E-Book, Spanisch, Band 8, 141 Seiten
Reihe: Ficciones
Pérez De Villar Mi vida sin microondas
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17425-59-3
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 8, 141 Seiten
Reihe: Ficciones
ISBN: 978-84-17425-59-3
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Amelia Pérez de Villar es escritora y traductora. Traduce habitualmente del inglés y del italiano para editoriales como Fórcola, Galaxia Gutenberg, Capitán Swing, Gallo Nero, Páginas de Espuma, Ariel, La Fuga, o Impedimenta. Como escritora ha publicado prólogos, relatos y artículos en diferentes ediciones y traducciones, antologías y libros colectivos, como en Hijos de Babel (Fórcola, 2013), y colabora en revistas y suplementos culturales, como Litoral, Cuadernos Hispanoamericanos o El Cultural. Ha sido Vocal de relaciones con los medios de comunicación de ACE (Asociación Colegial de Escritores). En Fórcola ha publicado Los enemigos del traductor. Elogio y vituperio del oficio (2018), y las novelas El pulso de la desmesura (2016), y Mi vida sin microondas (2018). Su último relato, 'Gitanas' forma parte del libro colectivo Vidas imaginarias (Museo del Prado, 2019).
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Segunda parte
Lo recuerdo todo y no recuerdo nada. Incluso ahora, después de casi un año tratando de ordenar los recuerdos y de ahuyentar las pesadillas, ya no sé qué es verdad y qué es pura ensoñación, una película pasada a toda velocidad, a veces sin sonido, a veces llena de ruidos dispares, contaminada, de ruidos y voces de todo tipo, de ruidos que en ocasiones no me dejan oír las voces, y veo esas figuras vestidas de amarillo y luego otras vestidas de verde. La luz de la sirena y el vaivén de mi sopor en la ambulancia, cruzando el barrio en dirección al hospital y las luces del techo, muchas luces redondas, y la mesa metálica, y a veces las figuras vestidas de verde mueven la boca y no dicen nada, sólo oigo chocar camillas, patas metálicas de la mesa metálica que se pliegan, se despliegan, se cierran y se abren.
Otra vez. Esa voz dirigiéndose a alguien:
–Con cuidado, así, con cuidado.
La misma voz dirigiéndose a mí:
–No te preocupes, todo va a ir bien, no te preocupes, todo va a ir bien, sólo ha sido un desmayo, y el brazo no está roto. Un esguince, quizá.
–Pero la sangre, la sangre… –me oigo barbotar.
–Corre, date prisa. –Otra voz distinta–. No hay hemorragia…
Y luego se va.
¿Y yo? Me voy. Me quedo.
–Sólo es un rasguño –dice la primera voz–. Un par de puntos como mucho, no te preocupes, todo va a ir bien, no se te notará nada.
Pero sí, se notan siempre, las cicatrices.
Todas las cicatrices se notan.
Recuerdo haberme dormido sin quererlo, después de haber pensado que tal vez no volviera a despertar, y recuerdo el sentimiento horrible de pensar que tal vez aquello era el fin y no me importaba. Otra vez aquellas voces interrogándome: ¿sabías que estabas embarazada?, cuántos años tienes, cuántos niños tienes, dos son suficientes, no te preocupes, hay otras cosas en la vida, cuál es tu grupo sanguíneo, tranquila, esto pasa a menudo, todo va a ir bien.
¿Cuál fue esa vez, la primera o la segunda?
La primera, hacía un año.
La segunda, hace apenas unas semanas.
Las dos veces había luz.
La luz era blanca una vez y naranja la otra.
No sé si la primera o la segunda vez.
Cuando me subieron en la ambulancia del Samur grité los niños, los niños, y llamé a Klaus y alguien preguntó si era mi marido.
Le respondí que no.
–Lo siento, señora, sólo familiares.
La primera vez, recuerdo haber llamado a Enrique una, dos, tres, cinco veces, la pantalla del móvil con su nombre repetido una y otra vez, en el último intento, el penúltimo, el anterior, el otro, tantos, ¿cuántos?, sin respuesta, ninguna respuesta, mientras la hemorragia iba a más y el dolor iba a más, mientras esperaba a que llegaran Victoria y mi madre porque no tenía con quién dejar a los niños, que miraban espantados el suelo del baño, las ropas ensangrentadas de su madre, que trataba de tranquilizarlos sin quebrarse ella.
No recuerdo quién de las dos vino primero.
En algún momento de la segunda vez, cuando la luz naranja, llegó el Samur y con ellos Klaus.
Pero de pronto invade mi mente la escena en el coche de Victoria, camino del hospital con ella increpando a todo el que la pitaba por saltarse los semáforos en rojo. Recuerdo la lluvia.
Enrique era mi marido y todo el mundo me preguntó por qué no estaba allí.
Yo repetía los niños, los niños y llamaba a Klaus desde la ambulancia del Samur y me dijeron lo siento, señora, sólo familiares.
Entonces se cerraba la puerta, dejando a Klaus detrás, bañado en aquella luz naranja.
Me decían no te preocupes, todo va a ir bien, pero yo ya sabía que todo no, todo no iba a ir bien. Algo muy grave estaba pasando, me estaba pasando. Recuerdo haberme dormido sin quererlo y haber despertado sin desearlo, sin buscarlo, a instancias de la enfermera de la uci que me llamaba por mi nombre, al oído.
La uci, la luz blanca y metálica de la uci. La primera vez.
