Nassise | El Hereje | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 250 Seiten

Nassise El Hereje


1. Auflage 2020
ISBN: 978-1-949459-55-5
Verlag: Harbinger Books
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 250 Seiten

ISBN: 978-1-949459-55-5
Verlag: Harbinger Books
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Los monstruos cazan a los inocentes. El caza a los monstruos.Como comandante del Equipo Echo, la unidad de combate más templada de batalla de los Templarios, Cade Williams pasa sus días trabajando en las sombras, protegiendo a la humanidad de amenazas y enemigos sobrenaturales. El público desconoce la existencia de la Orden, no importa la naturaleza del enemigo que enfrentan y eso está bien con Cade, ya que si se volviera de conocimiento común que existen monstruos, se produciría el caos.Pero ahora la misión y el secreto de la Orden se ven amenazados cuando fuerzas desconocidas atacan a las comandancias templarias en plena noche, dejando la destrucción a su paso. Cade y su equipo reciben la orden de poner fin a los ataques antes de que la batalla se derrame, destruyendo el equilibrio difícilmente ganado entre la oscuridad y la luz.Para cuando llegue al fondo de todo, Cade estará lleno de reventantes, demonios y magia de muerte. Pero la verdadera naturaleza de las fuerzas desplegadas contra él solo se revelará cuando se encuentre cara a cara con un enemigo de su propio pasado, la criatura conocida solo como el Adversario.

Joseph Nassise is the New York Times and USA Today bestselling author of more than a thirty-five novels, including the Templar Chronicles series, the Jeremiah Hunt trilogy, and the Great Undead War series. He also writes epic fantasy under the pseudonym Matthew Caine. He is a former president of the Horror Writers Association, the world's largest organization of professional horror writers, and a multiple Bram Stoker Award and International Horror Guild Award nominee.

