E-Book, Spanisch, 240 Seiten
Martínez Encrucijada
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18878-15-2
Verlag: Sportula Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, 240 Seiten
ISBN: 978-84-18878-15-2
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Candás, 1965 A juzgar por su numerosa obra, Rodolfo es uno de los autores más prolíficos del género fantástico y de ciencia ficción en España. Su larga trayectoria como escritor ha sido recompensada numerosas veces con varios premios, como el Ignotus, el Minotauro o el Asturias de novela. Narrador de estilo dinámico que gusta de la fusión de géneros, en su bibliografía destacan los cyberpunks La sonrisa del gato (1995) y El sueño del rey rojo (2004), o el space opera Tierra de nadie: Jormungand (1996), además de obras de fantasía urbana como Las astillas de Yavé (2014). Ha escrito varios pastiches holmesianos de corte fantástico que ha recopilado en la edición ómnibus Los archivos perdidos de Sherlock Holmes. El primero de ellos, La sabiduría de los muertos, es sin duda su novela más reeditada y popular, traducida al inglés, francés, portugués, turco y polaco. Su producción breve se encuentra recogida en Disfraces parecidos a mi piel (2020). En La canción de Bêlit (2017) explora la obra de Robert E. Howard y aporta su personal punto de vista a su más famosa creación, Conan el bárbaro. En 2020 empieza a publicar su obra más ambiciosa, El hueco al final del mundo,que reparte en varios volúmenes. Vive en Gijón, junto a Felicidad Martínez y las dos gatas de ambos: Rángiku e Íchigo
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2
Un cadáver
Sequía o diluvio, no hay términos medios, decía el viejo dicho. Y no podía ser más cierto. Por si no hubiera sido suficiente la llegada de un magistrado al pueblo después de tanto tiempo sin uno, por la tarde apareció el herborista del cercano cenobio de Bibio en un estado de evidente agitación.
—Salve, centurión; paz contigo.
—Y contigo, frate.
—Ojalá, centurión, ojalá. Pero me temo que la paz se encuentra muy lejos de mí en este momento.
Lequetia sonrió y le indicó con un gesto al herborista que se sentara.
—Quizá un poco de vino pueda traerla —dijo.
—Nada querría más que compartir contigo un buen caldo, pero me temo que no podrá ser, al menos hoy. Tu presencia y la de tu gente es requerida en el cenobio.
—¿Por quién?
—El Sumo Frate, quién si no.
Lequetia tomó aire y entrecerró los ojos. El cenobio estaba a poco más de una legua de Encrucijada y, aunque los contactos entre ambos lugares eran frecuentes (y beneficiosos, por lo general), no lo era tanto que el superior del cenobio solicitara la presencia de la guarnición del pueblo. El Sumo Frate era un individuo orgulloso y altivo tras sus humildes modales monásticos y prefería lavar en privado los trapos sucios del cenobio sin involucrar a la autoridad civil.
—¿Qué ha pasado?
El herborista sacó un pañuelo de entre los pliegues del hábito y se secó el copioso sudor que le descendía por la frente.
—Algo que entra en tu jurisdicción y escapa a la nuestra, me temo. Un asesinato.
Lequetia asintió y frunció el ceño.
—¿De un frate? —preguntó.
—No.
—¿Un habitante de Encrucijada, un peregrino, un ladrón, un artesano de los gremios?
—No lo sabemos. No conocemos al muerto. Sospecho que ni su madre lo reconocería en el estado en el que se encuentra. Lo poco que le queda de rostro es… Aún me estremezco al pensar en ello.
Lequetia se mordió el labio inferior.
—¡Optio! —gritó de repente.
Árgulo asomó la cabeza.
—Envía a alguien a casa del magistrado —dijo—. Va a tener oportunidad de iniciar su trabajo antes de lo que esperaba.
Árgulo parpadeó, tratando de entender lo que acababa de oír.
—¿Quieres que te lo ponga por escrito? ¡Vamos, manda a alguien!
—Sí, centurión.
El rostro de Árgulo desapareció del umbral tan rápido como había aparecido. Lequetia contuvo una sonrisa ante el gesto de estupor del herborista.
—¿Magistrado? —preguntó.
—Desde esta misma mañana.
El herborista meneó la cabeza, incrédulo.
—La Señora viaja por caminos ignotos, desde luego —dijo al fin—. Y como de costumbre, el Señor tiene una forma un tanto singular de responder a las plegarias.
—Eso parece, frate; eso parece.
El magistrado detuvo el caballo a las puertas del cenobio. Miró a su alrededor, asintió meditabundo y luego reanudó el camino con un ligero golpe de los talones.
Lequetia cabalgaba al lado, mucho menos cómoda en su montura. Para empezar, no acababa de entender qué hacía allí el magistrado ni por qué se había empeñado en ir hasta el cenobio con ella como única compañía. Tampoco comprendía por qué no se había limitado a darles las órdenes pertinentes ni había esperado después, instalado con comodidad en su oficina, a que Lequetia lo informase de lo ocurrido.
Sumida en sus pensamientos, casi no fue consciente de que trasponían el enorme portón y salían a una amplísima plaza en cuyo centro se alzaba un edificio alto y estilizado, rematado por una torre delgada en la que ondeaba un estandarte con el símbolo del Dios Dual.
