Martínez | Sondela | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 386 Seiten

Martínez Sondela


Segunda Edición en Ebook
ISBN: 978-84-18878-94-7
Verlag: Sportula Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, 386 Seiten

ISBN: 978-84-18878-94-7
Verlag: Sportula Ediciones
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Cuando la inspectora Patricia Campos acude a investigar la escena de un crimen descubre que la víctima es un fauno: cuernos en la frente, barbita lujuriosa de chivo, pezuñas en lugar de pies... Nada demasiado fuera de lo normal en la isla de Madeira, donde hay una amplia colonia atlante. Criaturas como faunos, centauros o dríadas circulan tranquilamente por las calles de Funchal, comen en sus restaurantes y viven en sus apartamentos. Y es que, desde que hace veinte años la Atlántida surgió de la nada (haciendo felices por un instante a cientos de miles de magufos y conspiranoicos) han cambiado muchas cosas en el mundo. No siempre para bien, piensa la inspectora Campos mientras trata de desentrañar el asesinato del fauno acompañada de un investigador atlante... que no siempre fue atlante. Juntos escudriñarán en algunos lugares oscuros de ambas sociedades y darán inicio a algo que nadie sabe muy bien cómo terminará. * * * En SONDELA, Rodolfo Martínez crea la que posiblemente es su novela más arriesgada y experimental y lleva su tendencia al mestizaje literario un paso más allá, mezclando géneros aparentemente irreconciliables como la ciencia ficción y la fantasía.

Candás, 1965  A juzgar por su numerosa obra, Rodolfo es uno de los autores más prolíficos del género fantástico y de ciencia ficción en España. Su larga trayectoria como escritor ha sido recompensada numerosas veces con varios premios, como el Ignotus, el Minotauro o el Asturias de novela.  Narrador de estilo dinámico que gusta de la fusión de géneros, en su bibliografía destacan los cyberpunks La sonrisa del gato (1995) y El sueño del rey rojo (2004), o el space opera Tierra de nadie: Jormungand (1996), además de obras de fantasía urbana como Las astillas de Yavé (2014). Ha escrito varios pastiches holmesianos de corte fantástico. El primero de ellos, La sabiduría de los muertos, es sin duda su novela más reeditada y popular, traducida al inglés, francés, portugués, turco y polaco. Su producción breve se encuentra recogida en Disfraces parecidos a mi piel (2020). En La canción de Bêlit (2017) explora la obra de Robert E. Howard y aporta su personal punto de vista a su más famosa creación, Conan el bárbaro. En 2020 empieza a publicar su obra más ambiciosa, El hueco al final del mundo,que reparte en varios volúmenes. Vive en Gijón, junto a Felicidad Martínez y las dos gatas de ambos: Rángiku e Íchigo.
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2
El ganador se lo lleva todo


?

En cuanto llegué a la habitación, supe que aquel no iba a ser un buen día.

—Mierda, un fauno —dije.

—Vaya, las pillas al vuelo —dijo Werner Franke sin molestarse en mirarme. Parecía muy ocupado en la contemplación del cadáver.

Crucé la puerta y me acerqué al cuerpo desparramado en el suelo. Sí, no me había equivocado. Tendría que haber estado ciega para equivocarme: los dos pequeños cuernos que le adornaban la frente, la barbita de chivo que remataba el rostro alargado y las pezuñas de cabra que sobresalían de la túnica azul. Un fauno. Un maldito fauno. Y precisamente de todos los policías de la ciudad tenía que haberme tocado a mí. Bueno, por qué no. Al fin y al cabo mi carrera no estaba en su momento más brillante; era lógico que me acabasen endilgando aquel tipo de cosas.

Werner terminó la inspección del cadáver, se incorporó y se quitó los guantes. Los arrojó al aire en un gesto desganado y no se molestó en ver cómo se consumían con un débil crujido y desaparecían sin dejar rastro.

