E-Book, Spanisch, Band 1, 512 Seiten
Reihe: Time Riders
Scarrow Time Riders
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-92472-44-4
Verlag: MARLOW
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Los vigilantes del tiempo
E-Book, Spanisch, Band 1, 512 Seiten
Reihe: Time Riders
ISBN: 978-84-92472-44-4
Verlag: MARLOW
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Alex Scarrow. Nació en Hertforshire en 1966. Ha sido guitarrista en un grupo de rock, artista gráfico y diseñador de videojuegos, antes de convertirse en autor de un buen número de thrillers, entre los que destacan A Thousand Suns (2006), October Skies (2008) o The Candle Man (2012), pero lo que realmente le lanzó al reconocimiento internacional sobre todo es la serie de TimeRiders, de la que ya ha anunciado que está escribiendo el volúmen 11 y de la que en España Marlow, sello de Edhasa, ha publicado los dos primeros Los vigilantes del tiempo y Tiempo de dinosaurios. Una serie juvenil que ha hecho la delicia de los más jóvenes, sobre unos saltadores en el tiempo que vigilan la historia, y que se ha traducido a 22 idiomas y de los que se han vendido más de 300.000 ejemplares en todo el mundo.
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Capítulo 4
Año 2010, en algún lugar
encima de Estados Unidos
Maddy Carter se giró de forma brusca y presionó el pulsador del váter. El retrete emitió un fiero sonido de succión, y por un instante se preguntó qué ocurriría si una persona lo suficientemente desafortunada lo pulsase cuando todavía estuviese sentada en el váter. Tal vez fuese succionada a través del sifón y saliese disparada a doce mil pies de altura en caída libre, entre una lluvia de zurullos.
«Bonita idea.»
Maddy se aseó lo mejor que pudo dentro de los apretujados confines del cubículo del baño. Se quedó mirando los últimos vestigios de vómito que daban vueltas en el lavamanos y desaparecían por el agujero, y se sintió mejor ahora que la comida del avión estaba fuera en lugar de dentro, revolviéndose todavía en su barriga.
Se secó la boca con la mano y comprobó en el espejo que no le quedase ningún resto de vómito en el pelo. El espejo le devolvió la mirada de una chica alta, desgarbada y con la cara pálida; las pecas de empollona que tanto odiaba se esparcían por sus mejillas debajo de la montura de las gafas. El pelo rubio rojizo le caía lacio sobre los hombros delgados, cubiertos por una sosa camiseta gris con el logo de Microsoft cosido delante.
«Sí, una obsesa de la informática al cien por cien. Eso es lo que eres, Maddy.»
Una fanática de la informática… un bicho raro; una chica a la que le gusta complicarse la vida con placas de circuitos, trucando su ordenador o pirateando su iPhone para conseguir acceso a Internet gratis… una chica fanática de la informática. Una fanática de la informática que sufría de terrores nocturnos cada vez que tenía que subir a un avión.
Quitó el cerrojo de la puerta, la abrió y salió del servicio. Miró hacia el pasillo central del avión, y vio un mar de respaldos de asiento y las formas cabeceantes de varios centenares de cabezas.
Notó que alguien le ponía la mano en el hombro y, al girarse, vio a un hombre viejo de pie junto a la hilera de cubículos de los servicios.
–¿Esto? ¿Qué? –dijo Maddy quitándose de los oídos unos pequeños auriculares que siseaban.
–Eres Madelaine Carter, de Boston. Estás en el asiento 29D.
Ella le miró perpleja.
–¿Qué? ¿Quiere ver mi billete o algo…?
–Me temo que te quedan pocos minutos de vida.
Sintió que el estómago se le revolvía y se preparaba para expulsar otro torrente de comida a medio digerir. Una frase del estilo de «pocos minutos de vida» era lo último que una pasajera nerviosa como ella necesitaba oír ahora mismo. Estaba en la misma categoría que las palabras «terrorista» y «bomba», algo que nadie debería pronunciar en un avión repleto de pasajeros a mitad del vuelo.
El hombre viejo tenía el aspecto apresurado de alguien a punto de perder un tren.
–En pocos minutos, todos los que viajan en este avión estarán muertos.
Pensó que sólo dos tipos de persona podían decir una cosa así: un psicópata total que debería estar medicado o…
–¡Oh! Dios mío –susurró– , ¿usted…, usted no será un t-terrorista, verdad?
–No, estoy aquí para rescatarte, Madelaine –lo dijo en voz baja, y entonces echó un vistazo al mar de cabezas a ambos lados del pasillo–, pero me temo que sólo puedo salvarte a ti.
Ella negó con la cabeza.
–¿Qué?… ¿Quién?… Yo… Esto –abría y cerraba la boca inútilmente.