A un lado de la torre se veía un pequeño domo y, como le pasaba siempre que lo divisaba, Lequetia no pudo quitarse de encima la idea de que al edificio le había salido una joroba. A la izquierda, bastante menos imponente, había un complejo de diversas construcciones destinadas a los frates y sores en sus quehaceres diarios. Al otro lado del templo, más lejos, abrigados por las murallas, casi acurrucados contra ellas, se distinguían los talleres de los artesanos.
Era la cuarta vez que Lequetia visitaba el cenobio desde que se había hecho cargo de la guarnición de la ciudad y, como las tres veces anteriores, se maravilló ante la cantidad de espacio con el que contaban. Por no mencionar todos los campos y bosques de los que el cenobio era el dueño, y cuyo usufructo arrendaba a los campesinos.
Dos frates se acercaron a los recién llegados, los ayudaron a descabalgar y se ocuparon de las monturas.
—Salve, visitantes; paz con vosotros —dijo el mayor de los frates.
—Y con vosotros —respondió el magistrado con una inclinación cortés de cabeza.
—El Sumo Frate os espera, si tenéis a bien acompañarme.
El magistrado dudó unos instantes, pero acabó asintiendo.
—Por supuesto. Guíanos, por favor.
El frate los llevó hacia el alto y estilizado templo. La centurión se dio cuenta de que el magistrado no perdía detalle de cuanto ocurría a su alrededor. Nada escapaba a su mirada, deliberadamente benévola: ni el humo en los talleres, ni los paseos de los monjes, ni las miradas que se intercambiaban a su paso las personas con las que se cruzaron.
Entrar en el templo fue como pasar a otro mundo. De pronto, la realidad quedó fuera, mantenida a raya por las paredes elevadas, y se sumergieron en un cosmos de frescor, penumbra y tranquilidad. Las sandalias del frate que los guiaba apenas hacían ruido sobre el embaldosado y, a cada paso, la centurión tenía la sensación de estar rompiendo algo precioso y delicado con sus bastas botas de montar. Era difícil saber qué pensaba el magistrado.
El Sumo Frate era un hombre de unos sesenta años, bajo, regordete y calvo como una pelota. Estaba no muy lejos del altar mayor, bajo una de las vidrieras, y la luz coloreada lo hacía parecer un personaje irreal.
A su izquierda se alzaba imponente la estatua que representaba al Dios Dual: de perfil, con los brazos extendidos casi en cruz, la doble imagen de un hombre y una mujer alzaba el rostro hacia el cielo. Estaban espalda contra espalda, medio fusionados el uno contra el otro, siempre a punto de convertirse en un único ser, pero sin terminar jamás el proceso.
Lequetia había oído que en otras partes de la República la interpretación que se daba a la doble naturaleza de Dios era justo la contraria. Las dos figuras, decían, no estaban a punto de fusionarse en una, sino a mitad del proceso de separarse en dos. En el pasado, le habían dicho, se habían librado guerras para decidir cuál de las dos interpretaciones era correcta. Lequetia sospechaba que volverían a librarse en el futuro por el mismo motivo.
Mejor después de mi muerte.
Con un gesto de la mano, el Sumo Frate despidió al monje que había guiado a los dos visitantes, se puso en pie y les tendió la mano con el dorso hacia ellos y con el anillo rematado con un rubí en el dedo anular bien a la vista.
Lequetia no hizo nada, a la espera de la reacción del magistrado.
Este fingió no ver la mano en espera del beso; se limitó a inclinar la cabeza y dijo:
—Árgida Intrubio Polio, équite de la República y, desde hoy mismo, magistrado de Encrucijada. Paz contigo.
—Y contigo, hijo mío —respondió el Sumo Frate mientras retiraba la mano como si nada hubiera pasado.
A Lequetia, que lo conocía bien, no se le escapó el modo cuidadoso y concentrado en que el hombre ocultaba la rabia. Miró a Polio y comprendió que el magistrado también se había dado cuenta.
Polio no fue a ver de inmediato al cadáver que estaba en el laboratorio del herborista, sino que pidió que le mostraran dónde lo habían encontrado. A Lequetia le pareció una preferencia extraña, pero había decidido que lo mejor que podía hacer en aquellos momentos era estar atenta, obedecer con diligencia las órdenes de Polio y guardar silencio a menos que fuera requerida su opinión.
El herborista los guio a la parte posterior del templo, donde se extendía una amplia zona de huertos que iba casi de muralla a muralla. La huella del cadáver aún era visible en medio del huerto de repollos; tanto que casi se habría podido trazar el contorno con solo seguir el rastro de verduras aplastadas.
Polio le indicó con un gesto a Lequetia que esperase justo al borde del pequeño huerto y luego, con una prudencia exagerada, se internó en él. De vez en cuando se detenía y miraba a su alrededor, y un par de veces se agachó y examinó el suelo más de cerca. Por fin llegó al lugar donde se había encontrado el cuerpo y pasó un buen rato acuclillado, decidido a examinar cada palmo del exiguo terreno.
En todo caso, eso le pareció a Lequetia, quien no pudo por menos que pensar que lo que estaba haciendo el magistrado era una auténtica pérdida de tiempo. Sin embargo, se guardó mucho de demostrarlo y permaneció impasible de pie al borde del huerto mientras esperaba con paciencia a que Polio terminase las extrañas pesquisas.
El magistrado se incorporó de repente y le hizo una seña para que se acercase.
—¿Qué opinas, centurión?
¿Opinar? ¿Qué había que opinar?
—¿Sobre qué? —preguntó Lequetia.
—Sobre por qué fue encontrado aquí el...




