Marder | Filosofía del pasajero | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 192 Seiten

Marder Filosofía del pasajero

Con imágenes del artista Tomás Saraceno
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18273-93-3
Verlag: Ned Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Con imágenes del artista Tomás Saraceno

E-Book, Spanisch, 192 Seiten

ISBN: 978-84-18273-93-3
Verlag: Ned Ediciones
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«He llegado a Lisboa, pero no a una conclusión», escribía Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego. Y es que el viaje siempre tiene un punto de llegada, pero ser pasajero es estar suspendido en la grieta entre destinación y destino, realidad y ensoñación. Michael Marder ahonda en los intersticios de la aventura del viaje y ofrece una novedosa guía filosófica sobre la «condición de pasajero», sea en trayectos de larga distancia, sea en desplazamientos cotidianos. Ser pasajero no es sólo un trámite o una metáfora, pues constituye una experiencia universal que nos enfrenta con el tejido de nuestra propia existencia humana: el tiempo, el espacio, el aburrimiento, nuestro sentido del yo y nuestra cognición del mundo. «Filosofía del pasajero es más que una descripción ingeniosa y penetrante de todos los modos y etapas del viaje. Lo que hace Marder sólo lo puede hacer un verdadero filósofo: elaborar gradualmente la idea de pasajero como algo que define nuestra esencia humana actual». Slavoj ?i?ek

Michael Marder es profesor de investigación Ikerbasque en el Departamento de Filosofía de la Universidad del País Vasco (UPV-EHU). Trabaja en la tradición fenomenológica de la filosofía continental, pensamiento ambiental y filosofía política. Con Ned Ediciones ha publicado Chernóbil Herbarium y El vertedero filosófico, ambos en colaboración con la artista Anaïs Tondeur. Tomás Saraceno es un artista contemporáneo argentino radicado en Frankfurt. En su obra, Saraceno emplea técnicas como la instalación, la escultura y la fotografía para explorar las condiciones orgánicas y estructuras de nuestro mundo. Ha expuesto en la Bienal de Venecia y en el MoMA de Nueva York, entre otras instituciones. Galardonado con el Premio Calder en 2009.
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El proceso de embarque (A): Lo básico

Para empezar, piensa en las características asignadas implícitamente al pasajero, sea cual sea el modo o el medio de transporte. Curiosamente, están plagadas de flagrantes inconsistencias. De hecho, el retrato del pasajero conlleva contradicciones internas como el estar acompañados y la soledad; la visibilidad y la imperceptibilidad; la actividad y la pasividad; la aleatoriedad del grupo y el orden de clase. Yo sostengo que estas contradicciones, lejos de ser incoherencias molestas, son esenciales para la posición del pasajero.

1. Lo compartido. No se puede ser pasajero sin compartir un medio de transporte con otros. Este uso compartido abarca toda la gama, desde el automóvil compartido hasta sentarse al lado o detrás de un conductor que conduce un vehículo, o del capitán de un barco de alquiler privado que os transporta a él y a ti. Tal unión significa que vuestros caminos se cruzan momentáneamente: se encuentran en el mismo tiempo y lugar (móvil) de un viaje. Lo que tú y sus compañeros de viaje tenéis en común es el origen y el destino —que tampoco es seguro, dado que podrías estar en tránsito, haciendo una conexión allí donde terminan los viajes de los demás—. Un conductor o un capitán comparten tiempo y espacio contigo a fuerza de prestar el servicio de esa ruta. Si se trata de animales (caballos, burros, camellos, bueyes, perros...), te acompañarán durante todo el viaje. Sin duda, aunque oficialmente indiferente al medio de transporte real, la etiqueta de pasajero se asocia con fuerza a quien viaja en un medio de transporte mecánico. Es un término moderno por excelencia, acuñado en el siglo xiv y dotado de su significado actual en el xvi,6 que cobra actualidad en la modernidad cuando los carruajes tirados por caballos dan paso a los automóviles. Por eso excluye silenciosa e injustificadamente a los animales, que sin embargo sienten en la piel la proximidad del cochero o la cochera y sienten a los pasajeros como el peso que tiran. ¿Y por qué detenerse en los animales? ¿Acaso no podríamos experimentar un vínculo anónimo con los medios de transporte, con un automóvil, un barco, o con un avión? Una vez más, las personas que conducen estas máquinas tienden a sentir más unidad con ellas que con los pasajeros que transportan. Aun así, de algún modo, los pasajeros saben que su destino está ligado al de su transporte: juntos llegan en una sola pieza y juntos también se deshacen.

2. Soledad. Ese acompañarse y compartir de los pasajeros va de la mano con la impresión de que se está solo entre una multitud de viajeros. Un adolescente que está escuchando música a todo volumen en un vagón de metro, con la batería y el bajo desbordando sus auriculares; una mujer de negocios que trabaja en su portátil durante un vuelo transatlántico; un hombre que habla agitadamente por su teléfono móvil durante un viaje en autobús interurbano; una persona que lee un libro en un tren... Todas ellas son burbujas separadas, mundos que apenas se cruzan, excepto como cuerpos que ocupan un espacio limitado (a menudo incómodo) durante una fracción de tiempo. Sus mundos se contraen con los latidos y ritmos que desplazan todo lo demás de la esfera mental: hacia una próxima reunión de negocios, una absorbente pelea de enamorados o la apasionante trama de una novela. Es probable que los puntos ocasionales de intersección entre los pasajeros provoquen rictus e irritación allí donde la burbuja del otro (la burbuja que es el otro pasajero) no logra coincidir con sus contornos idealmente autónomos. Nos molesta cuando las esferas de los demás se expanden y nos engullen de mala gana en sus mundos privados, envolviéndonos en sus registros visuales, auditivos, táctiles u olfativos. La regla de oro de la reciprocidad dicta que cada uno debe vigilar y controlar cual gendarme los límites de su propia burbuja para garantizar una coexistencia pacífica durante el tiempo del viaje. Si todos los pasajeros comenzaran a hablar en voz alta por sus móviles o a escuchar música a todo volumen, se produciría una cacofonía intolerable que impediría que alguien escuchara o dijese algo. Los «coches silenciosos» compartidos resuelven tales conflictos de antemano, desautorizando estos comportamientos, pero son incapaces de acabar con el extrañamiento mutuo de las burbujas individuales, o lo que los filósofos llaman alienación, la cual no hacen más que exacerbar. La situación no es exclusiva del transporte público. Simplemente se pone de relieve con más claridad en ese medio confinado.

