Martínez | Horizonte de sucesos | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 146 Seiten

Martínez Horizonte de sucesos


3. Auflage 2023
ISBN: 978-84-18878-86-2
Verlag: Sportula Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

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ISBN: 978-84-18878-86-2
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El Horizonte de sucesos es un bar perfectamente normal en una ciudad de provincias que no podría ser más anodina. Sin embargo, todas las semanas se abre una puerta a lo desconocido cuando un individuo anónimo de aspecto y ademanes decimonónicos narra una historia (que él asegura verdadera) que trasciende los límites de la ciencia y al mismo tiempo resulta del todo plausible. Científicos que decodifican radiación anterior al Big Bang, personas capaces de recordar el futuro, inventores víctimas de su propia creación... todo eso y más desfila por las historias que el Narrador Inverosímil cuenta a su cautiva audencia. Incluida la última, en la que deja de ser el narrador y se convierte en un personaje más. *** Horizonte de sucesos es el ciclo de relatos de Rodolfo Martínez donde este más se acercó a la ciencia ficción dura (en la que las especulaciones técnico-científicas deben estar basadas en ciencia real) y al mismo tiempo es un homenaje a la literatura oral a la manera de la Taberna del Ciervo Blanco de Clarke o Trafalgar de Angélica Gorodischer. «Castillos en el aire», uno de los relatos que lo forman, ganó el Premio Ignotus 1995 al Mejor Relato.

A juzgar por su numerosa obra, Rodolfo Martínez es uno de los autores más prolíficos del género fantástico y de ciencia ficción en España. Su larga trayectoria como escritor ha sido recompensada numerosas veces con varios premios, como el Ignotus, el Minotauro o el Asturias de novela. Narrador de estilo dinámico que gusta de la fusión de géneros, en su bibliografía destacan los cyberpunks La sonrisa del gato (1995) y El sueño del rey rojo (2004), o el space opera Tierra de nadie: Jormungand (1996), además de obras de fantasía urbana como Las astillas de Yavé (2014). Ha escrito varios pastiches holmesianos de corte fantástico. El primero de ellos, La sabiduría de los muertos, es sin duda su novela más reeditada y popular, traducida al inglés, francés, portugués, turco y polaco. Su producción breve se encuentra recogida en Disfraces parecidos a mi piel (2020). En La canción de Bêlit (2017) explora la obra de Robert E. Howard y aporta su personal punto de vista a su más famosa creación, Conan el bárbaro. En 2020 empieza a publicar su obra más ambiciosa, El hueco al final del mundo,que reparte en varios volúmenes. Vive en Gijón, junto a Felicidad Martínez y las dos gatas de ambos: Rángiku e Íchigo.
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Viaje a los orígenes

SANTIAGO L. MORENO

Conocí a Rudy antes que a Rodolfo Martínez. Eran los años 90 del siglo xx y las añoradas listas de correo funcionaban a todo trapo. Preludio de lo que posteriormente serían las redes sociales, no tenían mucho que ver, ni en tono ni en calidad de comunicación, con esos campos de labranza para el odio que representan actualmente. Frente a la cultura del zasca, frente al fast food, el clickbait y todos esos anglicismos que son la esencia de plataformas como Twitter, aquellos foros parecen hoy un recuerdo de tiempos de la Ilustración. Eran intercambios epistolares realizados a través de internet, en abierto y con mucho contenido, en su mayoría de índole cultural. Literatura, historia, ciencia y un sinfín de temas daban vida a conversaciones largas y elaboradas, siempre con la ciencia ficción como eje central. Te podías pasar un par de horas redactando tus respuestas. Cuando surgían disensiones, los miembros del fandom, eterno semillero de grandes egos, se batían en duelo con el conocimiento como espada.

