E-Book, Spanisch, 1355 Seiten
Martínez La Ciudad
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-120428-4-9
Verlag: Sportula Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
El ciclo completo
E-Book, Spanisch, 1355 Seiten
ISBN: 978-84-120428-4-9
Verlag: Sportula Ediciones
Format: EPUB
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Rodolfo Martínez publica su primer relato en 1987 y no tarda en convertirse en uno de los autores indispensables de la literatura fantástica española, aunque si una característica define su obra es la del mestizaje de géneros, mezclando con engañosa sencillez y sin ningún rubor numerosos registros, desde la ciencia ficción y la fantasía hasta la novela negra y el thriller, consiguiendo que sus obras sean difícilmente encasillables. Ganador del premio Minotauro con Los sicarios del cielo (ahora en Sportula como Este incómodo ropaje), ha cosechado numerosos galardones a lo largo de su carrera literaria, como el Asturias de Novela, el UPV de relato fantástico y, en varias ocasiones, el Ignotus (en sus categorías de novela, novela corta y cuento). Su obra holmesiana, compuesta hasta el momento de cuatro libros, ha sido traducida al portugués, al polaco, al turco y al francés y varios de sus relatos han aparecido en publicaciones francesas. En 2009 y con El adepto de la Reina, inició un nuevo ciclo narrativo en el que conviven elementos de la novela de espías de acción con algunos de los temas y escenarios más característicos de la fantasía.
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2
El más tierno de los tigres acecha en tu mirada
Alberto Valdés sabía que aquel era un día que tenía que llegar antes o después. Eso no le hizo sentirse mejor, desde luego. Al fin y al cabo, cuando uno firma un pacto con el diablo, lo hace con la esperanza de que la otra parte no se presente nunca a cobrar.
Mientras esperaba la llegada de Estuardo, volvió a leer el correo electrónico que había recibido unos días atrás. Directo, escueto y al grano. Sin florituras ni palabras innecesarias. Lo cual, viniendo de alguien que supuestamente era un escritor, no dejaba de tener cierta gracia.
Gracia, sí, claro. Seguro.
No era un tipo melindroso; pocos de sus clientes eran trigo limpio y eso no le quitaba el sueño. Al fin y al cabo, lo único que él hacía era aprovechar a su favor los huecos existentes en la ley. Lo peor que podía pasar si las cosas le salían mal era que alguno de sus clientes acabase en la cárcel y él no pudiera pasarle la minuta. Esto era distinto. Lo que Corzo le pedía, si bien no exactamente ilegal, era arriesgado. Y, si las cosas se torcían...
Lamentarse ahora no le servía de mucho. El riesgo no había sido un factor diez años atrás, cuando había llegado a un acuerdo con su cliente. Los beneficios a corto plazo eran demasiado jugosos para rechazarlos o perder el tiempo pensando en el futuro y la posibilidad de que los términos del acuerdo llegasen a materializarse habían sido escasas. Era una época en la que no le importaba gran cosa correr riesgos; tenía bastante menos que perder por aquel entonces.
Por unos instantes consideró la posibilidad de negarse. Al fin y al cabo, ¿qué podía hacerle?
¿Quieres decir aparte de descuartizarte, imbécil?
En cualquier caso, la tentación no duró mucho. En aquel momento Estuardo entró en el club, vio a Valdés y echó a andar en su dirección. Se guardó la copia impresa del correo electrónico en el bolsillo y saludó a Estuardo con una inclinación de cabeza mientras el otro tomaba asiento frente a él.
—Tú dirás para qué querías verme, abogadillo —dijo, en aquel tono áspero y desagradable que siempre usaba para hablar con la gente a la que pagaba.
Mientras le explicaba qué quería, Valdés no pudo evitar preguntarse otra vez si aquello sería buena idea, si no estaría acumulando un error encima de otro. Tenía varias formas de conseguir lo que Corzo le había pedido y, ciertamente, hablar con Rodrigo Estuardo era la más rápida, y quizá la más eficaz. Pero dudaba que fuera la más sensata. Estuardo tenía los contactos adecuados y los recursos necesarios y no iba a hacerle preguntas incómodas sobre lo que le estaba pidiendo. Pero...
Rodrigo Estuardo era una extraña mezcla de valor, inconsciencia, rabia y estupidez. Gracias a esa combinación había llegado a donde estaba: cómodamente instalado en la cúspide de la pirámide de la mafia local. Pero el día menos pensado lo haría caer con la misma rapidez que lo había elevado.
Por supuesto, los negocios que Valdés tenía con Estuardo eran estrictamente legales; quizá no muy escrupulosos, pero siempre del lado correcto de la ley. Así que, cuando el traficante cayera, no arrastraría con él a su abogado.
Lo que estaba punto de hacer ahora, si bien no era todavía cruzar el límite, estaba muy cerca de ello.
—Así que quieres que te contrate a alguien.
La voz ronca, malhumorada y autoritaria de Estuardo lo sacó de sus pensamientos. Asintió nerviosamente y bebió un trago de vino.
