Louv | Los últimos niños del bosque | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 440 Seiten

Reihe: Ensayo

Louv Los últimos niños del bosque


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-121826-4-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 440 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-121826-4-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Acampar en el jardín, ir en bicicleta por el bosque, trepar a los árboles, atrapar insectos, recoger flores silvestres, correr entre pilas de hojas de otoño... Estas son las cosas de las que están hechos los recuerdos de infancia. Pero para la generación de hoy en día, faltan los placeres de una infancia libre y sus hábitos conducen a la obesidad epidémica, el trastorno por déficit de atención, el aislamiento y la depresión infantil. Este oportuno libro muestra cómo nuestros hijos se han vuelto cada vez más alienados y distanciados de la naturaleza, por qué esto importa y cómo podemos cambiar la tendencia. Los últimos niños en el bosque es el primer documento que reúne investigaciones de vanguardia que demuestran cómo la exposición directa a la naturaleza es esencial para un desarrollo infantil sano: física, emocional y espiritualmente. Es un toque de atención, convincente e irresistiblemente persuasivo, para recuperar la conexión entre los niños y la naturaleza. Un libro imprescindible para los padres de hoy en día, que puede ayudarles a reconstruir esa tradicional y sana interacción entre la infancia, el aire libre y los espacios naturales abiertos.

Richard Louv. Periodista y autor de nueve libros, muchos de ellos traducidos a 13 idiomas y publicados en 17 países. Es cofundador y presidente emérito de Children & Nature Network, organización que ayuda a construir un movimiento internacional para conectar a las personas y las comunidades con el mundo natural. Con el artista Robert Bateman, es copresidente de la Alianza Child in Nature de Canadá. En 2010, pronunció el discurso plenario en la conferencia nacional de la Academia Americana de Pediatría, y en 2012 fue el orador principal en la primera Cumbre de la Casa Blanca sobre Educación Ambiental. Ha sido profesor visitante de la Universidad de Clemson y la Escuela Heller de Política y Gestión Social de la Universidad de Brandeis. Es miembro del consejo editorial de la revista Ecopsychology, del consejo de administración de ecoAmerica, del Grupo Citistates, y es socio fundador junto a C&NN, ecoAmerica y Nature Conservancy de Nature Rocks. Entre otros galardones, Louv ha recibido la Medalla Audubon en 2008, la Medalla de Conservación de la Sociedad Zoológica de San Diego 2008, la Medalla de Conservación George B. Rabb 2008 de la Chicago Zoological Society, el Premio Internacional Jane Jacobs para hacer Ciudades Más Habitables 2009 y el Premio Cox 2007, el más alto honor que otorga la Universidad de Clemson, que le fue concedido por un 'logro sostenido en el servicio público'.
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02

La tercera frontera

«La frontera se ha ido. Murió con las botas puestas».

M. R. MONTGOMERY

En mi estantería hay un ejemplar del libro Shelters, Shacks and Shanties, escrito en 1915 por Daniel C. Beard, un ingeniero civil que se hizo artista, y que es más conocido por ser uno de los fundadores de los Boy Scouts en los Estados Unidos. Durante medio siglo, escribió e ilustró una serie de libros sobre actividades al aire libre. Shelters, Shacks and Shanties [Refugios, cabañas y chozas] es uno de mis libros favoritos porque, en especial con sus dibujos a plumilla, Beard representa una época en que la experiencia de la naturaleza que tenía una persona joven no se podía separar de la visión romántica de la frontera estadounidense.

Si tales libros se publicaran ahora por primera vez, se considerarían pintorescos y políticamente incorrectos, como mínimo. Iban dirigidos a muchachos adolescentes. El género parecía implicar que ningún chico que se respetara a sí mismo podía disfrutar de la naturaleza sin cortar todos los árboles que pudiera. Pero lo que mejor define a estos libros, y la época que representan, es la creencia no cuestionada de que estar en la naturaleza tenía que ver con hacer algo, con una experiencia directa… y no con ser un espectador.

