E-Book, Spanisch, 178 Seiten
Lalana El efecto Faraday
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-17156-02-2
Verlag: Metaforic Club de Lectura
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 178 Seiten
ISBN: 978-84-17156-02-2
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Fernando Lalana nació hace más de medio siglo y es Piscis. De pequeño, pensaba ser arquitecto y luego soñó con dedicarse al teatro. En medio estudió Derecho pero, a la hora de elegir profesión, eligió la de escritor. Lo hizo el 20 de febrero de 1985, cuando lo llamaron para decirle que El Zulo, su primera novela juvenil, había ganado el 'Premio Gran Angular.' Desde entonces ha publicado más de cien libros, ha vendido tres millones de ejemplares y ha ganado muchos premios. Entre ellos, el 'Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil' y el 'Cervantes Chico.' Fernando Lalana vive en Zaragoza, donde el ayuntamiento convoca cada año un concurso literario con su nombre. Está casado y tiene dos hijas que no quieren ser escritoras. Si quieres saber más sobre el autor: fernandolalana.com/
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CAPITULO CERO
UN DIA DE MAYO
BAJO LAS VÍAS
Entre humo de locomotoras y chorros de vapor recalentado, el tren nocturno París-Lisboa, conocido como el Sudexpreso, esperaba la señal de salida en la estación de Irún. Los viajeros habían cumplido ya con los trámites aduaneros que requería su entrada en España y, tras ello, se habían acomodado de nuevo en sus departamentos. Los ocho coches de viajeros habían efectuado también la lenta operación de cambiar sus bojes de ancho internacional por otros de ancho ibérico con los que comenzar a recorrer las vías españolas y portuguesas camino de su destino lisboeta.
El jefe de estación, Pascual Ibarbuengoitia, con la gorra propia de su cargo bajo el brazo, avanzaba por el andén principal, camino de la cabeza del tren. Al llegar a la altura del primer furgón, pintado de azul ferroviario, decidió que ya había caminado lo suficiente y alzó su banderín rojo en dirección al maquinista, autorizando la salida del convoy.
Amanecía. Un viento racheado y cambiante arrastraba de aquí para allá traicioneras motas de carbonilla cuando, en medio de una sinfonía de crujidos metálicos dominada por los resoplidos de la locomotora de la RENFE, una vaporosa tipo “Montaña”, sustituta española para la eléctrica francesa que durante toda la noche había arrastrado el convoy desde París, el Sudexpreso reanudó su marcha.
Fue entonces, unos segundos después de la arrancada, cuando se abrió la puerta con cristal ovalado de uno de los cuatro coches de la “Wagons-Lits”. Un hombre canoso, de cabeza grande y avanzada edad, aunque de cuerpo fornido, casi atlético, salió por ella y descendió con decisión los tres peldaños metálicos hasta quedar apoyado en el último de ellos. Tras permanecer aferrado durante unos instantes al pasamanos de latón, saltó al andén. Debido a la velocidad adquirida por el convoy, trastabilló y a punto estuvo de rodar por el suelo; y, sin embargo, en el último momento, logró evitar la caída.
El corazón le latía con fuerza.
El anciano se encasquetó con firmeza su sombrero, tirando de la parte delantera del ala y, luego, se arrebujó en su gabardina, de color beige oscuro y ya algo ajada por los años de uso.
Lanzando de cuando en cuando nerviosas miradas a un lado y otro, esperó a que el tren saliese de agujas y, acto seguido, se dirigió con rapidez hacia el paso inferior que permitía cambiar de andén caminando bajo las vías.
Allí abajo, en el maloliente pasadizo alicatado con azulejos amarillos y negros, le aguardaba otro hombre, de su misma estatura, de menor edad y, como él, ataviado con sombrero de ala ancha y gabardina tres cuartos.
Al verle venir, se le aproximó. El eco de sus pasos resonó en el túnel.
-¿La tiene? –preguntó el más joven, con un punto de ansiedad en la voz.
-La tengo.
Respondió el hombre mayor, sonriendo a su interlocutor, un sujeto de extraordinario parecido con Carlos Gardel, el mítico cantante de tangos argentinos. Y uniendo la acción a la palabra, se abrió la gabardina y la americana, mostrando el bolsillo de pecho de la camisa, por el que asomaba la parte superior de una estilográfica de magnífico aspecto, con una letra omega cincelada en lo alto de la contera del capuchón.
El sosia de Gardel sonrió también y ambos hombres se fundieron en un emocionado abrazo.
-Por fin. Después de tanto tiempo, nuestro plan podrá seguir adelante.
En ese momento, sobre sus cabezas, comenzó a atravesar la estación un larguísimo tren de mercancías cuyo traqueteo inundó el ambiente con un fragor grave, sordo e interminable. Quizá por ello, ninguno de los dos hombres se percató de la llegada de un tipo de enorme estatura e inquietante aspecto que, procedente del andén principal, se les acercaba caminando con amplísimas zancadas.
Vestía un inacabable impermeable gris marengo, largo hasta casi los tobillos, se tocaba con un sombrero de fieltro del mismo color, y ocultaba su rostro tras una bufanda de color indefinido. Ese fue el detalle que alertó al hombre de la estilográfica: bufanda en pleno mes de mayo.
-¡Cuidado, Carlos! ¡Nos han descubierto!
Era demasiado tarde para intentar huir los dos.