–No tenemos mucho tiempo –miró su reloj de pulsera–. En unos noventa segundos, una pequeña carga explosiva explotará en mitad del avión, en el costado derecho. La explosión abrirá un agujero en el fuselaje, el avión sufrirá una descompresión inmediata y caerá en picado. Veinte segundos más tarde, saldrá despedida el ala derecha y el interior del avión se llenará de combustible, que se inflamará en el acto –suspiró–. Treinta y siete segundos más tarde, el avión se estrellará en el bosque que hay debajo, y los que todavía no hayan muerto incinerados morirán entonces.
Maddy sintió que su rostro palidecía.
–Lo siento –añadió él– pero me temo que nadie va a sobrevivir.
–Esto… Esto es… ¿esto es una broma de mal gusto, verdad?
–No es ninguna broma –siguió diciendo él–. Eres tú quien puede escoger, puedes escoger vivir.
«Está hablando en serio.» Y algo le decía que no estaba bajo el efecto de medicación alguna. Se dio cuenta de que le faltaba el aire, que sin pensarlo estaba buscando el inhalador.
–¿En n-noventa se-segundos…? ¿Va a explotar una bomba?
–Ahora ya, mucho antes.
«Si no es un chiflado, entonces…»
–¡Oh, Dios mío, la b-bomba es suya! ¿Qué es lo que quiere de nosotros?
–No, no es mía, no soy un terrorista. Simplemente sé que este avión va a ser destruido por un artefacto. Mañana por la mañana un grupo terrorista se declarará responsable del atentado.
–¿Tenemos t-tiempo? ¿Podemos encontrar la b-bomba y lanzarla fuera? –preguntó alzando la voz por culpa del pánico. Había pronunciado la «b» un poco demasiado alto y ésta había viajado por el aire. Algunos de los pasajeros se volvieron rápidamente para mirarla desde el pasillo.
Él negó con la cabeza.
–Aunque tuviese tiempo, no puedo cambiar los acontecimientos. No puedo cambiar la historia. Este avión tiene que estrellarse.
–Oh, Dios mío…
–Lo único que puedo hacer es sacarte de él antes de que se estrelle.
Maddy miró hacia el pasillo, y vio a más pasajeros dándose la vuelta. Oyó como el murmullo de voces aumentaba y la palabra «bomba» se convertía en una ola de la marea que cada hilera de asientos susurraba a la siguiente.
–Si me das la mano –le dijo ofreciéndosela–, vivirás. Y a cambio, te pediré que me ayudes; pero puedes escoger quedarte. La elección es tuya, Madelaine.
Maddy se dio cuenta de que estaba llorando por culpa del pánico. Aquel hombre parecía cuerdo, tranquilo. Parecía que hablaba completamente en serio. Y sin embargo… ¿cómo pensaba que podía sacar a nadie de este avión en mitad del vuelo?
–Sé que no crees en Dios –le dijo–. He leído tu ficha, y sé que eres atea. Así que no voy a intentar decirte que soy un ángel. Sé que le tienes miedo a las alturas, y que no llevas demasiado bien lo de viajar en avión. Sé que tu bebida favorita es Dr. Pepper y que tienes una pesadilla recurrente en la que te caes de una casa pintada de amarillo encima de un árbol… Y sé muchas más cosas de ti.
Ella frunció el ceño.
–¿Cómo… cómo sabe todo e-eso?
Él miró el reloj.
–Te quedan treinta segundos.
En ese momento, una azafata comenzó a avanzar por el pasillo en dirección a ellos con los ojos desorbitados por la ansiedad.
–Sé que eres una ávida lectora de ciencia ficción, Madelaine, así que puede que te resulte más fácil entenderlo si te digo que vengo del futuro.
Ella abrió la boca y volvió a cerrarla.
–¡Pero… pero eso es imposible!
–Los viajes a través del tiempo serán posibles en unos cuarenta años.
Le extendió la mano. Ella la miró sin estar segura.
–Veinte segundos Madelaine. Tómame la mano… o quédate.
Ella le miró la cara llena de arrugas.
–¿Por qué? ¿Por qué…?
–¿Por qué precisamente tú?
Ella asintió con la cabeza.
–Porque encajas perfectamente en el perfil que necesitamos.
Ella tragó saliva nerviosa, notó que le costaba respirar y que lo hacía de forma irregular. Estaba confundida y, presa del pánico, fue incapaz de pensar en otra pregunta con sentido.
–Te necesitamos –le dijo mientras miraba el reloj–. Quedan quince segundos, ha llegado la hora de decidir.
–¿Q-quién es u-usted?
–Yo… o mejor debería decir, nosotros… somos los que arreglamos las cosas que se han torcido. Y ahora toma mi mano, Madelaine, ¡tómala ya!
Sin pensar en lo que hacía, Madelaine alargó la mano hacia él.
Una azafata se...




