E-Book, Spanisch, 290 Seiten
London La gente del Abismo
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-17109-09-7
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 290 Seiten
ISBN: 978-84-17109-09-7
Verlag: Gatopardo ediciones
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(1876-1916) fue un escritor estadounidense, conocido sobre todo por sus novelas de aventuras o de ciencia ficción: La llamada de la selva (1903), El lobo de mar (1904), Colmillo Blanco (1906), El vagabundo de las estrellas (1915). Es autor también de novelas de contenido social -El tálon de hierro (1908)-, así como de numerosos cuentos, memorias -The Road (1907), Martin Eden (1909) y John Barleycorn (1913)-, obras de teatro y textos de denuncia política. London desempeñó diversos oficios, desde marinero, pescador y estibador hasta buscador de oro y periodista, además de novelista. Alcanzada la fama como escritor se recluyó en su rancho californiano, donde murió a los cuarenta años de edad.
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1. El descenso
Cristo, ampáranos en esta ciudad,
consérvanos nuestro amor y piedad
y nuestros semblantes al cielo aboca
para que no nos volvamos de roca.
thomas ashe
—Pero no puedes hacer eso, hombre —me dijeron los amigos a quienes yo había recurrido en busca de ayuda para sumergirme en el East End de Londres—. Lo que debes hacer es acudir a la policía para que te guíe —añadieron, pensándolo mejor, esforzándose para adaptarse a los altibajos psicológicos de un demente que se había presentado ante ellos con mejores credenciales que cerebro.
—Pero es que no quiero ir a la policía —protesté—. Lo que quiero es adentrarme en el East End y ver las cosas por mí mismo. Quiero saber cómo vive esa gente allí, y por qué vive allí, y para qué vive. En suma, quiero irme a vivir yo también allí.
—¡No puedes irte a vivir al East End! —me decían todos, con unos rostros que clamaban su desaprobación a los cuatro vientos—. Caramba, si dicen que hay ciertas partes donde la vida de un hombre no vale un penique.
—Ésos son justamente los sitios que quiero ver —los interrumpía.
—Pero es que no puedes, ¿me entiendes? —replicaban siempre.
—No es para eso por lo que he venido a veros —contestaba yo con brusquedad, algo molesto por su incomprensión—. Soy forastero aquí, y quiero que me contéis lo que sabéis del East End y así tener algo por donde empezar.
—Pero es que no sabemos nada del East End. Está por ahí, en alguna parte. —Y agitaban las manos con vaguedad en aquella dirección en la que, en muy contadas ocasiones, podía verse la salida del sol.
—Pues iré a Cook’s —les anuncié.
—Oh, sí —replicaron ellos, aliviados—. Seguro que en Cook’s sí que lo saben.
Pero, ¡oh, Cook!, ¡oh, Thomas Cook e Hijo!, exploradores y conocedores de caminos, vosotros que hacéis de baliza para el mundo entero y prestáis ayuda a los viajeros extraviados, que, en un instante y sin vacilar, podrías guiarme por el África Negra o el Tíbet más remoto, no sabéis, en cambio, cómo ir al East End de Londres, que está a un tiro de piedra de Ludgate Circus.
—No puede hacer eso, señor —me dijo el experto en rutas y pasajes de la sucursal de Cook’s en Cheapside—. Es muy, ejem…, muy inusual. Consulte a la policía —concluyó en tono autoritario, cuando yo insistí—. No estamos acostumbrados a llevar a viajeros al East End; nadie nos pide que lo llevemos allí, y no conocemos en absoluto ese lugar.
—Bueno, pues olvídese —intervine yo para evitar que su torrente de negativas me expulsara de la oficina—. Pero hay algo en lo que sí pueden ayudarme. Quiero explicarles lo que me propongo hacer, para que en caso de que surjan problemas puedan ustedes identificarme.
—Ah, ya entiendo. Así, si lo asesinan, podremos identificar el cadáver.
Lo dijo en un tono tan jovial y con tanta sangre fría que, de pronto, me imaginé mi cadáver tétrico y mutilado, extendido sobre una losa por la que discurría un reguero de agua fría, y a él, inclinado sobre mí, identificando con tristeza y resignación el cuerpo del loco americano que quería ver el East End.
—No, no —le contesté—, solamente para identificarme en caso de que me meta en algún lío con los bobbies. —Esto último lo dije con entusiasmo; estaba empezando a familiarizarme con el argot local.
—Eso —me dijo— es un asunto que tendrá que decidir la Oficina Central—. No existen precedentes, ¿sabe? —añadió en tono de disculpa.
El hombre de la Oficina Central titubeó.
—Tenemos por norma —me explicó— no dar información sobre nuestros clientes.
—Pero en este caso —le insistí—, es el cliente quien solicita que den a otros información sobre él.
Volvió a titubear.
—Por supuesto —me apresuré a decir—, sé que no hay precedentes, pero…
—Como estaba a punto de comentarle —continuó él, imperturbable—, no hay precedentes, y me temo que no podemos ayudarlo.
