Porter | Sin protección | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 388 Seiten

Porter Sin protección

Memorias
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19362-21-6
Verlag: Plankton Press
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Memorias

E-Book, Spanisch, 388 Seiten

ISBN: 978-84-19362-21-6
Verlag: Plankton Press
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Nosotros, los artistas, somos la gente capaz de cambiar la estructura molecular del corazón y de la cabeza de quienes habitan este planeta.   Más que unas memorias, un testimonio visceral. Sin protección es un libro honesto, divertido y desgarrador.   Todo empieza en Pittsburgh, donde un joven Billy canta en el coro góspel de su iglesia y va a terapia desde los cinco años para «corregir» su afeminamiento. Acosado en la escuela y abusado por su padrastro, Porter se aferra a su talento excepcional y, con el apoyo de algunos «ángeles» que encuentra por el camino, logra convertirse en el artista galardonado de Broadway y Hollywood que se pasea por la alfombra roja, con sus looks espectaculares que rompen todos los moldes. Un relato poderoso que nos habla de raza, sexualidad, trauma y la capacidad el arte para sanar. 

 Billy Porter (1969).  Antes de su icónica interpretación en Pose, la serie de Netflix que le valió un Emmy, el primero a un actor negro y gay; antes de ganar Tonys y Grammys por sus espectáculos en Broadway; antes de romper la alfombra roja de los Óscar y la de la gala del Met con su vestido-esmoquin y su «Sun God»; antes de su activismo a favor de los derechos civiles en Estados Unidos; antes de los aplausos, las portadas y las entrevistas, Billy Porter fue un niño que creció en el extrarradio de Pittsburgh, hijo de una madre tullida, soltera y de armas tomar, que solo se sentía seguro cantando encima de un escenario.
Porter Sin protección jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


Capítulo uno


El alma luminosa que ocupa el centro de la narración de mi génesis es Cloerinda Jean Johnson Porter-Ford. Mi preciosa madre, que con su amor me dio la vida, se aferró a ese amor para superar todas las pruebas y adversidades de las siguientes décadas y recorrer así su convulso viaje junto al mío. En mi medio siglo de vida nunca me he cruzado con ninguna persona que tuviese ni una mínima parte de su fe, de su encanto, de su coraje o de su resistencia. Si, tal y como dice la tradición cristiana, el sufrimiento terrenal es una preparación para el paraíso, mi madre se ha ganado el rango de arcángel en el más allá. Y aun así, todas las mañanas se levanta para perseverar en este mundo con el corazón lleno de gratitud. Siempre ha sido mi modelo de fortaleza y de fe. A diario le doy gracias a Dios por concederme el regalo de ser su hijo.

Mi madre nació con una enfermedad neurológica degenerativa que, de momento, ningún médico ni especialista ha sido capaz de identificar. Hoy tacharíamos la causa de dicha enfermedad de mala praxis médica, pero en 1946 las demandas judiciales no eran más que un sueño todavía lejano para la población negra. Ni siquiera podíamos sentarnos a comer en la misma barra que la gente blanca, ¿cómo íbamos a demandar a una persona blanca por daños y perjuicios? En las dos décadas siguientes, el movimiento por los derechos civiles alimentaría nuestra esperanza, nos tentaría con la promesa de la igualdad, aunque también nos enseñaría la brutal y despiadada respuesta de la sociedad blanca a esas expectativas. Palizas con porras, perros rabiosos esperando para atacar, manguerazos que lanzaban a un marica calle arriba como a una muñeca de trapo y el encarcelamiento y asesinato sistémicos de nuestros líderes: estos ejemplos de brutalidad blanca impactarían al mundo entero, pero a nosotros no, porque nunca nos autoengañamos con cómo eran de verdad las cosas. Este país se levantó sobre los hombros de mis ancestros, los esclavos, recordad, así que nadie albergó ilusiones de que pudiera hacerse justicia en nombre de mi madre.

Cuando mi abuela Martha Johnson se puso de parto la llevaron rápidamente a un hospital en el que no había ningún médico de guardia para sacar a la criatura. En aquellos tiempos, en los partos prematuros, los profesionales de la medicina administraban un tratamiento tocolítico a las madres: una medicación que retrasaba el nacimiento hasta cuarenta y ocho horas y permitía administrar esteroides para acelerar el desarrollo de los pulmones del bebé. El personal a cargo del cuidado de mi abuela decidió seguir ese protocolo. Solo había un problema: la llegada de mi madre no era en absoluto prematura. Mi madre fue puntual, como ha seguido siéndolo toda su vida. Cortar las contracciones de mi abuela y volver a encerrar a la niña en el útero tenía el mismo sentido que volver a meter a una mariposa en su crisálida.

El médico llegó poco después de que el tratamiento hiciese el efecto deseado. Consultó las notas del historial de mi abuela con aires de irritación e impaciencia, regañó al personal por la innecesaria complicación y prolongación del parto y, después, con unos pocos movimientos bruscos y brutales, sacó a la niña a tirones del vientre constreñido de la madre. El daño fue profundo e irreparable.

Hay una amplia variedad de enfermedades asociadas a este tipo de trauma durante el parto. Setenta y seis años después, seguramente nunca lleguemos a saber cuál fue la respuesta concreta del cuerpo de mi madre al desastroso manejo de su tránsito a este mundo. Ahora mismo, el constante deterioro de su sistema nervioso le ha inmovilizado las extremidades. No puede bañarse, ni comer, ni aliviarse sin ayuda. Depende de la bondad del magnífico personal de la residencia de Actors Fund en Englewood, Nueva Jersey.

