E-Book, Spanisch, 376 Seiten
Reihe: Ficciones
Roffé Lorca en Buenos Aires
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17425-04-3
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 376 Seiten
Reihe: Ficciones
ISBN: 978-84-17425-04-3
Verlag: Fórcola Ediciones, S.L.
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Reina Roffé (1951) nació en Buenos Aires y vive en Madrid. Es narradora y ensayista. Su obra incluye las novelas Llamado al Puf, Monte de Venus, La rompiente, El cielo dividido, La madre de Mary Shelley y el libro de relatos Aves exóticas. Cinco cuentos con mujeres raras. Entre otros ensayos, ha publicado Juan Rulfo: Autobiografía armada y el libro de entrevistas Conversaciones americanas. Es autora también de Juan Rulfo. Las mañas del zorro. Ha sido distinguida con la beca Fulbright y con la Antorchas de Literatura. Recibió el primer galardón en el concurso Pondal Ríos por su primera novela, y el Premio Internacional de Novela Corta otorgado por la Municipalidad de San Francisco, Argentina, por La rompiente. Numerosas antologías europeas y estadounidenses albergan cuentos suyos y parte de su obra ha sido traducida al alemán, italiano, francés e inglés. En Fórcola ha publicado Juan Rulfo. Biografía no autorizada (2012).
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1 La realidad
Prólogo inexcusable
Loca por tu noche cada noche voy Corrientes, flotando, pasada de pasión, triste porque sí, bien, pero mal también, porteña al fin, yo busco no sé qué.
Pasillo de la vida, Bagala / San Juan
Todo se replegaba a su paso como la crisálida del gusano de seda que se cierra en un capullo. Los salones quedaban en un plano velado o secundario, y la gente se volvía escasamente perceptible. Allí, donde ella entrara, una sensación jubilosa de vida ganaba la escena.
Propios y ajenos la llamaban Cesca, y así era como quería que la llamaran. Su nombre completo, que supe después, revelaba la mezcla incombustible de antepasados españoles y catalanes con ingleses e irlandeses. Tal vez fuera por esta mezcla corrosiva que, donde estuviera ella, no había nadie más, nada más. Su presencia, en el lugar que ocupara, aunque fuera un rincón, producía, al menos en mí, un absoluto desvanecimiento del entorno, como si la mente se negara a seguir registrando otras impresiones que las de su persona. En realidad, debería decir que era todo un personaje minuciosamente cincelado, con su porte excéntrico y sus peculiaridades a veces extravagantes, aunque ella no deseara, en lo más mínimo, llamar la atención.
Su nombre era Francesca Vallmajor Francis, pero sus artículos y notas, siempre marginales, que publicaba en periódicos y revistas igualmente marginales, incluso en fanzines españoles, los firmaba con diferentes seudónimos, algunos jocosos como el de Dolores Calatayud (por aquella copla que dice “Si vas a Calatayud, pregunta por la Dolores”) o sencillos como el de Amparito Muñoz, o haciendo uso de su segundo apellido y las iniciales de un escritor y traductor originario de Bristol, Rhode Island (H. E. Francis), que decía era primo suyo.
La empecé a tratar en 1973. Recuerdo la fecha, porque yo acababa de publicar mi primer libro y era, para horror mío y el de unos cuantos más, una “joven promesa”, y así le fui presentada. Cesca solía tener mesa fija junto a una de las ventanas acristaladas de La Paz que da sobre Corrientes, avenida que, por entonces, me trajinaba a diario y a distintas horas de la tarde o de la noche. Era a partir de las siete cuando se la veía apostada en el café, a veces sola y otras en compañía de algún amigo o conocido que la festejaba con veneración. No hay nada que atraiga más que una persona con cierto toque de sofisticación y el aire misterioso del outsider, del escritor secreto que huye del establishment y se propone ausente, extraño, extrañado, un poco extranjero.
Precisamente en La Paz fuimos presentadas por aquella gorda formidable que llevaba con mérito el apodo de Calamidad o Catástrofe, una mariquita enorme, muy desmelenada, que contaba chismes y, sobre todo, desgracias, escándalos personales, y lo hacía a expensas de vivas entonaciones y tal gusto por lo morboso que parecía gozar en grande con el dolor de los demás, incluso con el propio, pues no tenía ningún empacho en narrar con lujo de detalles los agravios que había sufrido por parte de algún homofóbico o de algún amante infiel.
A Cesca, a quien yo también reverenciaba secretamente, nunca le comenté que la conocía de antes, cuando ella visitaba la casa del malogrado poeta y ensayista Héctor A. Murena. Jamás olvidaré la primera vez que la vi. Tendría, por entonces, unos ocho o nueve años, pero la recuerdo como si fuera hoy: su abundante pelo rojo, la cabeza altiva, un vestido azul marino, su escote adornado de perlas y los guantes blancos. Salía de su cita como expulsada de la primera claridad de la luz.