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Capítulo Dos
Williams se encontraba en ese momento en un callejón de uno de los peores barrios de Connecticut, vigilando la parte frontal de una vivienda de dos pisos, calle arriba de donde se encontraba. El olor a basura del contenedor que estaba utilizando como escondite era intenso con el aire de media tarde, aunque Cade se había acostumbrado al hedor. ?A todas las unidades del COT. Disponen de autoridad y permiso para pasar a Verde. Repito, Verde. El micrófono inalámbrico que estaba firmemente sujeto contra su mandíbula era un aparato de alta tecnología que enviaba sus palabras de forma clara al resto del equipo a pesar de que las pronunciaba en poco más que un susurro. ?Cinco… Visualizó al grupo de asalto, sentado en su Expeditions especialmente modificado que se hallaba a dos bloques de distancia, con los arietes sobre el regazo. Sabía que estaban concentrados en la secuencia que estaba por llegar; quién sale primero, quién golpea la puerta, cómo decir “suelte el arma” en español… ?Cuatro… Sus pensamientos pasaron a los grupos de francotiradores de los tejados adyacentes, sus ojos y oídos desde que comenzó el asalto. Conocía estrechamente sus preparativos, desde la forma en la que deslizaban la bala en el cargador con sus dedos, necesitando asegurarse de que estaba perfectamente colocada, hasta los miles y miles de veces que habían disparado, aprendiendo cómo reaccionan las armas al calor, el viento y el clima. ?Tres… Sabía que sus tiradores estaban alineando sus cuerpos con el área de retroceso de sus armas, presionando sus caderas contra el suelo y separando las rodillas al ancho de sus caderas para conseguir estabilidad. Sabía lo que era estar mirando al objetivo por una mira Unertl de potencia diez, observando, esperando al momento. Él mismo se había visto en esa situación incontables veces. ?Dos… Disciplina era el nombre del juego, y en la unidad de Cade era el único que se jugaba. Había demasiado en juego y las consecuencias eran demasiado terribles como para preocuparse por la muerte. ?Uno… Sus hombres liquidaron a los dos guardas cercanos a la puerta principal desde 228 metros de distancia, con el imparto de sus balas de calibre 308 lanzándolos hacia atrás sobre la hierba a ambos lados de la escalera de entrada, con apenas un sonido. Mientras los cuerpos chocaban contra el suelo, el Expeditions aparcó delante de ellos mientras el resto del equipo Echo rodeaban la casa. La puerta principal y las traseras fueron víctima de los arietes, seguidos de granadas de aturdimiento, tras lo cual los hombres de Cade entraron. Un breve y esporádico tiroteo llegó a sus oídos; después, silencio. Cade contuvo la respiración. ?Echo-1 a COT. Se ha despejado la estructura. El objetivo está seguro. ?Ya voy ?contestó Cade. Prefería su posición habitual en uno de los equipos de entrada. Era el tipo de comandante que predicaba con el ejemplo y no desde la banda y mantenerse al margen como comandante de operaciones tácticas estaba poniendo a prueba su paciencia. Pero su preocupación por la habilidad del blanco para detectar su presencia había superado a su necesidad de pasar a la acción. Haciendo una señal a Riley, su segundo al mando, Cade emergió de su escondite y dio unas rápidas zancadas hacia delante. Subió las escaleras y entró en la casa ignorando a las víctimas de los francotiradores que yacían sobre el césped sin cortar que había a ambos lados del porche. Mientras se movía velozmente por el piso inferior pasó junto a más cuerpos, todos varones jóvenes de raza hispana, cada uno de ellos tumbado sobre un creciente charco de sangre. No sentía empatía por sus malgastadas vidas. Se hallaban en el lado equivocado del conflicto y la inquebrantable mano de la justicia finalmente los había alcanzado. Como mucho se encontraba simplemente complacido de que hubiera cuatro pandilleros menos en las calles de la ciudad. Era el hombre que su equipo mantenía cautivo en la cocina el que realmente le importaba a Cade. Todo lo demás y todos los demás eran solo los medios para conseguir un fin. Juan Álvarez estaba sentado en una vieja silla en mitad de la habitación, con los brazos por detrás de las barras de acero que sostenían el respaldo de la silla y las manos sujetas con esposas flexibles de nailon. Wilson y Ortega se encontraban de pie a pocos pasos del prisionero, uno a cada lado, con sus HK MP5 listas y apuntando hacia él. Con la pistola todavía en la mano pero apuntando hacia el suelo, Cade cruzó la habitación y se paró delante del prisionero. Parecía que alguien acabase de despertar a Álvarez. Su pelo negro y normalmente liso estaba despeinado y todo lo que llevaba puesto eran un par de vaqueros colocados a todo correr. Aun así todavía conservaba su habitual aire de superioridad. Cade tenía intención de cambiar eso. Álvarez había estado bajo la vigilancia del equipo Echo durante las tres últimas semanas. Durante ese tiempo había quedado claro rápidamente que las sospechas de la policía de Bridgeport eran ciertas; Álvarez era, de hecho, el primer conducto del movimiento de heroína a través de Connecticut para el resto de Nueva Inglaterra. A Cade no le importaban las drogas. Quería a Álvarez por una razón más personal y fue directamente al grano: ?¿Dónde está? ?preguntó. El prisionero le lanzó una mirada de desdén y soltó una parrafada en español. Cade entendió lo suficiente para saber que se trataba más de un comentario sobre los antecedentes de su madre que de la respuesta a su pregunta. Sacudiendo la cabeza con resignación Cade asintió hacia Riley. El más alto dio un paso adelante y agarró el respaldo de la silla del prisionero, sujetándola firmemente. Cade se acercó un poco más y colocó el cañón de su pistola contra la rótula izquierda del prisionero y sin más palabras apretó el gatillo. La sangre saltó por los aires. Álvarez gritó. Riley sostenía firmemente la silla a pesar de las sacudidas del hombre. Cade esperó paciente hasta que los gritos cesaron. Después, suavemente, dijo: ?No tengo tiempo para esto. Te he hecho una pregunta. Quiero una respuesta. ¿Dónde está el Adversario? En esa ocasión, la respuesta fue en inglés. ?Muérete, cabrón. No sé de quién hablas. Inexpresivo, Cade le disparó en la otra pierna, destrozando la rodilla derecha del hombre. Álvarez se retorció en agonía, con los músculos distendidos por intentar hacer frente al dolor. Los brazos de Riley se tensaron, pero ese fue el único signo visible de que hubiese incrementado el esfuerzo para mantener quieto al prisionero. Por encima de los chillidos del herido, Cade gritó: ?¡Dime dónde está! El prisionero volvió a cambiar al español, maldiciendo a su interrogador vehementemente; pero no respondió a la petición de Cade. Su sangre fluía piernas abajo y comenzaba a formar un charco sobre el linóleo agrietado bajo sus pies. Cade resopló con disgusto y apartó a Riley de su camino. El sargento no perdía el tiempo dando órdenes. Alzó su arma y la apuntó hacia el rostro del prisionero. ?Última oportunidad. Con eso, Álvarez se quedó inmóvil de repente. Su mirada se perdió, como si estuviese escuchando una voz que solamente él podía oír, y su rostro se aflojó. Por el rabillo del ojo Cade vio cómo Riley le miraba de forma burlona, pero él mantuvo la vista fija en el prisionero, vigilándolo de cerca, y no respondió. Sin cambiar su expresión, Álvarez comenzó a temblar. Su cabeza giraba de lado a lado de forma errática como si vibrase sobre su cuello, como un colibrí hiperactivo. Su boca se abrió de par en par, estirándose de una forma casi imposible. Parecía como si gritase, pero no emitía sonido alguno. Finalmente, con un fuerte clac, su mandíbula inferior se dislocó por sí sola. Cade observó con calma, con el arma sin dejar de apuntar al blanco. El temblor se intensificó. Las piernas saltaban y golpeaban las baldosas, dejando pequeñas marcas en el charco de sangre bajo los pies de Álvarez. Un extraño chillido salió de su garganta. Los ojos de Álvarez sobresalieron de sus cuencas y la sangre comenzó a emanar de sus orejas. Cade siguió esperando. Únicamente reaccionó cuando apareció una creciente grieta en el centro de la frente del prisionero. Una grieta de la que goteaba una sustancia más oscura que la sangre. Con una sacudida del dedo que tenía sobre el gatillo, atravesó con una bala la cabeza de Álvarez. El prisionero y su silla cayeron hacia atrás para quedar inmóviles sobre las baldosas manchadas de sangre. En el silencio posterior nadie se movió durante unos largos instantes mientras aguardaban para asegurarse de que eso que una vez había sido Juan Álvarez estaba realmente muerto. Después, Cade hizo una señal y el equipo se puso en movimiento al instante. Uno de los hombres limpió la suciedad del suelo mientras otro se aseguraba de que nadie se dejaba atrás nada que pudiese alertar de su presencia en la casa. Treinta segundos más tarde el equipo salía en fila por la puerta y entraba en el Expeditions, con Cade y Riley tomando asiento...



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