La segunda vez, la luz naranja de la ambulancia del Samur, de la calle, con los cipreses al fondo, sobre el monumento a los Caídos, con aquel hombre mutilado.
–¡Klaus! ¿Dónde está Klaus?
–Lo siento, señora, sólo familiares.
La voz del médico de guardia diciéndome cuando una puerta se cierra, otra se abre. Después, preguntando a alguno de los ayudantes:
–¿Todavía no ha llegado el marido?
Y luego diciéndome a mí:
–Tu madre te está esperando arriba, te vamos a subir a planta.
Recuerdo a mi madre dormitando en la butaca con marcas de lágrimas en la cara, su cara más ajada, más vieja de lo habitual, como una máscara burlesca de su yo de diario, la de ir al mercado y al Club de Mayores del patronato y a sus viajes del Imserso.
Y de Enrique, ni rastro.
Y Klaus, ¿dónde estaba Klaus?
Cuando me desperté esta mañana eran más de las nueve, y la luz era blanca y metálica. Estamos a 22 de diciembre. Las ventanas nuevas ajustan a la perfección y no entra ni chispa de frío, ni ruido tampoco. Qué diferencia con la casa de la abuela, en la plaza. Recuerdo cuando tuvimos que poner la cama en la pared de enfrente porque entraba una lámina de aire gélido, de nieve de diciembre, que me hacía despertar con las orejas tiesas como las de un sabueso. Tía Isabel se empeñaba en echar los cortinones y yo le decía que no, que los dejara abiertos, que luego amanecía y yo no me enteraba y enseguida se me acababa la mañana y a comer y, después de comer, rápido anochecía de nuevo.
Cuando me desperté –por segunda vez– esta mañana, pasadas las nueve, me asomé a la ventana y vi que seguía nevando, suave y quedo, desde hacía casi dos horas. El jardín era una manta inmensa, mullida y acogedora, con el olivo en medio.
Me ha extrañado verme despierta así de súbito, a las siete y pico de la mañana, sin haber oído ningún ruido, sin haber tenido un mal sueño. Pero la cuestión era que allí estaba, con los ojos mirando al techo blanco y altísimo; me dolía el brazo y sentía miedo.
Estrés postraumático.
Sin embargo, contra todo pronóstico, he conseguido volver a dormirme después de ver dónde estaba, después de comprobar que los niños estaban bien, el coche de tío Manolo en la puerta cochera también cubriéndose de nieve, y todo en orden en la casa.
Eran las siete y media y fuera, sobre el jardín y el olivo, estaba empezando a nevar.
En el hospital, recuerdo que me costó mucho despegar los ojos cuando oí la puerta de la habitación que se abría: no podía moverme. Parece mentira que no haya pasado ni siquiera un año. A diferencia de esta mañana, recuerdo no querer despertar. En aquella ocasión, casi un año ya, vi a Victoria entrar en la habitación, arreglada para ir a trabajar pero con la camisa un poco arrugada, como si fuera la misma que había llevado el día anterior.
Aquél no era su aspecto habitual. Me miró al pasar por delante de la cama y se acercó a mi madre, váyase a casa, Visitación, que los niños ya están en el colegio y ya me quedo yo con ella para cuando pase el médico. Recuerdo a mi madre abrazándola, aún sentada, con Victoria inclinada sobre ella, recuerdo a mi madre sollozando sobre las solapas impecables de Victoria y preguntando qué va a ser de ella, hija mía, qué va a ser de ella y de las criaturas. ¿Tú le has visto, has visto a ese canalla?, y Victoria tratando de mantener el tipo, respondiendo no, no le he visto, Visitación, no le he visto, y espero que no tengamos que verle más; no creo que su hija quiera hacerlo, la verdad, ésta ha sido la gota que colma el vaso.
No, yo no quería verle nunca más, y eso que no sabía aún que Enrique había llamado a casa justo en el momento en que yo estaba llamando a Victoria, o a mi madre, para decirles lo que me estaba pasando. Yo había oído entrar la llamada pero no miré si habían dejado recado en el contestador. El muy canalla lo había dejado, sin pensar que a las nueve de la noche, a las nueve de un día de diario del mes de enero, con un frío y una lluvia de mil diablos, no era normal que yo no estuviera en casa. Algo le apremiaba una enormidad y dejó recado de que aquella noche se iba a alargar no sabía cuánto, ni siquiera me llamó al móvil, ni siquiera trató de localizarme.
Todo esto me torturaba mientras Victoria enviaba a casa a mi madre, que había pasado la noche en una butaca esperando a que yo saliera de la uci, que había vuelto a caer en un sopor invencible después de que yo llegara, cuánto tiempo hacía, no tenía ni idea… Entreabrí los ojos de nuevo para ver cómo Victoria acompañaba a mi madre a la puerta sin dejar de mirarme de reojo y le preguntaba si estaba bien, que si llevaba dinero; le decía que cogiera un taxi, que se abrigara, que seguía lloviendo. No me sentía capaz ni siquiera de abrir los ojos para decirle adiós, y gracias por haberme acompañado. «No te preocupes, todo irá bien», me decía Victoria.
Eso dicen los médicos, eso decís todos, recuerdo haber pensado, pero está pasando algo que nadie me cuenta.
Cuando ya hubo salido mi madre, Victoria se me acercó.
–¿Cómo estás? ¿Estás despierta? –me susurró.
Yo asentía con la cabeza en respuesta a casi todas sus preguntas y al final pude articular un par de palabras seguidas…
–Mis hijos…
–Están bien –respondió ella–, y tú también, ha pasado el...




