E-Book, Spanisch, Band 184, 300 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
Montes El Grito
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-9841-556-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 184, 300 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-9841-556-8
Verlag: Siruela
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Antonio Montes nació en Montejaque (Málaga) en 1980. Es licenciado en Economía y Máster en Comunicación y Cultura (Gestión Cultural) por la Universidad de Málaga. En la actualidad trabaja como asesor de empresas en Marbella. El Grito no es la primera novela que escribe pero sí la primera publicada.
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Las sillas negras, desplegadas, semejan un ejército poco disciplinado, los últimos restos de una batalla en la que nadie nunca creyó, casi una reunión de pájaros malagüerados esperando el momento de asestar el picotazo definitivo. Por todas partes se amontonan las sillas: alineadas contra las paredes, delante de los muebles, entre las grandes macetas de aspidistras que llenan los rincones, en el pasillo, en el salón, en el dormitorio, en la cocina, incluso en la calle, a ambos lados de la puerta de entrada; en cualquier hueco donde las rodillas de quien está sentado no molesten el paso de los demás, donde no se tapone ninguna puerta, donde no exista el peligro de que un movimiento apresurado o imprevisto ocasione algún destrozo.
(No se ponga usted ahí, que le va a dar a la rinconera sin darse cuenta y va a terminar haciendo tiestos
Retire usted la silla de la pared, mujer, que está dejando toda la marca del respaldar
Muévete un poco hacia mí, estás rozando con las patas el lado del sofá.)
También han dejado algunas plegadas en el lavadero, entre la pila y la alacena, por si hacen falta, por si se encuentra cualquier espacio escueto que hubiera escapado a la primera invasión, por si no hace mucho frío a lo largo del día y hay quien quiera salir a la terraza, por si se acumulan muchos hombres en la puerta y necesitan sacar más asientos.
Son sillas gastadas: metal, plástico imitando cuero y algún tipo de relleno tan maloliente como incómodo, no sabemos en cuántos entierros habrán estado antes que en este, cuántos ataúdes habrán acariciado de reojo al pasar, cuántas lágrimas habrán soportado, cuántos desmayos rápidamente resueltos uniendo varias de ellas para formar una especie de catre con el que solventar la urgencia. Algunas incluso tienen mensajes pintarrajeados, sobre todo en el respaldo, donde menos se pueden ver. Los de la funeraria son buenos profesionales, si cualquier gracioso se dedica a dibujar comentarios en algún sitio visible no dudan en quitar esa silla de la circulación, los entierros no son lugares de broma, cualquier detalle termina siendo importante. Pero, a pesar de su vigilancia
No puedo estar en todo, es normal que alguna se me pase y no me dé cuenta de que tiene cualquier guarrada escrita
Pues tienes que estar atento, y antes de cargarlas en el coche las revisas una por una, no te cuesta trabajo ninguno darles un repasito y así nos ahorramos que nos pongan la cara colorada, que la semana pasada un hermano del difunto me sacó una silla en la que alguien había escrito Mierda pa los muertos
Lo mismo lo habían escrito ese mismo día y el tío te quiso echar la culpa a ti de eso, vete tú a saber
Puede, pero por si acaso las revisas todas y en paz
Que sí, lo que tú digas.
Pero, a pesar de su vigilancia, de todo guardan estos asientos de la mala hora: insultos, declaraciones de amor enmarcadas en corazones temblorosos, nombres, fechas, frases inconclusas que su autor se vio obligado a dejar a medias vaya usted a saber por qué, quizá por cansancio, quizá porque alguien le afeó su acción, quizá porque se aburrió y decidió dedicar sus esfuerzos a otra cosa. También se pueden ver quemaduras de cigarros, agujeros limpios y redondos que dejan al aire el relleno breve y desagradable, especie de bostezos de vieja abiertos con curiosidad a todo cuanto vaya pasando en esta casa durante el velatorio: visitas y ausencias, conversaciones y silencios, pasos y esperas, familia y extraños, lágrimas y reencuentros, flores y crucifijos, gente, mucha gente, quizá demasiada.
Llegan los del seguro, dos hombres, serios, los dos sudamericanos.
