Miller | No te fíes | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 496 Seiten

Miller No te fíes


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17268-34-3
Verlag: Nowevolution
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 496 Seiten

ISBN: 978-84-17268-34-3
Verlag: Nowevolution
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Con dieciocho años, Sarah Miller ingresa en la universidad de Maryland tras renunciar a su sueño de ir a Harvard. Mientras lucha por adaptarse a un lugar al que cree que no pertenece, comienza a actuar un asesino en serie que acaba con la vida de siete personas. Qué relación tiene con los asesinatos, por qué mata a personas cercanas a ella, quién está detrás de esos crímenes o por qué quiere involucrarla son cuestiones sobre las que se interrogará la protagonista en esta novela trepidante. Aunque también, de ese primer año en la universidad, la protagonista se lleva a sus mejores amigos: Matt, Ross, Jane, Blake y Ashton; y sus primeras experiencias sexuales dentro de un triángulo amoroso que tendrá que resolver. No te fíes es, en palabras de la autora, 'una historia propia de series de televisión; pero que desgraciadamente me sucedió a mí y marcó para siempre mi futuro'.

Sarah Miller (Atlanta, 5 de octubre de 1997). Estudia último curso de Criminología y Justicia Criminal en Chicago, tras su paso por la universidad de Maryland. Allí, junto a sus compañeros y amigos, tuvo que lidiar con un asesino en serie del que consiguió escapar. Aquel acontecimiento la llevó a trabajar con una de las abogadas de mayor prestigio en la universidad, Christine Marin. Gracias a ella ha conseguido contactar con bufetes de abogados e investigadores privados, que le han permitido una amplia formación en el área criminalística.  Nunca pensó en ser novelista, pero creyó necesario contar la historia que vivió en la universidad de Maryland, aunque ha necesitado varios años para conseguir pasar a papel aquella experiencia. Es, pues, con la novela que lleva por título No te fíes, con la que Sarah Miller llega al mundo literario a partir de una experiencia autobiográfica.
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CAPÍTULO 1

Domingo, 30 de agosto de 2015

Me sobresalta la alarma del teléfono, aunque llevo toda la noche despierta. Hoy es el día. Ya nada volverá a ser como antes.

Compruebo el móvil. Tengo demasiados mensajes y no tengo fuerzas para leer ninguno. Es la hora.

Me levanto poco convencida y me miro en el espejo del armario. Me pongo una camisa negra ajustada, unos vaqueros largos y las Reebook blancas que tanta suerte me han dado. Me dejo el pelo suelto. Me tapo un poco las ojeras que tengo de no dormir en las últimas semanas y me aplico un poco de rímel para que parezca que estoy más despierta.

Cojo la llave y el abrigo de Ralph Lauren. Quería despedirme de esta casa y de esta ciudad bien vestida. Repaso la maleta, la llevo a rebosar con todo lo que he podido coger del armario, aunque he tenido que dejar abandonadas muchas cosas, pero creo que aguantaré una buena temporada sin comprarme ropa. El poco dinero que tengo lo necesitaré para pagar la residencia. Cierro las cremalleras, pongo los candados y meto el neceser en el bolso de mano. Me giro para despedirme del que ha sido mi cuarto desde que nací. Toda mi vida se quedará encerrada en esta habitación. Doy la vuelta y, antes de echarme a llorar, cojo la maleta, me cuelgo la mochila y el bolso y bajo a desayunar.

Mi madre me ha preparado tortitas y un café con leche para despedirse de mí. Supongo que la culpabilidad les corroe a los dos… O tal vez no. No lo sé. Para ser sincera, no es lo que imaginaba. Yo tenía un futuro mucho mejor esperándome justo a la vuelta de la esquina, pero algo ocurrió y mañana me veré encerrada en Maryland, alejada de toda mi vida pasada.

Ya estoy en la calle.

Me enfrento a la oscuridad de la vía. Y al silencio. Nunca me había parado a pensar en cuánta calma hay fuera de las ventanas de mi habitación y cuán a salvo me hallo en mi caliente cama con el olor a jabón de las sábanas recién cambiadas. ¿Esto va a ser así a partir de ahora? ¿Aún no he dejado atrás el Georgia Aquarium y ya echo de menos mi antigua vida? Jamás había estado sola en la calle a las cinco de la mañana. Ni me había sentido tan abandonada. Y he de confesar que tengo miedo.

Pero no hay vuelta atrás. Soy yo la que he decidido irme sola sin que nadie me acompañe.

Oigo un crujido detrás de mí. Me doy la vuelta a toda prisa. Solo son unas hojas que el viento ha arrastrado. No tengo nada que temer. O sí… porque no destaco precisamente por tener un físico notable, ya que nunca he practicado ningún deporte; cualquiera que viniese a por mí sería más fuerte que yo. Soy bastante delgaducha y mi tez blanquecina me confiere un aspecto enfermizo, o eso dice mi madre. Cuando me maquillo, a pesar de mis ojeras, consigo lucir un rostro iluminado y mis ojos redondos adquieren un cierto matiz alargado.

Alzo el cuello del abrigo y aprieto el paso, pues el autobús sale a las cinco en punto. Tengo que andar poco más de un kilómetro desde Simpson Street hasta Atlanta Bus Station. Cruzo la calle arrastrando la maleta por la acera. Hace mucho ruido y, contra todo pronóstico, eso me relaja.

Por fin estoy en la estación.