—Eso es. Y necesito que se ajuste a ciertas... eh... características físicas.
Estuardo se rascó el pecho, pensativo, y luego encendió un cigarrillo.
—¿Para qué tipo de trabajo? —preguntó.
—No creo sea necesario que lo sepas —respondió Valdés.
Se sintió estúpido, como un mafioso barato en una mala película.
Estuardo se encogió de hombros.
—Como quieras, abogadillo —dijo—. Desde luego no es asunto mío. Pero no todos servimos para lo mismo, ¿verdad? Seguro que si te pongo una pistola en la mano no tendrías ni puñetera idea de qué hacer con ella. Y a la gente de Carrero le entraría dolor de cabeza con solo intentar leer un tebeo. Por eso a ti te contrato para unas cosas y a ellos, para otras.
—Ya —dijo Valdés, tras unos momentos de duda—. En realidad, no se necesita ninguna habilidad especial para el trabajo. No hace falta que sea ningún experto en... bueno, en nada, realmente. Basta que con que sepa seguir las instrucciones de forma adecuada. Y no será nada muy complicado. —Vaciló—. Ni violento. Se le pagará bien por su tiempo, por supuesto.
—Te buscaré al tipo que necesitas. Pero me debes una, abogadillo.
Estuardo sonreía casi con ferocidad.
—No hay problema —dijo Valdés, procurando parecer tranquilo—. Pon tu precio. Seguro que llegamos a un acuerdo.
—Quizá. Pero no hoy. —Se reclinó en el asiento y lanzó una mirada distraída a su alrededor—. De momento, basta con que estés en deuda conmigo.
—Preferiría...
—Claro que lo preferirías. Pero no. Considera esto un favor. Al menos de momento.
Valdés vio que sería inútil seguir discutiendo, así que no lo hizo. Terminó el vino y se fue poco después. Salió del club con la sensación de tener clavada en la nunca la mirada feroz y sarcástica de Estuardo. No se volvió para comprobarlo.
—Vaya, veo que tu gusto en vinos ha ido mejorando con los años, querida.
Isabel se encogió de hombros.
—En realidad lo compré por ti —dijo—. Ya sabes que el vino no me entusiasma.
Carlos Carvajal chasqueó los labios. Vestía, como siempre, un anticuado traje gris, y una pajarita todavía más anticuada ceñía el cuello de una camisa que debería haber sido una talla más grande. Su pelo castaño y revuelto estaba veteado de gris, y unas gafas redondas de montura metálica le daban aspecto de profesor de música, quizá de director de orquesta. Saboreó de nuevo el vino y dejó la copa en la mesa.
—Parece que te ha ido bien —dijo.
—No me puedo quejar.
No, realmente no se podía quejar. Sabía muy bien que pocos psiquiatras conseguían un puesto como el suyo justo después de terminar el MIR.
—En fin, querida, ha sido una cena deliciosa y me ha encantado ver tu apartamento. —Echó un frío vistazo a su alrededor—. Un poco espartano, pero...
Isabel sonrió.
—Quieres decir que es minúsculo.
Carvajal enarcó una ceja, molesto por haber sido interrumpido.
—Quiero decir exactamente lo que he dicho, como siempre —dijo, recalcando cada palabra en su mejor tono pedante. Se sirvió una nueva copa—. Como decía antes de que me interrumpieras tan groseramente, una cena deliciosa y todo eso, pero presiento que no me has llamado solo para mostrarme cómo vives ahora.
—Es por un antiguo caso tuyo.
Él asintió, como si hubiera sido exactamente eso lo que esperaba oír.
—Sí, Corzo, por supuesto. Qué si no.
—Así que lo sabías.
—Si te refieres a que sabía que se encontraba en tu actual lugar de trabajo, por supuesto que sí. No soy ningún inepto y sigo teniendo mis contactos. Es curioso. ¿Por qué se le permiten a la vida coincidencias que le están vedadas incluso a la mala literatura? —Isabel sonrió al oír a Carlos expresar en voz alta el mismo pensamiento que ella había tenido unos días atrás. Él no pareció reparar en su sonrisa—. Pero sí, claro que lo sabía. Sin embargo, confieso que esperaba que no te vieras involucrada con él. Es el juguete personal del zoquete de Rodríguez. Ni en mis más locos sueños llegué a imaginar que iba a dejar que nadie más pusiera sus zarpas sobre él.
Había algo extraño en la mirada de Carlos, algo que Isabel nunca había visto antes. En aquellos ojos había visto destellar la arrogancia, el deseo, incluso la ternura, pero jamás el miedo hasta aquel momento. Se sintió repentinamente incómoda y trató de no hacer caso de aquella sensación. Tuvo éxito a medias.
—Supongo que fue cuando hacías el MIR —dijo.
—¿Cómo? —Carlos pareció volver del algún lugar muy lejano—. Sí. No tenía que haberme encargado yo de su...




