E-Book, Spanisch, Band 3, 376 Seiten
Reihe: Akata
Okorafor Mujer Akata
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19680-10-5
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 3, 376 Seiten
Reihe: Akata
ISBN: 978-84-19680-10-5
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Nnedi Okorafor (Cincinnati, Ohio, 1974), de ascendencia igbo, es hija de padres nigerianos que fueron a Estados Unidos y no pudieron volver por la guerra de Biafra. Tras estudiar y afincarse en Estados Unidos, comenzó a escribir relatos en 1993 y en 2005 publicó su primera novela. Desde entonces, ha ganado los principales premios de la literatura fantástica y de ciencia ficción: el Hugo, el Nebula, el Locus y el World Fantasy Award. Algunos de sus libros más destacados son Binti (Crononauta, 2018), Quien teme a la muerte (Crononauta, 2019) y Bruja Akata (Nocturna, 2019), cuya historia continúa Guerrera Akata (Nocturna, 2021). En la actualidad imparte clases en la Universidad de Búfalo, en Nueva York, y compagina la docencia con la escritura.
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1
AGARRA
Sunny y Lechezúcar paseaban de nuevo. A Lechezúcar le gustaba pasear. Ese día transitaban por el mercado oscuro, la parte más turbia de Golpe Leopardo, donde se llevaban a cabo las negociaciones más turbias. Ahí podías comprar chittim con dinero borrego, aunque si la conseguías de esa forma, la moneda leopardo adquiría una pátina reveladora que disminuía su valor.
Ahí podías comprar marihuana superbarata, aunque la marihuana más potente y especial se adquiría a un precio mucho más elevado en la zona general de Golpe Leopardo. Ahí podías comprar todo tipo de polvos juju, oscuros e ilegales, desde Djinn Líquido hasta Aceites Borrables de la Muerte para cautivar y adiestrar almas de los arbustos.
Lechezúcar y Sunny pasaron junto a una mujer que vendía rosas de noche. Una de esas crueles plantas llenas de espinas intentó arañar a Sunny y le tiró las gafas al suelo cuando se acercó demasiado.
—¡Oye! —dijo, apartándose de su alcance—. ¡Madre mía!
Estiró el brazo para recoger las gafas y las inspeccionó en busca de arañazos. Al no ver ninguno, se las puso de nuevo y le dirigió una mirada asesina a la planta.
—Aquí debes cubrirte tú sola las espaldas, Sunny —dijo Lechezúcar, sacudiendo la cabeza—. Venga, alumna, no me avergüences, sha.
—Me estás culpando a mí cuando ha sido ella quién me ha golpeado —protestó Sunny mientras seguían avanzando.
—Aquí la culpa no me interesa. Presta atención. Cuando sangres, sentirás el dolor, pero la planta solo sentirá satisfacción porque es mala sin complejos. —Suspiró—. En fin, mucha gente viene al mercado oscuro para negociar y hacer tratos —explicó mientras pasaban junto a un hombre que vendía unos enormes buitres negros con alas musculosas. Estaban encaramados en una rama gruesa, y el del extremo observó a Sunny como si deseara su muerte para poder comérsela—. Cuando necesites que alguien haga algo por ti que para la mayoría de la gente no es aceptable, ven aquí. Algunas de esas peticiones no son necesariamente malas, malignas o ilegales. Conozco a una erudita que venía porque había un hombre que vendía un aceite que le dejaba el pelo oliendo a flores durante meses, incluso después de lavárselo. No encontró ese aceite en ninguna otra parte. Tengo ciertas teorías sobre su procedencia. Por algo es tan difícil de encontrar. —Rio entre dientes—. Me gusta pasear por aquí de vez en cuando para recordar que todas nuestras facetas son útiles.
—¿Incluso ese tipo de ahí, el que vende seis millones de formas de morir? —preguntó Sunny.
El hombre lucía unas rastas que le colgaban hasta los tobillos, tan ordenadas y perfectas que parecían cables. Su alargada mesa estaba repleta de botellas coloridas de distintas formas y tamaños; muchas contenían algo undulante en su interior. Nadie se detenía a observar sus mercancías… por el momento.
—En el gran esquema de las cosas, sí —respondió Lechezúcar —. Bueno, Sunny, ya puedes deslizarte bastante bien. Es útil, ¿verdad?
—No podría salir de casa de ninguna otra forma —se rio la chica—. He oído que es un juju muy complicado.
Deslizarse era una de sus habilidades naturales, lo que significaba que, a diferencia de la mayoría de la gente, ella no necesitaba polvos juju para hacerlo. Deslizarse implicaba introducir su espíritu en la vasta selva, tornar invisible su cuerpo físico. Sunny había hecho un pacto con la vasta selva (el mundo espiritual) y el terrenal (el mundo físico) para pasar entre los dos como una rauda brisa.
—Deslizarse como habilidad natural es morir un poco… y resucitar. Y sí, es un juju extremadamente sofisticado para aquellas personas que no poseen esa capacidad. Como se te da tan bien, puedes acceder a algo más. Ya lo has hecho… en una ocasión.
Sunny se detuvo. A su alrededor, la gente proseguía con sus negocios turbios, vendía su mercancía turbia y se miraban con turbiedad entre sí. El sol ni siquiera alcanzaba esa zona porque un toldo andrajoso proporcionaba sombra. Y, sin embargo, Sunny se concentraba con todo su ser en su mentora. Llevaba más de un año esperando esa lección. Desde que lo había hecho una vez y la habían enviado al sótano de la biblioteca Obi por aquello.