Pese a todo, salí de allí habiendo conseguido la dirección de un detective que vivía en el East End, y me dirigí al consulado general americano. Y allí, por fin, encontré a un hombre con el que pude «trabajar». No hubo titubeos, ni enarcó las cejas, ni mostró incredulidad o asombro. En un minuto me expliqué y le expliqué también mi proyecto, que él aceptó con naturalidad. En el minuto siguiente me preguntó mi edad, altura y peso, y me miró de arriba abajo. Y al tercer minuto, mientras nos despedíamos con un apretón de manos, me dijo:
—Muy bien, Jack. Me acordaré de usted y le seguiré la pista.
Dejé escapar un suspiro de alivio. Una vez quemadas mis naves, ya era libre para adentrarme en aquella jungla humana de la que nadie parecía saber nada. Pero de pronto tropecé con una nueva dificultad en la persona de mi cochero, un personaje de patillas canosas y sumamente decoroso que durante varias horas me había llevado de forma imperturbable por la City.
—Lléveme al East End —le ordené, tomando asiento.
—¿Adónde, señor? —me preguntó sorprendido.
—Al East End, adonde sea. Venga.
El cabriolé circuló sin rumbo durante varios minutos y luego se detuvo con brusquedad. La abertura sobre mi cabeza estaba descubierta y el cochero se asomó para mirarme, desconcertado.
—Oiga —me dijo—, ¿dónde quiere que lo lleve?
—Al East End —le repetí—. A ningún sitio en concreto. Usted conduzca, a cualquier parte.
—Pero ¿cuál es la direción, señor?
—¡Óigame! —exclamé—. ¡Lléveme al East End ahora mismo!
Era evidente que no lo entendía, pero retiró la cabeza y, a regañadientes, hizo trotar al caballo.
En ninguna parte de Londres puede uno escaparse de la visión de la pobreza abyecta, puesto que allí donde uno se encuentre siempre hay un barrio marginal a menos de cinco minutos andando; sin embargo, la zona en la que se estaba adentrando el cochero era un barrio donde la miseria parecía que no fuera a acabarse nunca. Las calles estaban atestadas de una raza de gente nueva y distinta, de baja estatura y aspecto vil y ebrio. A lo largo de varias millas no vimos más que ladrillos, y el panorama que nos ofrecían todas las travesías y callejones no era otro que el de ladrillos y miseria. De vez en cuando aparecía algún hombre o una mujer borrachos y dando tumbos, y el aire nos traía los ruidos obscenos de las riñas y trifulcas. En el mercado, ancianos y ancianas tambaleantes hurgaban entre los escombros arrojados al fango en busca de patatas, judías y verduras podridas, mientras los niñitos se apiñaban como moscas alrededor de una masa de fruta descompuesta y hundían sus brazos hasta los hombros en una podredumbre líquida, de donde extraían trozos putrefactos que devoraban en el acto.
En todo el trayecto no me encontré ni un solo coche de caballos, y la mía era una aparición procedente de otro mundo mejor, a juzgar por cómo los chiquillos correteaban detrás de él y a su lado. Por todas partes veía muros de ladrillo, pavimentos enfangados y calles atestadas de griteríos; por primera vez en mi vida el miedo a la multitud me aplastó. Era como el miedo al mar: una calle tras otra, la multitud era como las olas de un mar inmenso y maloliente, que rompían contra mí y me amenazaban con engullirme y sumergirme.
—Stepney, señor. La estación de Stepney —me gritó el cochero.
Miré a mi alrededor. Era realmente una estación de tren, y el cochero había conducido desesperadamente hasta allí porque era el único lugar que le sonaba de algo en medio de aquella jungla.
—¿Y qué? —le dije yo.
Él farfulló palabras ininteligibles, negó con la cabeza y pareció muy afligido.
—Yo no soy de aquí —consiguió articular—. Y si no quiere ir a la estación de Stepney, no tengo ni puñetera idea de qué es lo que quiere.
—Le diré lo que quiero —le dije—. Siga conduciendo e intente encontrar una tienda donde vendan ropa vieja. En cuanto vea una, siga adelante hasta doblar la esquina, entonces pare el coche y déjeme bajar.
Me di cuenta de que el cochero comenzaba a recelar de que no fuera a pagarle, y poco después se detuvo junto a la acera y me aseguró que un poco más atrás había visto una tienda de ropa vieja.
—¿Me puede usté pagar? —me suplicó—. Me debe siete con seis.
—Sí —le dije riendo—. Y ésta es la última vez que le veo el pelo.
—Dios me ampare, pero si no me paga, entonces seré yo el que no le veré el pelo a usté.
Un grupo de curiosos desarrapados ya se había congregado alrededor del vehículo, así que sonreí de nuevo y me encaminé a la tienda de ropa usada.
La principal dificultad fue hacerle entender al tendero que quería comprar ropa vieja. Sin embargo, después de varios intentos infructuosos por querer endosarme abrigos y pantalones nuevos, el hombre comenzó a sacarme montones de ropa vieja, adoptando un aire misterioso y haciendo vagas insinuaciones. Era evidente su intención de hacerme saber que me había «calado» y obligarme así, por temor a ser descubierto, a pagar una elevada suma por mis compras. Me había tomado por un hombre en apuros, o bien por un delincuente de clase alta procedente del otro lado del río; en cualquier caso, por alguien que deseaba evitar desesperadamente a la policía.
Yo, sin embargo, a fuerza de discutir con él sobre la escandalosa diferencia entre el...