En esas listas conocí a Rudy, con su dialéctica, un gran bagaje literario y, sobre todo, una inquebrantable fidelidad a sí mismo. Era una persona con las ideas claras, siempre crítica con la presunta superioridad e incluso existencia de una «alta cultura». Me pareció que Rudy tenía muy claro lo que le divertía, lo que le absorbía, e integraba muy bien las cualidades que encontraba dentro de la cultura popular en su discurso. Tras participar en varios hilos con él, me enteré de que no era un participante cualquiera del foro: había escrito relatos e incluso novelas. El fandom de la ciencia ficción es, quizás, en el que más se da ese fenómeno del lector que se pretende escritor, con independencia de la cantidad y calidad que puedan tener sus creaciones, así que me dispuse a leer algo suyo. Por hacerme una idea, ya saben.

Todos hablaban maravillas de una novela más bien breve que había publicado la editorial Miraguano. La solían incluir entre lo más granado de la ciencia ficción española, así que me hice con ella y la leí. Y, demonios, tuve que reconocer que el tipo sabía escribir. La sonrisa del gato era un gran libro, una mezcla muy entretenida de space opera y ciberpunk. Me gustó, así que poco después me aventuré con otro de mayor longitud. Publicado un año más tarde, tenía un raro título que provocaba cierta chanza cómplice en internet. La acción de Tierra de nadie: Jormungand, que así se titulaba, se desarrollaba también en el universo de Drímar, y me volvió a dejar un buen regusto. Estaba claro que Rodolfo Martínez tenía una gran imaginación, diseñaba buenas tramas y poseía un magnífico sentido de la aventura. Era un buen autor de ciencia ficción, además accesible y, lo mejor, le quedaba mucho por escribir. Como futuro lector suyo adicto a la ciencia ficción me las prometía muy felices, pero, ay, en los años siguientes ocurrió algo que yo no esperaba. Lo cierto es que, conociéndole un poco, debería haberlo previsto.

Si Rudy defendía a capa y espada la cultura popular era porque había crecido a sus pechos, leyendo sus libros y tebeos, viendo sus películas. La escritura era un peldaño más en su afición, una plataforma que le daba un acceso alternativo y complementario a aquellas aventuras que lo habían marcado. Además, el nada baladí asunto de los derechos de autor estaba de su parte. Podía profundizar en los territorios explorados en su infancia y adolescencia, ser partícipe de ellos, ampliarlos, jugar con los juguetes ajenos que le habían divertido tanto. Así que empezó a recorrer su geografía a lomos de sus referentes. Conan Doyle, Fleming, Lovecraft, Howard... Primero fue Sherlock Holmes. Escribió nada menos que cuatro pastiches. Tras la premiada La sabiduría de los muertos, retomó al personaje años más tarde en Sherlock Holmes y las huellas del poeta, Sherlock Holmes y la boca del infierno y Sherlock Holmes y el heredero de Nadie. Me empecé a impacientar en serio cuando reinventó a James Bond en otros cuatro libros de carácter fantástico, dos de ellos en colaboración con la escritora Felicidad Martínez: El adepto de la reina, El jardín de la memoria, Los rostros del pasado y La sombra del adepto.

Me indigné, porque los años pasaban y no publicaba lo mío. No me dejó opción, recuerdo que entre una saga y otra me vi forzado a amenazarle. Le hice llegar una nota anónima en la que le informaba de que, si no volvía a la ciencia ficción, airearía un oscuro secreto literario que yo había descubierto y que le tocaba de cerca. Hizo caso omiso, por supuesto, y siguió a lo suyo. Lo cierto es que, fiel a esa revisitación continua a los referentes de juventud que constituyen su sello de identidad, Rodolfo Martínez volvería a la ciencia ficción y al universo de Drímar años más tarde. Afortunadamente, no tuve que esperar tanto. Logré, bastante antes, obtener lo que buscaba. Y como sucede a menudo, por uno de esos golpes de suerte que vienen a tapar los huecos abiertos en el pasado por la propia ignorancia.