—Se llama «agarrar» —dijo Lechezúcar.
Y entonces toda la actividad a su alrededor se detuvo. El primer instinto de Sunny fue agacharse. Su cerebro registró la ausencia de ruido como justo lo opuesto a lo que era. El silencio y la falta de movimiento sonaban con mucha fuerza, discordantes, terroríficos. Miró a su alrededor. El hombre de los buitres, el hombre que vendía veneno, las mujeres que vendían montones y montones de algo que parecían bloques de queso, todos estaban… agarrados.
—Excepto tú —aclaró Lechezúcar.
—¿Cómo lo estás haciendo?
—Es complicado y sencillo a la vez. Lo pienso, lo deseo, lo atraigo hacia mí. Es como meter las dos manos en un caudaloso río y agarrarlo. Es como saltar a una carretera llena de coches que se mueven a toda velocidad y hacer que todos los conductores me vean al mismo tiempo y se detengan. Es el juju más intencionado que existe. No es algo para lo que se pueda usar polvos. Debe ser un don.
Sunny no comprendía nada de aquello, pero pensó que podría hacerlo. Eso ayudó. Ya lo había hecho en una ocasión.
—¿Por eso puedes respirar en este estado? ¿Porque tienes el don? Casi maté a ese tal Capo cuando lo hice.
Lechezúcar asintió.
—Puedes llevarte a gente al vacío agitado que has creado. Sin embargo, si la persona no posee esa habilidad natural, es como si la sacaras al espacio. Morirá en un minuto. No puede respirar porque has detenido todas las moléculas, sus órganos, todo.
—Así que casi lo maté de verdad —susurró la chica.
—Sí. Por suerte, no lo hiciste. Dominar el agarre es una cuestión de control, intención y audacia. Hace falta mucho valor para detener el tiempo. Si eres asustadiza, nunca podrás hacerlo.
—Si es necesario concentrarse tanto, ¿durante cuánto tiempo puedes… agarrar?
—Soy una mujer mayor. Me olvido de cosas, pero poseo una voluntad de hierro. —Cerró su mano huesuda en un puño—. Puedo agarrarlo durante mucho tiempo. No se mantiene con esfuerzo. Una vez que agarras, lo haces hasta que paras. Pero, para seguir agarrando durante más de unos minutos, tienes que dejar un objeto tuyo. Un talismán. —Sacó una piedra blanca de su bolsillo—. Debe ser algo muy muy especial para ti. Tengo esta piedra desde que era un bebé. Es una de las pocas cosas que conservo del poblado de los babuinos Idiok.
—¿La llevas contigo?
—Siempre. Si quisiera agarrar el equivalente a, no sé, tres días, pondría esta piedra en el suelo, en un lugar donde nadie la viera, y me aseguraría de saber dónde encontrarla a mi regreso.
—Así que ¿debes volver a ese sitio al terminar?
—Sí. Pero sujetar tanto tiempo no es sano.
—¿Por qué no?
—Pues porque siempre hay un sacrificio.
Sunny estaba a punto de preguntar qué tipo de sacrificio, pero algo se aproximaba. Por instinto, se acercó a Lechezúcar. El ruido era como el de la llegada de un tren. Cuando pasó a su lado, todo prosiguió. Una suave brisa pasó junto a ellas y Sunny captó un olor a perfume floral. Se giró hacia Lechezúcar, sonriendo.
La mujer se rio.
—Regresar al tiempo es como un soplo de aire fresco. Y… nunca me aburre. —Le guiñó un ojo—. ¿Estás lista para intentarlo? —Sunny asintió—. Espera… Tu rostro espiritual. ¿Está contigo?
La mirada de dolor que le dirigió su mentora incomodó a Sunny.
La chica frunció el ceño y miró a lo lejos. Aquello siempre le resultaba muy humillante. Anyanwu se marchaba a menudo. A diferencia de una cara espiritual normal, Anyanwu pasaba más tiempo en otros lugares que con Sunny. Una cara normal no podía…, no querría marcharse porque era el… espíritu de una persona. Eso era lo que implicaba el desdoblamiento, un estado muy raro y obsceno del que Sunny culpaba a la terrible mascarada Ekwensu. Por lo poco que se había animado a leer sobre el desdoblamiento, casi nadie sobrevivía al trauma de esa violenta separación.
—No te preocupes —se apresuró a decir Lechezúcar—. Quizás venga cuando te deslices. Puedes agarrar el tiempo sin ella. Recuerda que tienes la ventaja de haberlo hecho antes de forma intuitiva. Eso es bueno. Piensa en ese momento. En tu rabia. En el Capo delante de ti. En cómo dirigió esa fraternidad para maltratar y casi matar a tu hermano. Piensa en lo que deseabas hacer. —Hizo una pausa—. Es el deseo. Así fue como lo hiciste. No con la rabia, sino con el deseo. Y el poder que tiene.
La gente caminaba a su alrededor y Sunny se distrajo. Sin embargo, conocía de sobra la expresión de Lechezúcar. Las excusas eran irrelevantes, o lo hacías o no lo hacías. No había una opción intermedia. Apartó toda distracción y se obligó a recordar esa noche, ese momento con el Capo; cuando estaba tan segura de lo que quería y no saber cómo conseguirlo no afectó el claro hecho de que lo conseguiría. En ese instante, había querido aislarlo de todos y de todo.
—Y ahora, agarra —dijo Lechezúcar, mirándola con intensidad.
Con la...