Pero no siempre ha sido así. Pese a que ya de niña mi madre era visiblemente distinta, con dificultades para andar y temblores en todo el cuerpo, en otro tiempo tuvo mucha más movilidad que ahora. Aprender a caminar le resultó más difícil que a otros niños, pero lo terminó consiguiendo. Por mucho que le costara sujetar el boli y que su caligrafía pareciera una sucesión de garabatos, la cabeza le funcionaba perfectamente. Por desgracia, en la década de 1940 la enseñanza no estaba tan preparada como ahora y solían tratar a todos los niños discapacitados de la misma manera, como marginados, monstruos relegados a aulas sin ventanas en el sótano de la escuela, fuera de la vista de la sociedad convencional. Mi madre no sería una excepción. Durante sus años de primaria, estuvo en el grupo de niños con graves desajustes cognitivos y creció avergonzada junto a ellos.

«No soy tonta, solo tengo una discapacidad»: esa era y continua siendo su quejosa cantinela.

Mi madre se crio en Lawrenceville, Pittsburgh, en una modesta casa de tres plantas (llamémosla la Casa Grande) bajo el mando correctivo de su tía Dorothy. Mi abuela delegó en su hermana las responsabilidades de la crianza por motivos que fueron un misterio para mí durante toda mi infancia. En cualquier caso, en la Casa Grande la palabra de la tía Dot era ley, y ella misma la imponía con una vara de nogal y una lengua mordaz.

A Dorothy parecía molestarle la mera presencia de mi madre. Era como si la hubiese perjudicado por el simple hecho de haber nacido, como si le debiese dinero o algo por el estilo. Las hermanas menores de mi madre, las gemelas Karen y Sharon, tenían permitido participar en actividades sociales (cumpleaños, fiestas de pijamas, tardes en el parque con amigas), mientras que a mi madre la trataban como a la Cenicienta Negra —o Negricienta, como dice ella— antes del baile: siempre la tenían trabajando y raras veces la dejaban salir de casa. «De todas maneras no puedes hacer nada, ni vas a poder nunca, así que para qué», era el mensaje que recibía mi madre de la tía Dot y, con mucha frecuencia, del resto de la gente. El mundo la había dado por perdida antes de concederle la oportunidad de empezar.

La salvación pareció materializarse en la forma de William Ellis Porter, un muchacho apuesto, del color del chocolate puro, con ojos almendrados y una personalidad brillante. Era un hombre de mente abierta y sociable, una persona extrovertida que iba a misa y tenía trabajo, por lo que cumplía todos los requisitos. Y lo más importante: cuando conoció a mi madre pareció ver más allá de su discapacidad. Fue el primer hombre que mostró interés romántico por ella y, al final, lo que cualquier persona quiere es que al menos alguien la vea. Mi madre cayó prendada y el resto es historia.

Más adelante se enteraría de que ese hombre se había casado con ella por una apuesta con su mejor amigo: debía seducir a la «tullida de la iglesia». Mi madre era presa fácil: una mujer solitaria, ingenua, reclusa en su propia casa, que habría hecho casi cualquier cosa por salir de allí. Los motivos de su prometido son un poco más difíciles de entender; quizá se viera seducido por la perspectiva de tener una mujer a la que pudiese controlar. No creo que esperase que el jueguecito llegase tan lejos como hasta el altar, pero por improbable que parezca, siguió adelante y se casó con mi madre.

—Me largué de esa casa y prometí no volver nunca —me contaría más adelante mi madre, incorporada en la cama de la residencia y riéndose al recordar.

—¿Por qué te ríes?

—Porque tuve que comerme mis palabras. Apenas duramos un año. Nos mudamos a East Hills, a uno de esos pisos de protección oficial que el gobierno estaba construyendo entonces. Me quedé embarazada de ti bastante rápido y durante esos nueve meses todo fue bien. Pero ¡nada más tenerte el tipo se convirtió en Jekyll y Hyde! Empezó a beber, a gritarme y a pegarme. Iba por ahí diciéndole a todo el barrio que yo era una bruja vudú y que por eso estaba coja. Todo el mundo lo creyó. Nadie me dirigía la palabra.

Empezó a apagarse. Apartó los ojos de los míos y se le vidrió la mirada.

—Y ese horror, ¿durante cuánto tiempo…?

—No mucho. Estabas a punto de celebrar tu primer cumpleaños cuando, una tarde, llegó a casa del trabajo borracho. Tú estabas en la cuna, llorando porque tenías fiebre. Fue y te agarró, te zarandeó de un brazo y luego te dio unos azotes y te meneó tan fuerte que pensé que se te iba a partir el cuello.

—¿Y qué hiciste? —le pregunté.

—¡Te saqué de allí, por Dios bendito! ¡Vamos que si te saqué! Apañé la bolsa con tus cosas y una maleta y llamé a la tía Dot para que viniese a por mí.

—Pero si la odiabas…

—No la odiaba. Pero… No tenía nada, no tenía a nadie más. Bill se había convertido en un peligro para mi bebé. Tenía que protegerte.

Los ojos se le llenaron de lágrimas al recordarlo.

—No llores, mamá. No pasa nada.

—Sí, sí que pasa. Porque juré que no iba a volver nunca y no pasó ni un año y ahí estaba la tía Dot mirándome con esa sonrisita de «te lo dije». Aunque tenía razón. Tuve que comerme mis palabras.

Pasaron cinco años enteros hasta que mi madre logró huir de nuevo de la Casa Grande. Así fue como viví aquellos años decisivos de crecimiento personal en una casa llena de mujeres: mi madre, mi abuela, la tía Dot, Karen y Sharon. Mi madre y yo compartíamos la buhardilla, que nos ofrecía un mínimo de privacidad y la oportunidad de estrechar lazos entre madre soltera e hijo, lejos de la...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.