En la HispaCon del año 2003, celebrada en Getafe, tuvieron el bonito detalle de regalar discos compactos con los contenidos de algunas revistas de la década anterior. El más suculento era el de BEM, que junto a Gigamesh había sido la gran publicación de los años 90. En el CD se incluían todos los números de la revista, con sus cuentos y artículos. Como suele ocurrirme con estas cosas, los discos estuvieron perdidos durante años, hasta que en una de mis mudanzas aparecieron escondidos en un cajón en el que no recordaba haberlos metido. Revisándolos por fin, me topé, allá por el número 19, con dos cuentos de Rodolfo Martínez. Se titulaban «Visibilidad nula» y «Por delante de su tiempo».

Obviamente, los leí enseguida.

Stricto sensu, no era lo que yo llevaba esperando años, aunque... aunque quizás, después de todo, sí que lo era. Se trataba de cuentos muy breves. De hecho, apenas aportaban peripecia más allá del novum, ese concepto creado por Darko Suvin para explicar la perspectiva diferencial del género. Los dos cuentos eran muy breves y fueron como un aperitivo; necesitaba más. Estaba el asunto de que en ambos se repetían personajes y localización, por lo que aquello parecía ser una serie. Una serie que me recordaba en varios aspectos a una conocida antología de un famosísimo autor inglés.

Seguí avanzando en el disco y comprobé que entre los números 37 y 41 de la revista BEM se publicaban otros cuatro cuentos de Rodolfo Martínez que compartían escenario y protagonistas: «Dábale arroz a media ele», «Castillos en el aire», «Sintonía previa» y «Donde nadie ha llegado anteriormente». El esquema era el mismo en todos ellos. Unos amigos tomaban unos vinos en el local de reunión habitual y veían interrumpida su conversación por un extraño personaje que se entrometía una y otra vez para aportar lo que siempre pasaba a convertirse en el centro del relato. Los modos y el andamiaje sobre el que estaba levantada la serie eran muy identificables. Y sí, era lo que yo había perseguido, los referentes de ciencia ficción que compartíamos. Arthur C. Clarke ponía el modelo e Isaac Asimov el tono en lo que parecía una versión muy personal de los Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco. El personaje central, Harry Purvis, era reconvertido siguiendo el modelo del Trafalgar Medrano de Angélica Gorodischer. El contexto lo daban las propias reuniones semanales de Rudy, las tertulias con los amigos de afición que mantiene un joven escritor en la veintena. A esa edad es muy común escribir sobre esos buenos momentos. Por ejemplo, recuerdo que Rafael Marín incluyó reuniones parecidas para principiar Lágrimas de luz a sus veinte años.

Esos seis cuentos y un séptimo titulado «El largo adiós», que fue publicado posteriormente (y que gracias al retraso con el que yo los había encontrado pude leer al poco) formaban en conjunto una antología seriada que, ya desde el guiño de los propios títulos, me pareció una pequeña delicia. La rapidez con la que se les coge cariño a los personajes, esa complicidad inmediata con su incomodidad inicial e interés posterior ante las intervenciones del Narrador Inverosímil, apodo impuesto al petulante intruso; el suspense que crea el método de narración del testigo, a la vieja manera de Lovecraft; el humor tremendamente efectivo, procedente tanto de los protagonistas como de las propias ideas que conforman el centro de los relatos..., todo ello procuraba una lectura realmente divertida, que disfruté de principio a fin. Lo pasé como un mico leyéndolos, ¿pero saben?, no me quedé satisfecho. Porque resultaba obvio que en la cabeza de Rudy quedaban más cuentos que Rodolfo Martínez debería escribir. Y aquí estamos ahora, tantos años después, prologando Horizonte de sucesos con la esperanza de que, en algún tiempo futuro o pasado, de alguna manera, ese misterioso personaje vestido a la antigua, de bigotes puntiagudos, perilla canosa y cabeza calva, aparezca de nuevo y dé testimonio de nuevas historias inverosímiles y sin embargo ciertas.

Y eso es todo.

Bueno, o casi todo. Espero que me permitan añadir una breve coda final. Decía alguien, hace poco, que algún día debería realizarse un estudio serio...



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