3. Exceso. Hay más pasajeros a nuestro alrededor de los que nos damos cuenta. No me refiero a personas que se cuelan sin comprar billete, como en la temeraria práctica del surfeo de trenes o en los desesperados intentos de los polizones por volar escondidos en el tren de aterrizaje de un avión. En el siglo xvii, el filósofo Gottfried Wilhelm Leibniz imaginó la materia como un jardín dentro de un jardín dentro de un jardín... Llevando su materialismo al extremo, podríamos decir que hay pasajeros imperceptibles que viajan en pasajeros humanos, incluidas criaturas microscópicas, como bacterias y virus. La increíblemente rápida propagación global de la covid-19 se atribuye al exceso de pasajeros no humanos que los aviones y cruceros ayudaron a trasladar por todo el mundo. Independientemente de los protocolos de detección y controles fronterizos, independientemente de las pruebas de embarque y los certificados de salud o las vacunas, resulta imposible eliminar este exceso. Siempre llevaremos y dejaremos pasar a más pasajeros de los que creemos que viajan a bordo. Tanto en nosotros como dentro de nosotros: en nuestro aliento y saliva, en nuestra ropa y manos, en nuestros pensamientos, fantasías y sueños que, como maletas secretas, todos llevamos. Dondequiera que pasemos, al lado de quienquiera que pasemos, pasaremos estas cosas por medio de la proyección y la infección. Las pasaremos de contrabando a través de fronteras y barreras, sin el conocimiento de las autoridades ni de nosotros mismos. Y ningún pasaporte, sanitario o no, cambiará esta situación.

4. Pasividad. Ser pasajero es ser transportado por algo y por alguien más, igual que tú mismo eres el medio de transporte de un exceso imperceptible (tanto real como simbólico). Es ceder el papel activo de conducción, guía, manejo, pilotaje, timonel o dirección al otro (persona o máquina, como en el caso de los sistemas de navegación automatizada). Como pasajero, no estás en condiciones de hacer nada para facilitar el viaje, aparte de abstenerte de causar perturbaciones. Es innegable que hay algo de pasivo y receptivo en el papel del pasajero, en el que la pasividad se anuda en un nudo conceptual con el pasar, con el pasado y con la pasión en el sentido original de pathos, un padecer en el fundamento de toda experiencia. Al igual que nuestra pasividad respecto al acto de cocinar en un restaurante donde cenamos, la pasividad del pasajero tiene un precio. Pagamos para que otros busquen, procesen y preparen la comida para nosotros, al igual que pagamos para que otros nos transporten. Pero, a diferencia de la receptividad de un comensal en un restaurante, la pasividad de un pasajero funciona en una escala de tiempo de goce diferente: una comida se consume después de que un chef la haya preparado y un camarero o un mensajero la haya entregado, mientras que un viaje se realiza simultáneamente con los conductores, pilotos y miembros de la tripulación que conducen y sirven durante la ruta de un avión o un tren, con los que se identifican parcialmente en la mente del pasajero. Los roles pasivo y activo se superponen en el tiempo y el espacio de un viaje, en el que la posición pasiva es ventajosa. Esto exige preguntar: cuando viajas solo en automóvil, ¿eres tu propio chófer y pasajero, el conductor y el conducido, como la última encarnación de la relación filosófica sujeto-objeto? ¿Cómo cambian los automóviles sin conductor la dinámica de los pasajeros y la asignación de posiciones de sujeto y objeto? ¿Cuál es el destino de la actividad cuando la pasividad se vuelve absoluta?

5. Actividad. La flor mental que florece más vigorosamente en las ramas de la pasividad del pasajero es el aburrimiento. Os confieso que a menudo me encuentro en este estado durante mis viajes. El aburrimiento no es inherentemente malo o reprobable. Miras por la ventana de un tren, sin percatarte del paisaje que rápidamente dejas atrás. O miras fijamente un juego de tu teléfono y presionas los botones con destreza mientras te recuestas en el asiento del avión. Puedes ojear el suelo del vagón del metro en el que te encuentras, o tus manos o zapatos, evitando cuidadosamente cruzar miradas con otros pasajeros. ¿Qué más se puede hacer cuando el trabajo de trasladarse de un lugar a otro lo realiza alguien o algo más: un caballo, un tranvía, un capitán? Y ésa es precisamente la cuestión: la oportunidad de ser transportado sin ejercer ningún esfuerzo nos libera para muchas otras actividades. El aburrimiento es un síntoma de sujeción a este cuerpo y mente que eres en el aquí y ahora que parece durar para siempre. Pero también es un presagio de libertad, concentrado, como mínimo, en una decisión tácita de mantener un abanico de actividades en forma de posibilidades sin explotar. Puede ser que, aburrido de estar aburrido, empieces a pensar (rumiar, reflexionar, asociar libremente) y hacer algo (no necesariamente productivo), abrazando una actividad reforzada por el hastío que...



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