—Te ha tocado uno bueno —me dijo.

Me encogí de hombros. No le iba a dar la satisfacción de ver que el asunto me afectaba.

—¿Qué tal si me pones en antecedentes?

Asintió, siempre con aquella sonrisilla estúpida clavada en el rostro, y luego señaló algo a mis espaldas.

—Dejemos trabajar a los del laboratorio —dijo.

Me volví. En la puerta, mirándonos con fastidio, estaba el equipo forense. Así que salí con Werner al pasillo y le hice una seña para que empezara.

—No hay mucho que contar, en realidad. El piso no estaba a nombre de la víctima, sino de la Legación Diplomática. De hecho, nuestro amigo era el... «ayudante personal» de uno de sus miembros.

—Un esclavo —murmuré, casi sin darme cuenta de lo que decía.

Werner enarcó una ceja.

—Claro que no —dijo, todo candor e inocencia—. La esclavitud es ilegal en toda la Unión Europea. Y el tratado de Lisboa garantiza que cualquier esclavo que ponga los pies en nuestro territorio se convierte automáticamente en ciudadano libre. Deberías vigilar mejor lo que dices.

Me encogí de hombros.

—Usa la ficción legal que quieras. Era un esclavo.

Ahora fue Werner quien se encogió de hombros, como si me dejara por imposible.

—Con tu pan te lo comas, Campos. Ya veo que sigues igual de testaruda. No es asunto mío. —Dudó unos instantes y siguió con el informe—. Por lo que he podido averiguar el pisito era el picadero personal del... patrón de la víctima. Esta solía venir por aquí un par de veces por semana y se aseguraba de que todo estaba en orden, cada cosa en su sitio y bien surtido de cuanto necesitara su jefe. Era un tipo callado, discreto, un perfecto caballero, según la vecina que encontró el cadáver.

Un perfecto caballero. Claro, seguro. Un perfecto caballero con cuernos en la frente y la mitad del cuerpo robado a una cabra. Bueno, he oído definiciones peores.

—Parece ser que vio la puerta abierta y eso la extrañó. Así que llamó con los nudillos y, cuando no obtuvo respuesta, entró a echar un vistazo. Dice que estaba preocupada por si había habido algún robo. Supongo que la reconcomería la curiosidad por ver el interior del apartamento. El caso es que lo encontró tal y como lo has visto y nos llamó. Fin del asunto. Al menos en lo que a mí respecta. A partir de ahora es todo tuyo.

¿Todo mío? Lo dudaba.

—¿Has informado a la Legación?

Werner sonrió, como si acabara de hacerle la pregunta que llevaba toda la mañana esperando.

—Claro. Han dicho que enviarían un representante.

—¿Humano? —pregunté, tratando de que mi voz sonara indiferente. No estoy muy segura de haberlo conseguido.

—Supongo. Han dicho que lo encontraríamos aceptable. Así que imagino que sí, que será un humano.

Era algo. No tenía nada contra los atlantes no humanos, pero me ponía nerviosa hablar con ellos. Nunca conseguía interpretar correctamente su lenguaje corporal.

—De acuerdo —dije—. Ya me ocupo a partir de aquí.

—Encantado. Me voy a la oficina a poner en orden el papeleo.

Nos despedimos con un gesto de la cabeza y cada uno se fue por su lado. Me acerqué a la puerta del apartamento y eché un vistazo en el interior: los del laboratorio seguían ocupados recogiendo muestras y digitalizándolo todo. Aún les quedaban unos minutos.

Al fondo del pasillo estaba la puerta que daba a la escalera de incendios. Fui hasta allí, la entreabrí y, tras pensármelo un rato, encendí un cigarrillo. En realidad, aún no me tocaba, al menos hasta después de comer, pero al cuerno con la planificación.

