E-Book, Spanisch, 390 Seiten
Martínez Este incómodo ropaje
Edición ilustrada
ISBN: 978-84-129346-8-7
Verlag: Sportula Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
(Los siacarios del cielo)
E-Book, Spanisch, 390 Seiten
ISBN: 978-84-129346-8-7
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Candás, 1965 Página personal: https://rudy.sportula.es A juzgar por su numerosa obra, Rodolfo es uno de los autores más prolíficos del género fantástico y de ciencia ficción en España. Su larga trayectoria como escritor ha sido recompensada numerosas veces con varios premios, como el Ignotus, el Minotauro o el Asturias de novela. Narrador de estilo dinámico que gusta de la fusión de géneros, en su bibliografía destacan los cyberpunks La sonrisa del gato (1995) y El sueño del rey rojo (2004), o el space opera Tierra de nadie: Jormungand (1996), además de obras de fantasía urbana como Las astillas de Yavé (2014). Ha escrito varios pastiches holmesianos de corte fantástico. El primero de ellos, La sabiduría de los muertos, es sin duda su novela más reeditada y popular, traducida al inglés, francés, portugués, turco y polaco. Su producción breve se encuentra recogida en Disfraces parecidos a mi piel (2020). En La canción de Bêlit (2017) explora la obra de Robert E. Howard y aporta su personal punto de vista a su más famosa creación, Conan el bárbaro. En 2020 empieza a publicar su obra más ambiciosa, El hueco al final del mundo,que reparte en varios volúmenes. Vive en Gijón, junto a Felicidad Martínez y los gatos de ambos: Rángiku, Íchigo, Roy y Deckard.
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Lo que ves
Te mira y te dice que no ha tenido nada que ver con el asunto. Y tú, claro, tienes que creerlo, pese a que hay media docena de testigos que declaran todo lo contrario, porque ninguno ha podido señalarlo en la rueda de identificación.
Eso significa que no te quedan muchas opciones. Tendrás que soltarlo, y pronto, y nada importa la convicción que se empeña en afilar las uñas en tus tripas: careces de pruebas y lo sabes, y él sabe que lo sabes. La certeza de que fue él quien inició un tiroteo que ha dado como resultado final siete heridos graves y tres leves no sirve de nada, no cuando dentro de poco, como mucho otra hora, quizá hora y media, tendrás que decirle que puede irse y que ya lo llamarán para la vista preliminar.
No aparta los ojos grises de los tuyos y permanece impasible mientras Rodríguez sigue enviando al aire sus preguntas, como un lanzador de cuchillos con mala puntería. Los ojos parecen casi lo único vivo, cálido, de un rostro pálido y alargado coronado por un cabello negro veteado de canas, maniáticamente corto, sobre todo en las sienes y la nuca. Su aspecto no es sucio ni descuidado, ni siquiera sombrío pese al color gris oscuro predominante en su ropa: hay en él un halo de pulcritud que raya casi en lo obsesivo. Durante las pasadas tres horas se habrá movido seis, a lo sumo siete veces, para cambiar de postura o frotarse la palma de una mano contra la otra. Tiene unas manos delgadas, casi delicadas, y tan pálidas como el resto de la piel.
No ha dejado de mirarte durante todo el interrogatorio, como si supiera que tú, y no el incansable Rodríguez que sigue lanzando sus preguntas inútiles al aire, fueras la persona importante de la habitación. Te mira y son esos ojos, grises y lejanos, pero con una curiosa calidez más presentida que vista, los que hacen que sus ademanes fríos y medidos no lo conviertan en insoportable. No quieres confesártelo, pero lo encontraste interesante desde el momento mismo en que lo viste y casi lamentaste que todos los indicios lo señalaran como culpable del tiroteo.
Y ahora, cuando parece que va a salir indemne del interrogatorio, igual que salió sin un arañazo de una sala donde las balas habían tejido una tracería casi mortal, estás maldiciéndote por no haber podido obtener las pruebas que lo lleven de cabeza a una celda.
Al principio todo parecía muy sencillo. Casi todos los testigos (al menos los que se encontraban en condiciones de hablar) lo señalaban como la persona que se acercó a Rodrigo Estuardo, perista, proxeneta y proveedor de droga de diseño (aunque nunca habéis podido probar nada de todo eso, por supuesto), y poco después le descerrajó un tiro en la rodilla prácticamente a quemarropa.
—Sí, un tío alto y delgado, todo vestido de gris —dijo el camarero, que había buscado refugio bajo la barra en cuanto empezaron los tiros—. Estaba tomando algo y de pronto se acercó a Rodrigo. No, claro que no le vi disparar, tengo cosas que hacer, ¿sabe? Pero estaba al lado suyo cuando sonó el disparo. ¿Quién pudo haber sido si no?
Y Clarita, a la que Rodrigo se follaba y golpeaba en días alternos, fue aún más explícita:
—Se acercó a Rodri y empezó a hablar con él como si lo conociera de toda la vida. No, qué va, Rodri no tenía ni idea de quién era, se le notaba en la cara, pero debió pensar que era algún cliente y no quiso que se enfadara porque no le había reconocido, así que le dio cuerda, a ver si conseguía acordarse de quién era el tipo, supongo. Y luego dijo algo sobre que a Rodri le gustaba pegar a las mujeres, menuda tontería, nunca me ha puesto encima una mano en todos los años que llevamos juntos. —Clarita se acariciaba entonces el codo y torcía el gesto en una mueca, algo que al parecer se había convertido en un hábito—. Fue cuando vi que llevaba algo en la mano. No me dio tiempo a ver lo que era, pero tuvo que ser una pistola, porque casi enseguida oí el tiro y Rodri empezó a gritar que aquel cabrón le había matado.
