro!
–Ya ve.
–¿Le apetece otra cosa? Un... ¿un vaso de agua del grifo?
–Eso, sí.
–¡Ajá! ¡Marchando!
Por fin se inició el ordenador y pudimos reproducir el DVD. Después de un par de minutos de silencioso visionado, el contenido parecía más que claro.
–Es una fiesta de jóvenes. Y se lo están pasando en grande, por lo que veo. ¿Dónde se ha grabado todo esto?
–Es... mi casa. Mi casa de verano, la de aquí. Hace una semana. Mi mujer y yo se la prestamos a mis...