El día parecía despejado aunque como de costumbre la cima de la montaña estaba cubierta de nubes. Seguí con la vista la línea del teleférico hasta el jardín botánico. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez? Un año, quizá, no mucho más. Me prometí volver lo antes posible y darme un paseo bien largo. Luego, por qué no, relajarme un rato en un banco junto al estanque de carpas; el ruido de la ciudad amortiguado por la distancia, el rechinar de mi cabeza engrasado por la calma que siempre se respiraba en el jardín.

—¿Inspectora Campos?

Me volví mientras apagaba el cigarrillo en el tacón de la bota y guardaba la colilla en el bolsillo de reciclaje. Mi mirada se cruzó con la de un hombre alto, de ojos claros y perplejos y pelo rubio y muy corto peinado hacia adelante. Vestía una túnica blanca que le llegaba por encima de las rodillas y un manto color chocolate.

—Sí, soy yo —dije.

El hombre asintió.

—He venido en cuanto he podido. Espero no haber llegado tarde.

Hizo un gesto sobre el hombro y varios caracteres griegos empezaron a arder en el aire frente a él. Pude descifrarlos lo suficiente para corroborar su identidad, aunque su nombre me resultó, como de costumbre, un galimatías incomprensible.

—Gracias —dije.

Me identifiqué a mi vez. Con la palma de la mano extendida hacia arriba, activé la rutina de identificación en mi persochip y el tatuaje de alta definición con todos mis datos personales se extendió por la mano en un parpadeo.

—Perfecto —dijo mi interlocutor.

Yo no lo habría dicho de ese modo, pero en cualquier caso, ya nos habíamos identificado y cumplido todas las formalidades.

—Querrá ver el escenario —dije.

Le indiqué con un gesto el otro extremo del pasillo y echamos a andar hacia allí.

—Me temo que no me quedé con su nombre.

Él sonrió.

—No me sorprende. Puede llamarme Eirenaos. O, si prefiere un nombre terrano, puede usar el de Edward Blaine.

Fruncí el ceño. Lo que aquel tipo me estaba diciendo era que...

—Usted no es...

—¿Ciudadano? No, no de nacimiento. En realidad debería ser un meteco, pero conmigo han hecho una excepción.

De pronto, su rostro y su nombre encajaron en mi memoria y comprendí con quién estaba hablando realmente.

—Un momento. Usted es...

—El traidor —terminó él la frase por mí.

Aquello se parecía demasiado a lo que estaba pensando para sentirme cómodo. Así que no lo miré a los ojos mientras decía:

—No... quería decir...

—Sé lo que quería decir, inspectora Campos. Y sí, soy el mismo Edward Blaine en el que estaba usted pensando.

Traté de buscar algo que decir, cualquier cosa con tal de romper el silencio que acababa de instalarse entre los dos como un muro.

—No sabía que estaba con la Legación.

—Estoy en la isla de paso. Cuando su departamento avisó a la Legación de lo ocurrido me pidieron que actuara en nombre suyo, como un favor personal. Al fin y al cabo, conozco las costumbres de ustedes mejor que ellos y no provocaré un incidente diplomático a causa de mi ignorancia.

Claro que conocía nuestras costumbres. Había sido uno de nosotros antes de pasarse al otro bando.

Llegamos a la puerta del apartamento. El equipo forense había terminado y dos camilleros esperaban para llevarse el cadáver. Les hice una seña a la que respondieron con un asentimiento y Blaine y yo pasamos al interior del piso.

Su examen del cadáver fue breve, pero minucioso. En cuanto lo terminó les indiqué a los camilleros que podían seguir con su trabajo y no tardaron en llevarse el cuerpo. Blaine siguió con la inspección del piso.

Era un lugar pulcro, ordenado, terriblemente sobrio... hasta que llegamos al dormitorio. Parecía una combinación de selva y templo y no estaba muy seguro de si la cama era realmente una cama o un altar. Blaine permaneció impasible ante el espectáculo: su única concesión a la emoción fue un alzamiento de cejas tan breve que estuve a punto de...



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