El bullicio de la gente y los altavoces me reconfortan. Me acerco al mostrador donde pone Maryland y allí me atiende una chica joven y encantadora. Calculo que debe de tener unos veintitrés años, solo cinco más que yo. Veo mi futuro reflejado en ella si mis padres no consiguen dinero.

Le muestro la reserva que saqué por internet y me señala el lugar al que debo dirigirme para coger el autobús. El conductor toma mi valija y la coloca en el maletero. Subo. Apesta a cerrado, a gasoil y a tubos de escape. Siento unas arcadas terribles que reprimo ante la gente. Es la primera vez que tengo que viajar en transporte público, pero lo peor llega cuando veo mi asiento: dos manchas de algo que parece grasa adornan la tela donde se supone que debo sentarme y el paño que recubre el reposacabezas está viejo.

Me coloco en el asiento que está al lado de la ventanilla y saco una revista que he metido en el bolso antes de salir de casa. Tengo dieciséis horas por delante hasta llegar a mi destino. A mi lado se sienta una señora oronda que me mira con descaro.

—¿Vas a Maryland? ¿A la universidad?

No quiero entablar conversación, así que opto por preguntar a mi vez:

—¿Usted dónde se dirige? —La señora parece confundida por mi descaro, aunque lo disimula.

—Yo me quedo en Greensboro.

—Ah, yo en Charlottesville, voy a visitar a una tía mía y a pasar una temporada con ella. —Miento descaradamente.

—La familia es muy importante; es nuestro horizonte de referencia en la vida. La tradición que vale la pena mantener. La que nos da la fortaleza necesaria ante los fracasos y el lugar seguro al que regresar siempre.

Vaya. Es de ese tipo de personas que siempre han de moralizar.

—Sí —le respondo de forma escueta para ver si deja de hablarme, porque no podré soportar así todo el trayecto y no quiero darle pie a que siga con su rancio discurso.

Tengo suerte, pronto se arrellana en el asiento y unos sonidos guturales inundan el espacio. Se ha puesto a roncar y los labios picudos se abren y cierran al compás de los estridentes pruppps que va soltando. A pesar del firme propósito de mantenerme alerta durante el viaje, pronto el cansancio me vence, bostezo varias veces y, al fin, me quedo profundamente dormida abrazada al bolso de Guess que mamá me regaló en el último aniversario.

Al llegar a la Washington Union Station, compro una quesadilla con un refresco, me siento en un banco y devoro la comida. Voy hacia el metro que me llevará, tras varios transbordos, hasta Prince George’s, y desde ahí iré andando hasta el campus. ¡Es la peor experiencia de mi vida! Si hace un año me hubieran contado que le pasaba eso a alguna amiga mía, me habría echado a reír. «¡Pobre! —hubiera dicho—. Tener que hacer más de dieciséis horas de camino, pudiendo ir en avión».

Llego exhausta al campus y desde allí me dirijo a lo que creo que es la administración. Cuando consigo localizar el edificio blanco que abre las puertas de mi nueva vida, hago acopio de fortaleza y subo los más de veinte escalones que me separan de la entrada. Ya no sé cómo alzar la maleta que llevo a cuestas, aunque consigo llegar hasta admisión, donde doy mi nombre completo a una señora de unos cincuenta años que me da la bienvenida.

—Sarah Miller —logro decir.

Y ella me ofrece una copia de la llave de la habitación B133.

Desde allí me dirijo hasta la residencia e inspecciono el pasillo de la tercera planta hasta que consigo encontrar mi puerta. Meto la llave y entro en la habitación, suelto las bolsas sobre una de las camas y, sin esperar más, me dispongo a ordenarlo todo. En ese instante la puerta se abre y recuerdo que todo este espacio no es solo mío.

—¡Hola! Tú debes de ser mi compañera de este año. Yo soy Jane —dice tendiéndome la mano.

—Sarah… —respondo asqueada.

—¿Todo eso es tuyo? No creo que quepa aquí dentro —dice sin perder el entusiasmo.

—Sí, eso mismo estaba pensando…

—No sé cómo vas a hacer para meter todo eso en tu mitad.

Odio compartir y más con gente como ella. ¿Eso que lleva en el hombro es un tatuaje? Me concentro en guardar las cosas. Meto la maleta con la ropa que no voy a utilizar debajo de la cama y empiezo a colocar la otra hasta que llego a la madera que marca nuestra separación. Respiro hondo y miro a mi compañera. Quizá no tenga tanta ropa como yo y me deje algo de su sitio.

Meto mi pijama debajo de la almohada. El resto de mis camisetas y los pantalones los guardo en la cómoda de mi lado izquierdo del cuarto. Por suerte hay una para cada una y no habrá que compartir.

—Perdona, ¿y la puerta del baño? —le pregunto.

Ella se ríe a carcajadas y dice:

—El baño está al final del pasillo.

—¿Al final… del pasillo?

Ella asiente y a mí me entra el pánico. «¿Y si a alguien le da por tirar de la cortina mientras me ducho?» Esto no es para mí. Yo tendría que haber ido a una universidad privada, tendría que haber ingresado en una hermandad, habría hecho unas buenas prácticas y habría tenido un currículum irrechazable. Y lo que he conseguido, en lugar de la vida que había soñado, es entrar en una universidad pública con esta habitación compartida.

No saldrá bien.

Termino de colocar mis libros y saco los tres neceseres que llevo en la bolsa: uno con las cremas, otro con el maquillaje y el de la ducha.

—¿Dónde puedo dejar esto? —le pregunto a...



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