«Los niños más pequeños pueden construir algunos de los refugios más sencillos y los mayores pueden centrarse en los más complicados —escribió Beard en el prólogo de Shelters, Shacks and Shanties—.[3] El lector puede, si quiere, comenzar con la primera (cabaña) e ir subiendo en dificultad con las casas de troncos; al hacerlo estará siguiendo de cerca la historia de la humanidad, porque, desde que nuestros ancestros arbóreos con dedos prensiles en los pies corrían deprisa entre las ramas de los bosques preglaciares y construían en los árboles refugios similares a nidos, los hombres se han construido cabañas como refugios temporales». Pasa entonces a describir, por medio de palabras e ilustraciones, cómo un muchacho podría construir unos cuarenta tipos de refugios, incluyendo la casa en el árbol, el refugio Adirondack, el Wick-Up, el tipi de corteza de árbol, el Pionero y el Scout. Cuenta «cómo construir una cabaña Beaver-mat» y «una casa de hierba». Enseña «cómo partir troncos a lo largo, hacer tejas de madera, estacas o listones» y cómo hacer una cabaña en torno a un poste central, cerrojos secretos, un fuerte subterráneo y, curiosamente, «cómo construir una cabaña de troncos oculta dentro de una casa moderna».

Probablemente el lector actual se sentiría impresionado por el nivel de ingenio y habilidad requerido, así como por lo arriesgado de algunos de los diseños. En el caso de la «casa subterránea o hogan original del niño estadounidense», Beard insta a la cautela. Durante la construcción de tales cuevas, admite, «existe siempre el peligro serio de que se derrumbe y asfixie a los pequeños trogloditas, pero un hogan subterráneo bien construido evita toda probabilidad de tales accidentes».

Adoro los libros de Beard por su encanto, la época que evocan y el arte perdido que describen. De pequeño, construí versiones rudimentarias de estos refugios, cabañas y chozas —incluyendo fuertes subterráneos en los campos de maíz y sofisticadas casas de árbol con entradas secretas y una vista de lo que yo me imaginaba que era la frontera, que se extendía desde la calle Ralston hasta más allá del confín del mundo edificado conocido—.

Cerrar una frontera, abrir otra

En el transcurso de un siglo, la experiencia estadounidense de la naturaleza —que ha ejercido su influencia cultural en el mundo— ha evolucionado del utilitarismo directo al desapego electrónico, pasando por el apego romántico. Los estadounidenses no han cruzado solo una frontera, sino tres. La tercera frontera —en la que están creciendo los jóvenes de hoy en día— representa adentrarse en lo desconocido tanto como lo que Daniel Beard experimentó en su momento.

El cruce y la transcendencia de la primera frontera se pusieron de manifiesto en 1893, durante la Exposición Colombina Mundial de Chicago —una celebración del cuarto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a las Américas—.[4] Allí, en una reunión de la Asociación Americana de Historia en esa ciudad, el historiador de la Universidad de Wisconsin Frederick Jackson Turner presentó su «tesis de la frontera», que defendía que «la existencia de una zona de terreno libre, su reducción continuada y el avance hacia el oeste de la colonización por parte de estadounidenses blancos» explicaba el desarrollo de la nación estadounidense, de su historia y su personalidad. Jackson Turner vinculó este pronunciamiento a los resultados del censo nacional de 1890, que mostraban la desaparición de la frontera como una línea continua —el «cierre de la frontera»—. Fue en ese mismo año cuando el superintendente del censo declaró el final de la era de la «tierra libre», es decir, del terreno disponible para que lo pidieran los colonos para la labranza.