Para mí que son de Colombia
Y eso cómo lo sabes
Por el acento, hablan como la novia que se ha recogido mi cuñado el mayor, y yo diría que hasta se parecen en el corte de la cara
Yo no conozco a nadie de Colombia, así que no sé si hablan como estos dos o de otra manera, pero lo del corte de la cara me parece un poco tonto, a ver si todos los de un país van a tener que parecerse
Hombre, unos rasgos más o menos, rubio, alto y blanquinoso, pues ya sabes que es del norte, achaparrado y como negrucio, pues es más de los nuestros, con esos detalles uno ya sabe por dónde tirar
Eres más bruto que un arado
Lo que tú digas, la cosa es que, y esto sí que lo sé seguro, estos dos empezaron a trabajar en la funeraria hace unos cinco años, cuando no había nadie que quisiera bregar con los muertos, todo el mundo estaba que si la construcción, que si la hostelería y los trabajos así solo los hacían los inmigrantes, pues por lo visto ahora que la cosa se ha puesto jodida han ido al dueño del negocio un montón de españoles diciéndole que les hace falta el dinero, que están a la cuarta pregunta, que si esto que si lo otro, y el hombre les ha dicho a todos que lo hubieran pensado antes, que él no va a echar a dos buenos trabajadores para meter ahora a los que antes le han rechazado
Y razón tiene, si antes este trabajo no era bueno para los de aquí, ahora que se aguanten
A ver, ponte en la situación, las cosas cambian
Ya, pero estas criaturitas también tienen derecho a comer, no se les va a dejar en la calle si son buenos en lo suyo porque ahora la situación sea otra
En fin, vamos a echarles una mano con las sillas, que hay que descargarlas.
Los del seguro han dejado el coche, enorme, desagradable, en mitad de la calle, interrumpiendo el tráfico. La gente del pueblo sabe que en esta casa hay un muerto, intentarán no pasar con sus coches por aquí a lo largo de todo el día, circularán por las calles paralelas, darán rodeos, aparcarán lejos de sus casas, lo que sea necesario con tal de importunar lo menos posible el velatorio.
Las vecinas fueron las primeras en llegar, una marea que poco a poco fue llenando todos los rincones de la casa, adueñándose por un día de ese espacio que para muchas era conocido y que para otras era un mundo nuevo, un espacio ignoto en el que se adentraban con cierta prudencia, mirando a todos lados, intentando no perderse un detalle, las vecinas que se iban llamando en su camino hacia la casa de la muerta.
Voy un ratito al muerto ahora que no hay nadie
las vecinas, algunas ya llevaban algún rato levantadas, son madrugadoras las mujeres por esta tierra, muchas son las que están en pie antes de que el sol haya empezado a despuntar por encima del Puerto
(Yo es que llegando las cinco de la mañana no puedo estar en la cama, me entra un cosquilleo en la espalda que no me deja vivir, así que me tengo que levantar y ponerme con las faenas.)
Así que se enteran de lo sucedido de inmediato, casi como si hubieran alcanzado a escuchar el grito con el que la sobrina de la muerta anunció lo sucedido, muchas de ellas se esperaban el final de esta mujer, las noticias corren por estas calles, de casa en casa como un viento travieso, sobre todo si son malas, si son anuncio de enfermedades, accidentes o muertes, las bocas, las conversaciones por las ventanas, los teléfonos desplegando su absoluta falta de discreción.
Aquí todo se sabe
se sabe todo y además se sabe rápido, por eso cuando a las ocho de la mañana las campanas de la iglesia empezaron a doblar
(un crío de apenas diez años bosteza mientras tira de la cuerda sucia y cansada para que el grito de bronce alcance a todos los rincones del pueblo).
Fueron pocos los despistados que no sabían que la nueva muerte era esperada si no con impaciencia al menos con determinación desde bien temprano el día anterior, por eso las vecinas, que parecen especialmente diestras a la hora de intuir desgracias, se apresuran esta mañana camino del recién estrenado velatorio, no saben quién ha sido la que ha comenzado el desfile, quién fue la primera que decidió pasarse por allí, quizá ni tan siquiera sabía que ya el sufrimiento de la anciana había terminado, quizá tan solo quería asomarse para enterarse de cómo seguía.
Voy a ver cómo sigue la pobrecilla
se habría dicho la mujer nada más levantarse, se viste con gestos rápidos y secos, es fácil disfrazarnos de nosotros mismos cada mañana, movimientos que de puro repetidos se convierten en una rutina con la que nos defendemos del mundo sin darnos cuenta, la mujer se esconde tras sus gafas, tras sus pantalones oscuros, tras el jersey de lana azul (hace frío, quizá debería ponerme una chaqueta, piensa un instante, pero al final una como urgencia, una como certeza por dentro le dice que no hay tiempo para eso, que mejor es que se dé prisa), sale la mujer y en cuanto se acerca a la casa de la vecina intuye que algo va mal, ve a un hombre en la terraza, fumando, al aproximarse algo más reconoce al yerno de la nueva muerta, lo ve tranquilo, apoyado en la baranda, y en ese momento algo le dice que ya todo ha terminado, será la primera de los muchos que vendrán aquí a lo largo del día, apenas estará ahora un par de minutos y volverá a su casa
Voy a despertar a mi marido, que tiene que levantarse para ir a trabajar
al poco rato estará de vuelta, acompañada esta vez por otras mujeres a las que ha avisado al pasar, las vecinas, una marea que poco a poco va llenando todos los rincones de la casa.
El yerno, cansado y aún no ha hecho más que empezar el día, el yerno, hastiado por anticipado, temiendo el papel que le queda por delante, recibir los pésames que muchos querrán...