El azar había querido que mis padres alquilaran transitoriamente un departamento minúsculo en la misma planta, el séptimo piso, de un edificio ubicado en la esquina de San José y Estados Unidos, donde residía Murena y viviría hasta su temprana muerte. El departamento era tan chico que mi hermano y yo pasábamos muchos ratos jugando afuera, en el pasillo. Su puerta y la nuestra eran las únicas de la planta y estaban enfrentadas, a escasos metros una de otra. Pero Murena nunca nos reprendió o se quejó a mi madre. Cierto es que éramos niños bastante silenciosos, y yo por nada del mundo me hubiera atrevido a disgustarlo. Era apuesto y elegante, paradigma de la masculinidad, una suerte de Gardel intelectual peinado a la gomina, con sus camisas impecables, sus trajes oscuros con chaleco, los zapatos relucientes. Ahora advierto que tenía la edad de mi padre, por entonces unos treinta y seis o treinta y siete años, pero para mí era un hombre sin edad, una leyenda. Mi tío hablaba mucho de Murena. Frecuentaban el mismo café de la cuadra y a veces departían de política o de fútbol. Murena no se sentaba a la mesa con los muchachos, bebía reclinado sobre la barra, casi siempre gin, y de un solo trago. A veces intervenía en las acaloradas discusiones de aquel café, que se llamaba Bar Azul, cuando alguien le pedía su opinión o su veredicto. Todos sabían en el barrio quién era. Mi tío, el menor de los hermanos de mi padre, socialista a ultranza, todavía recuerda cuando Murena le tomaba el pelo y le decía: “Pero che, pibe, de qué lucha de clases hablás con el sobretodo de alpaca que llevás puesto”. Yo siempre lo espiaba, mandaba a mi hermano a que le tocara el timbre y se escondiera en la escalera. Entre tanto, desde la mirilla de nuestra casa, observaba cómo él abría la puerta, salía al pasillo, se demoraba unos segundos hasta adivinar quiénes podrían haber sido los desatinados; entonces, se ajustaba el cinturón de su robe de chambre bordó, y serena, comprensivamente, volvía a su guarida de lobo solitario. Por Juan José Sebreli supe que ese departamento de Murena no era mucho más grande que el nuestro y, para colmo de males, interno. El que alquilaban mis padres, en cambio, daba a la calle y tenía un balcón extenso que hacía esquina. Desde ese balcón con vistas de última planta, mirando el cielo melancólico de una Buenos Aires de finales de los cincuenta, creí que vivía en la mejor ciudad del mundo.
Aún lo seguía creyendo en 1973, cuando Cesca me fue oficialmente presentada y nos hicimos amigas, digamos que amigas, a pesar de la diferencia de edad que existía entre nosotras. Ahora me sorprende descubrir que era bastante mayor que mi madre, tenía entonces sesenta y tres años, pero yo la veía entera y espléndida, la mujer más fascinante que había conocido. Nunca entendí por qué me tomó cariño a mí (una chica tímida, de laxitudes y mareas bajas, demasiado callada) y me confió tantas cosas de orden privado que absorbí, procesé y guardé como en una caja fuerte de la memoria todos estos años.
Fue Cesca quien, en la intimidad de su casa, me habló de Federico García Lorca y de su intensa relación con el poeta granadino. Lorca había visitado la Argentina en un momento que ella recordaba poblado de figuras enjundiosas que escribían y creaban sin sospechar siquiera que estaban marcando las coordenadas por donde discurriría toda nuestra literatura. Durante meses, ya sea en su casa o en nuestros largos vagabundeos por el centro y los barrios de Buenos Aires, Cesca no hacía más que volver una y otra vez a eso que ella denominaba “una feliz coincidencia”, la visita de Federico a una ciudad en eclosión intelectual y en permanente actividad literaria y teatral.
El poeta había permanecido en el Río de la Plata pocos meses, entre el 13 de octubre de 1933 y el 27 de marzo de 1934, pero cualquiera hubiera podido creer, por lo que Cesca contaba del alegre muchacho español, que había pasado entre nosotros una vida entera. Creo que en esto incidía el hecho de que dos años después de su estancia rioplatense, emisarios fascistas lo hubieran asesinado en España. Uno de sus asesinos, Juan Luis Trescastro, se vanagloriaba a la mañana siguiente del fusilamiento de haberle “metido dos tiros en el culo por maricón”. Aquella injustificada y violenta muerte lo situó como adalid de la República. Su obra comenzó a ser leída como un canto al derecho del individuo, a su vida erótica, a su libertad personal, en pugna contra las tiranías, el machismo y la prepotencia de los dogmas. Si ya era bien conocido en vida, a partir de su muerte su consagración fue total.
El libro de cabecera de mis tías había sido, como el de muchas mujeres de la época y durante varias generaciones, el Romancero gitano, versos que yo solía recitar con deleitación en mi infancia. Durante la adolescencia, había leído varias de sus obras teatrales y vi representadas algunas de ellas. Por lo que a mí tocaba, La casa de Bernarda Alba fue la pieza que más me impresionó. Pero pasada la adolescencia, me olvidé de García Lorca, se volvió un autor ausente de mis preferencias. Sin embargo, es posible que algo haya quedado en mí del poeta como huella borrada y es lo que continúa suscitando interés. Quizá la tensión dramática de un mundo femenino regido por la pasión y la lucha por el poder, el peso simbólico de la madre, cierto gusto arábigo-andaluz que le confiere a la palabra una sensualidad inusitada y la nostalgia de una época, cuando lo leía con admiración, en la que todo estaba por suceder.
En el marco de una Buenos Aires culta y festiva, tanguera y escéptica, pero llena de esperanza y de proyectos vanguardistas y renovadores, Francesca Vallmajor Francis, mi amiga Cesca (la escritora marginal, oculta, despreocupada de la fama, lectora exigente y ensayista sutil) conoció a Federico, su “Loca Prefederica”, como solía...