Aunque en aquel momento no tuvo mucha repercusión, la tesis de Jackson llegó a ser considerada una de las declaraciones más importantes de la historia del país. Jackson aducía que cada generación de estadounidenses había regresado «a condiciones primitivas en una línea fronteriza en continuo avance». Describía esa frontera como «el punto de encuentro entre barbarie y civilización». A su modo de ver, se podían vincular ciertos rasgos fundamentales de la cultura estadounidense a la influencia de esa frontera, incluyendo «esa aspereza y fuerza combinada con perspicacia y con un espíritu de adquisición; esa inclinación práctica inventiva, rápida a la hora de encontrar recursos; esa comprensión magistral de las cosas materiales […] esa inquieta energía nerviosa; ese individualismo dominante […]». Los historiadores siguen debatiendo la idea de Jackson Turner; muchos, si no la mayoría, han rechazado el concepto de frontera, como Turner lo entendía, como la clave para comprender la historia y las sensibilidades de los Estados Unidos. La inmigración, la Revolución Industrial, la guerra de Secesión: todos estos acontecimientos ejercieron una profunda influencia formativa en nuestra cultura. Posteriormente, el propio Turner reformuló su teoría para incluir hechos que eran similares a la frontera —el boom del petróleo en la década de 1890, por ejemplo—.

No obstante, desde Teddy Roosevelt a Edward Abbey, los estadounidenses siguieron viéndose a sí mismos como exploradores de frontera. En 1905, en la toma de posesión del presidente Roosevelt, hubo cowboys desfilando a caballo por la avenida Pensilvania, el nuevo presidente pasó revista al Séptimo de Caballería y los indios americanos se unieron a la celebración, incluyendo al antaño temido Jerónimo. De hecho, el desfile anunciaba la llegada de la segunda frontera, que existió sobre todo en la imaginación durante casi un siglo. La segunda frontera existía en las palabras e ilustraciones de Beard, y en la finca familiar que, aunque ya iban quedando menos, continuaba siendo un elemento definidor importante de la cultura estadounidense. En particular en las primeras décadas del siglo xx, la segunda frontera siguió existiendo en la Norteamérica urbana; de ahí que se asistiera a la creación de los grandes parques en las ciudades. La segunda frontera fue también un periodo de claro destino enfocado a las zonas residenciales de las afueras, cuando los chicos seguían imaginándose como leñadores y exploradores y las niñas seguían anhelando vivir en la casa de la pradera —y a veces hasta construían mejores fuertes que los chicos—.

Si la primera frontera fue explorada por los ávidos Lewis y Clark, la segunda fue glamurizada por Teddy Roosevelt. Si la primera era la del auténtico Davy Crockett, la segunda alcanzó su cumbre con el Davy en la versión de Disney. Si la primera frontera fue un tiempo de lucha, la segunda fue un periodo de hacer balance de lo conseguido, de celebrarlo, y trajo una nueva política de conservación, una inmersión de los estadounidenses en los campos, bosques y riachuelos romantizados y domesticados que les rodeaban.

El pronunciamiento de Turner de 1893 tuvo su equivalente en 1993. Su declaración se basaba en los resultados del censo de 1890; la nueva línea divisoria se basaba en el censo de 1990. Extrañamente, cien años después de que Turner y la Oficina del Censo de los Estados Unidos declararan el fin de lo que normalmente consideramos la frontera estadounidense, la oficina difundió un informe que marcaba la muerte de la segunda frontera y el nacimiento de una tercera. Ese año, como informaba el Washington Post, en un «símbolo de una transformación nacional profunda», el Gobierno federal abandonó su encuesta anual de residentes rurales, de larga trayectoria. El porcentaje de población que vivía en una explotación agrícola o ganadera se había reducido enormemente —del 40 por ciento de hogares estadounidenses en 1900 hasta apenas el 1,9 por ciento en 1990—, de modo que la encuesta de residentes resultaba irrelevante.[5] El informe de 1993 seguramente fue tan importante como la evidencia del censo que llevó a que Turner escribiera la necrológica de la frontera. «Si se pueden captar los cambios de...



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