Por si eso no bastara tienes la declaración que uno de los agentes ha obtenido del propio Rodrigo desde el hospital, con la rodilla completamente destrozada y atiborrado de calmantes:
—Un hijo de puta, un chiflado, te lo digo yo, tío. Va y viene y se pone a hablar conmigo como si fuéramos íntimos. Yo ni idea, pero por donde me muevo conoces a gente muy rara y no siempre te acuerdas de todos, así que le seguí la racha, le di palique, vaya. Y de pronto va y me dice que me gusta pegar a las mujeres. Y me lo dice como si estuviera, no sé, en plan confidencial, en tono de amiguete, ya me entiendes. Y antes de que pueda contestarle nada veo que tiene una pistola en la mano y... Bueno, te puedes adivinar el resto, ¿no? Ya supondrás que no vine a este hospital de mierda a hacerme la estética.
Ni Rodrigo ni Clarita son testigos muy fiables: ninguno de los dos causaría muy buena impresión en un juicio, por no hablar de que lo que dijo el agresor antes de dispararle en la pierna es cierto: a Rodrigo le gusta pegar a las mujeres y, bastante a menudo, la propia Clarita es buena prueba de ello. Y sospechas, aunque no puedes demostrarlo ni posiblemente podrás jamás, que la hija de ambos ha sido en más de una ocasión víctima de las curiosas aficiones del padre en materia de entretenimiento. Pese a eso, sus testimonios, junto con el del camarero y los otros seis o siete testigos, deberían ser más que suficientes para que se lo acusara de agresión y puede que hasta de homicidio en grado de tentativa, por no decir nada de los participantes en el tiroteo que afirman que el tipo en cuestión se lanzó sobre ellos pistola en mano.
—No hicimos más que defendernos —han dicho uno detrás de otro.
Por supuesto, les espera algún tiempo a la sombra: ninguno tenía permiso para el arsenal que llevaba oculto bajo la ropa y últimamente los jueces no se muestran muy benévolos con la posesión no autorizada de armas de fuego.
Deberías contar con pruebas más que suficientes para enchironar a don Imperturbable y acusarlo de los cargos suficientes para que su pelo no tenga otra cosa que canas cuando vuelva a ver la luz del sol.
Solo que no ha sido así. En la rueda de identificación todos han fallado en señalarlo entre otra media docena de individuos vestidos de gris; de pronto han empezado a dudar, a titubear; su vista se ha desplazado de un lado a otro sin conseguir enfocarla en el hombre que estaba en la misma sala que ellos unas horas atrás y que ahora tienen enfrente. En el hospital, Rodrigo ha negado con una seguridad tan aplastante que hasta él ha conseguido resultar convincente que la foto que le mostrabais perteneciera al hombre que lo atacó. Nadie parece capaz de dar una descripción exacta del tipo en cuestión, más allá de que vestía de gris y jamás alzaba la voz: sus rasgos parecen haberse escurrido por los desagües de la memoria como si todos se hubieran visto atacados por el mismo repentino ataque de Alzheimer.
Hasta la pistola que habéis encontrado en el bar es inútil. Por el calibre es casi seguro que fue la que convirtió la rodilla de Rodrigo en una hamburguesa cruda; falta el examen de balística pero no tienes la menor duda de que vaya a dar positivo. No hay huellas en ella, ni una sola. Claro que don Impasible pudo haber llevado guantes, pero ¿cómo se deshizo de ellos? No pudo salir del local para tirarlos antes de que llegaseis y, desde luego, es poco probable que se los haya comido.
Así que tendréis que dejarlo marchar, y eso hace que te rechinen los dientes. No importa que Rodrigo esté mucho mejor en un hospital que en la calle, o que los hospitalizados fueran matones a los que nadie va a echar de menos. No. Eso es trivial. Lo que importa es que este tipo ha quebrantado la ley, ha herido seriamente a varias personas y dentro de poco saldrá por la puerta de la comisaría tan inocente como un recién nacido. Como mucho podréis citarlo como testigo cuando la causa se instruya, pero nada más.
—Yo he terminado, Paula —te dice Rodríguez, cuyo repertorio interminable de preguntas parece haberse acabado por fin—. ¿Tienes algo más que preguntarle?
Te acercas a él. Ha vuelto a cambiar de postura, cruzando una pierna sobre la otra y con los dedos de las manos entrelazadas. Continúa mirándote y el asomo impreciso de una sonrisa flota fugaz en la comisura de sus labios.
—Solo una cosa —empiezas, aunque en realidad no se te ocurre qué decir.
Rodríguez ya ha cubierto con su meticulosidad habitual todo el abanico posible de preguntas y no ha servido para nada. Pese a todo, sientes la necesidad de hablarle, de hacerle comprender que no te ha engañado ni por un momento y que en cuanto cometa un solo error le saltarás al cuello.
—No tenemos ningún cargo contra usted, aunque supongo que eso ya se lo habrá dicho mi compañero. —Él asiente—. No sé por qué hizo lo que hizo. A lo mejor se cree una especie de vengador justiciero. No me importa. Ni me importa tampoco cómo se las ha arreglado para que los demás implicados no pudieran identificarlo o para no dejar huellas en el arma. Pero sé lo que hizo. Y si lo vuelve a hacer acabaré con usted. ¿Me ha comprendido?
—Perfectamente, inspectora. —Por primera vez su voz suena distinta. Tranquila, por supuesto, igual que ha sonado durante las pasadas horas, pero hay en ella una calidez que antes estaba ausente—. La entiendo. Créame si le...