-¡Corra, don Práxedes! ¡Póngase usted a salvo! ¡Yo intentaré hacerle frente!
Uniendo a la intención una considerable dosis de valor, el hombre que se parecía a Gardel se abalanzó sobre el gigante.
Con una rapidez de reflejos impensable en alguien de su tamaño, el hombre de la bufanda realizó un movimiento de esquiva para, acto seguido, golpear a su adversario en el costado, proyectándolo contra el horrendo alicatado negro y amarillo. El resultado del golpe fue la fractura de dos costillas y la pérdida de conocimiento del atacante.
Pero, para entonces, don Práxedes había salido ya al exterior, al andén número cinco, y corría tan deprisa como su edad se lo permitía. Al llegar al final del andén saltó a las vías y siguió corriendo. Cayó dos veces de bruces, al resbalar en el balasto, el lecho de piedras de sílice que sustenta los raíles del ferrocarril. Se hirió las palmas de las manos. Pero se levantó y siguió corriendo. Pasó bajo el puente de señales que daba entrada a la estación. Y siguió corriendo.
Por fin, llegó a la playa de vías que, como un abanico de varillas metálicas, se abría hacia el depósito de locomotoras. Y allí se detuvo, jadeante, apoyándose en la traviesa portatopes de una veterana “Verraco” de vapor, de la antigua Compañía del Norte, ya fuera de uso, que aguardaba allí estacionada el momento de su desguace.
Cuando logró serenar el ritmo de su respiración, aguzó el oído mientras se llevaba la mano al pecho para comprobar que la preciada estilográfica continuaba allí.
-Bien –se dijo, en un susurro-. Bien.
La pluma allí seguía. Aún podía salir todo bien.
Entonces, muy cerca, oyó pasos. Un caminar pausado, firme, poderoso, cuyo origen no admitía duda.
Presa del terror, el anciano apretó las mandíbulas y se deslizó sigilosamente bajo la vieja locomotora. Y pronto pudo ver, a través de los radios de una de las ruedas motrices, las piernas de su perseguidor. Trató de no moverse, de no respirar, de no hacer el menor ruido que pudiese delatar su presencia.
Los segundos caían lentos, como las gotas de cera de una vela encendida.
Inesperadamente, el gigante de la bufanda se agachó y las miradas de ambos hombres se cruzaron.
Durante un instante interminable, don Práxedes permaneció atenazado por el miedo. Un miedo cerval. El miedo que siente la presa en presencia del cazador que le apunta entre los ojos con su arma. De manera inesperada, el anciano logró sobreponerse al pánico y salir huyendo en dirección contraria, gateando primero hasta abandonar la protección de la “Verraco” y echando a correr, luego, entre las otras locomotoras allí estacionadas, sintiendo cómo su perseguidor, mucho más ágil que él, se lanzaba en su persecución y le comía el terreno a ojos vista.
El hombre de la estilográfica intentó rodear una máquina diésel pintada de verde claro pero, antes de haberlo conseguido, sintió en el brazo derecho una presión inaudita, como la de una tenaza hidráulica, que lo sujetaba justo por encima del codo.
Gritó de dolor.
Estaba atrapado. El hombretón del impermeable gris le había dado caza. Don Práxedes intentó desasirse, aun sabiendo que resultaba un empeño completamente inútil.
Y en efecto, resultó inútil. El gigante lo atrajo hacia sí.
-Entrégueme... esa... estilográfica –dijo a continuación con voz potente y neutra, carente de todo matiz humano.
Don Práxedes miró el rostro de su enemigo. La única zona que quedaba a la vista era la situada entre el sombrero y la bufanda, de apenas dos dedos de anchura: Sus ojos.
Sus ojos eran verdes –de un verde irreal, extraño, luminiscente, como venido de otro mundo- y parecían brillar levemente en medio de la aún escasa luz del amanecer.
-Entrégueme. Esa. Estilográfica –repitió el tipo, con mayor lentitud pero de modo igualmente monocorde, dejando patente lo inexorable de su determinación-. Ahora... ¡mismo!
Detenido por la presión el flujo sanguíneo, don Práxedes ya no sentía los dedos de la mano derecha. El dolor era tan intenso que apenas le dejaba pensar. A pesar de todo, tomó una rápida decisión.
-¿La quieres? –masculló entonces, con rabia-. ¿Quieres la pluma? ¡Pues ve a por ella!
En un gesto rápido, se palpó con la mano libre el bolsillo de la camisa, asió la estilográfica y, sin pensárselo dos veces, la arrojó lejos de sí, con todas sus fuerzas. La pluma fue a aterrizar dos vías más allá, sobre una de las traviesas de madera.
El gigante emitió un gruñido de desagrado y, acto seguido, se deshizo de don Práxedes, lanzándolo por los aires como un pelele, a cuatro o cinco metros de distancia. Luego, en tres zancadas, tras cruzar por delante de un automotor TAF allí estacionado, se plantó en medio de la vía, recogió la estilográfica con delicadeza y la alzó hasta colocarla a la altura de sus ojos.
La tenía en su poder.
Había cumplido con la tarea asignada. De haber sido capaz de sonreír, habría sonreído.
En ese instante, cuando apenas llevaba un par de segundos examinando la pluma, el hombretón escuchó a su espalda un leve siseo. Y, de inmediato, el aullido desgarrado de una bocina ferroviaria.
Giró con rapidez sobre sus talones pero solo tuvo tiempo...




