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La tigresa del mar
De entre las peripecias que rodean la juventud del futuro rey de Aquilonia, ninguna es tan curiosa como su etapa como Corsario de la Costa Negra. Aquel que estaba destinado a convertirse en rey de la nación hegemónica del oeste pasó buena parte de su juventud asaltando y rapiñando algunos de los reinos que luego serían sus vecinos, e incluso sus aliados.
El modo en sí en que Conan acabó convertido en corsario no puede ser más pintoresco. En realidad huía de la justicia de Messantia cuando, involuntariamente, acabó como tripulante no deseado de un mercante argóseo.
—Las Crónicas Nemedias
Los cascos del caballo resonaban en la calle que bajaba al puerto. Mientras gritaban y se apartaban, los transeúntes vieron de refilón una figura en cota de malla sobre un semental negro con una amplia capa escarlata ondeando al viento. Se oían a lo lejos el estrépito y los gritos de una persecución, pero el jinete no se volvió a mirar. Se lanzó hacia los muelles y detuvo bruscamente al caballo justo al borde del malecón, encabritándolo. Los marineros lo contemplaron asombrados, distribuidos entre los remos y bajo la vela de rayas de una ancha galera de proa alta que salía del puerto. El capitán, un hombre robusto de barba negra, estaba junto al bauprés, apartando el bajel del muelle con un bichero. Lanzó un grito de enojo cuando el jinete desmontó y aterrizó de un largo salto en plena cubierta.
—¿Quién te ha invitado a bordo?
—¡Zarpa de una vez! —rugió el intruso. Con un gesto feroz, agitó la espada que blandía y esparció gotas rojas por todas partes.
—Pero… ¡vamos a las costas de Kush! —manifestó el patrón.
—¡Pues voy a Kush! ¡Zarpa de una vez, maldición!
Lanzó un rápido vistazo a la calle, por la que descendía al galope un grupo de jinetes. Por detrás se acercaban a pie varios hombres, ballesta al hombro.
—¿Cómo vas a pagar tu pasaje? —quiso saber el capitán.
—¡Con acero! —rugió el desconocido, sin dejar de blandir la enorme espada que arrancaba destellos azules del sol—. ¡Por Crom que si no zarpas de una vez, empaparé la galera con la sangre de la tripulación!
El capitán, que no era tonto, lanzó una mirada al rostro crispado de cólera y cruzado de cicatrices del espadachín y ladró una orden mientras seguía empujando con el bichero los pilones del malecón. La galera se apartó del muelle y los remos empezaron a moverse rítmicamente. Un golpe de viento llenó la vela y empujó el ligero bajel, que surcó elegantemente las olas rumbo al mar.
En el muelle, los jinetes blandían las espadas, lanzaban amenazas, ordenaban que el barco diera media vuelta y gritaban a los ballesteros que se apresurasen antes de que la nave estuviera fuera de alcance.
—Que rabien —gruñó el espadachín—. Tú mantén el rumbo.
El capitán abandonó el pequeño puente, bajó a proa, se desplazó entre las filas de remeros y subió a cubierta. El extranjero tenía la espalda apoyada en el mástil, los ojos entrecerrados y la espada desenvainada. El patrón no dejaba de mirarlo, con cuidado de no hacer ningún movimiento hacia el largo cuchillo que pendía de su cinturón. El extranjero era alto y robusto, y vestía coraza de escamas negras, grebas relucientes y un casco de acero azul del que sobresalían dos cuernos pulidos. Por los hombros le caía una capa escarlata que ondeaba al viento. La vaina de la espada pendía de un amplio cinturón de cuero con hebilla dorada. Bajo el yelmo astado se desparramaba una espesa melena negra de corte recto que contrastaba con el azul intenso de los ojos.
—Ya que tenemos que viajar juntos —dijo el capitán—, será mejor que nos llevemos bien. Me llamo Tito, capitán con licencia de los puertos de Argos. Vamos hacia Kush a comerciar con los reinos negros. Llevamos abalorios, seda, azúcar y espadas con empuñadura de bronce. Lo cambiaremos por marfil, copra, cobre bruto, esclavos y perlas.
El espadachín miró hacia el puerto cada vez más lejano, donde diminutas figuras gesticulaban impotentes. Era evidente que les costaba trabajo encontrar un bote suficientemente rápido para alcanzar la galera.
—Soy Conan. Soy cimerio —respondió—. Vine a Argos a buscar trabajo, pero parece que las guerras han acabado y no había nada en lo que emplear mi espada.
—¿Por qué te perseguían los guardias? —preguntó Tito—. No es que sea asunto mío, pero a lo mejor…
—No tengo nada que ocultar —replicó el cimerio—. Por Crom, he pasado bastante tiempo en la civilización, pero sigo sin comprender muchas de vuestras costumbres.
»Anoche, un capitán de la Guardia Real ofendió en la taberna a la amante de un joven soldado, quien naturalmente se lo hizo pagar. Al parecer existe una absurda ley que prohíbe matar guardias, y la pareja de mozos tuvo que poner pies en polvorosa. Corrió la voz de que se me había visto con ellos, así que hoy me llevaron ante el juez, que me preguntó por su paradero. Le respondí que, dado que el soldado era mi amigo, no podía delatarlo. El tribunal se encabritó de rabia y el juez se puso a perorar sobre mi deber hacia el Estado, la sociedad y otras cosas que no entendí, y me ordenó revelarle adónde había huido mi amigo. Yo empezaba a enfadarme; ya había dejado clara mi postura, al fin y al cabo.
»Me tragué la cólera mientras el juez berreaba que había incurrido en desacato al tribunal y que debía pudrirme en una mazmorra hasta que delatase a mi amigo. Comprendí que estaban todos locos, así que desenvainé la espada, le partí la crisma al juez y me abrí paso a estocadas hasta salir del juzgado. Vi el semental del jefe de alguaciles atado cerca y me lancé al galope a los muelles, a ver si encontraba un barco que me llevara lejos de aquí.
—Ya veo —dijo Tito, lacónico—. Los tribunales me han esquilmado más de una vez en mis pleitos con los comerciantes, así que no les guardo el menor aprecio. Tendré que responder a algunas preguntas cuando volvamos a ese puerto, pero puedo demostrar que actué bajo coacción. Puedes guardar la espada, por cierto. Somos marineros pacíficos y no tenemos nada contra ti. De hecho, nos vendrá bien tener un espadachín como tú a bordo. Ven a popa y nos tomaremos una jarra de cerveza.
—Me parece bien —respondió el cimerio mientras envainaba la espada.
Argos quedaba cada vez más atrás. Delante de ellos se extendía el mar interminable y salvaje.
El Argus era una nave pequeña y robusta, representante típica de los barcos mercantes que partían de los puertos de Zingaria y Argos hacia el sur. No solían apartarse de la costa y pocas veces se aventuraban a mar abierto. Era de popa alta y proa curva, afilada. Ancha de manga, se curvaba grácilmente hacia los extremos. Marcaba el rumbo el largo remo de la popa, y navegaba propulsada principalmente por la enorme vela cuadrada de seda, complementada con un foque. Usaban los remos para las maniobras del puerto y en periodos de calma chicha. Había diez en cada lado, cinco a proa y otros tantos más cerca de la popa; bajo estas cubiertas se estibaba el cargamento más valioso. La tripulación dormía en cubierta o entre las bancadas de remos, y se protegía del mal tiempo con toldos. Veinte remeros, tres timoneles y el capitán completaban la tripulación.
El tiempo era bueno y el Argus navegaba veloz hacia el sur. El sol golpeaba inclemente día tras día, así que alzaron los toldos, de seda con rayas que combinaba con la vela mayor y los dorados de la proa y la borda.
Divisaron la costa de Shem, amplias praderas coronadas en la distancia por las blancas torres de las ciudades. Vieron jinetes de...