Scola | ¿Postcristianismo? | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 148 Seiten

Reihe: 100XUNO

Scola ¿Postcristianismo?

El malestar y las esperanzas de Occidente
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-9055-864-5
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

El malestar y las esperanzas de Occidente

E-Book, Spanisch, 148 Seiten

Reihe: 100XUNO

ISBN: 978-84-9055-864-5
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Al comienzo del tercer milenio, el hombre se ve impelido a abordar una serie de preguntas radicales y urgentes: ¿Está destinada mi existencia a ser un enigma incomprensible? ¿Estoy condenado al vacío de la soledad? Si Dios existe y me ha querido, ¿por qué calla? Sin embargo, estas preguntas en última instancia le resultan extrañas, porque no vislumbra su posible respuesta, lo que lleva al hombre posmoderno a quedarse en aquello que conoce y controla de sí mismo y de los demás, dando lugar al individualismo narcisista que predomina hoy. Y, a su vez, este hombre es quizá más realista que en otros tiempos: la ausencia de vínculos y la falta de libertad le hacen intuir que la esperanza no puede proceder sin más de un cambio de circunstancias. En el contexto de esta Europa que, desde el punto de vista sociológico, es ya una sociedad postcristiana, el cardenal Scola se pregunta si ha llegado el tiempo del 'postcristianismo' o si, por el contrario, es posible todavía encontrar hoy hombres y mujeres que continúen esperando que haya Otro que salga a su encuentro y salve su existencia. Esa tenaz espera es, precisamente, 'con la que el cristianismo quiere entrar en diálogo hoy, para poder ofrecer una esperanza' sobre los desafíos del momento actual, como nos ilustra el recorrido de estas páginas.

Angelo Scola (Malgrate, Lecco, 7 de noviembre de 1941) es doctor en Filosofía por la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán y en Teología por la Universidad de Friburgo, en Suiza. Ordenado sacerdote en 1970, fue director del Instituto de Estudios para la Transición de Milán, y miembro del comité ejecutivo de la edición italiana de Communio. En 1991 fue ordenado Obispo de Grosseto, pasando en 1995 a ser rector de la Pontificia Universidad Lateranense. En 2002 fue nombrado Patriarca de Venecia por Juan Pablo II, quien le creó Cardenal en 2003. Fue nombrados Arzobispo de Milán por Benedicto XVI en 2011, pasando a ser Arzobispo emérito de Milán en julio de 2017. Entre sus obras más importantes publicadas en castellano destacan Identidad y diferencia; Hans Urs von Balthasar: un estilo teológico; La cuestión decisiva del amor: hombre-mujer; Eucaristía, encuentro de libertades; Luigi Giussani: un pensamiento original; Una nueva laicidad y Buenas razones para la vida en común, todas ellas publicadas por Ediciones Encuentro.
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DEVOLVER LA ESPERANZA
A MODO DE INTRODUCCIÓN


El corazón de todo hombre, especialmente del hombre contemporáneo, por muy confuso que pueda ser su vagar por los caminos de la vida, grita esperando una salvación encontrable en un rostro humano.

¿Qué enigma es mi propio “yo”? Hoy existo, ayer no y mañana dejaré de existir. Al comienzo del tercer milenio, en nuestras sociedades en transición y con expresiones muy diferentes entre sí –incluso contradictorias y violentas–, el hombre contemporáneo está atravesado por algunas preguntas radicales que no dejan de cuestionarle: ¿estoy condenado al vacío de la soledad? ¿Mi existencia está destinada a ser un enigma incomprensible? Si existe Dios, y me ha querido, no me deja solo y me puede comprender, ¿por qué no se hace oír?, ¿por qué calla? La duda de que soledad pueda ser la palabra final y definitiva sobre el destino humano conduce a los hombres a rendirse a una progresiva “desertización espiritual”, que concluye en el dilatarse del vacío. Rápida y sintéticamente podemos decir que el hombre de hoy, también en virtud de los últimos descubrimientos de la tecnociencia, se ve como suspendido entre la afirmación de Pascal, según la cual el hombre por su naturaleza supera infinitamente a sí mismo [1], y el mandato que Nietzsche dirige al hombre de ir más allá de sí mismo hacia la trágica abolición del sujeto [2]. Decir esto no es pesimismo, sino realismo.

La condición dolorosa del hombre contemporáneo ha sido descrita adecuadamente por una expresión poética de san Juan Pablo II: «Hace ya muchos años que vivo como hombre desterrado de lo más profundo de mi personalidad y, al mismo tiempo, condenado a indagarla a fondo» [3]. De alguna manera, nos encontramos condenados, obstinadamente condenados, a la urgencia de preguntas radicales que, aunque surgen en nosotros mismos, en última instancia nos parecen extrañas porque en el horizonte no se vislumbra ninguna respuesta. Ante la fatiga que requiere la profundidad misteriosa de tales cuestiones, el hombre posmoderno prefiere detenerse en lo que ya conoce de sí mismo y de los otros, en lo que puede tener bajo control. Cada vez está más difundido el individualismo narcisista. En efecto, el narcisista es aquel que prolonga durante toda la vida una experiencia inevitable de la primera infancia: complacerse de la propia imagen. Con el tiempo esta dimensión se reduce porque nos abrimos al otro, y quien continúa el ejercicio estéril de complacerse ante el espejo acaba por encontrar en sí mismo lo que ya cree saber, sin la esperanza de encontrar algo nuevo. El narcisismo sofoca radicalmente toda esperanza, porque impide al yo tanto ver al otro diferente de sí, como escrutar las profundidades de uno mismo, encerrándose en una soledad malvada. En efecto, si lo otro –ya sea una relación o una circunstancia– es percibido como una amenaza y no como un recurso para la propia autorrealización, es inevitable que nos defendamos hasta que podamos y que al final acabemos por sufrirlo. Entonces la vida se convierte en un peso, como ha intuido, por ejemplo, Dante de manera genial en el canto XI del Purgatorio, condenando a los soberbios a caminar aplastados por enormes piedras sobre sus espaldas.

Y sin embargo, aunque se encuentre muy solo y oprimido por sus propias imágenes, el hombre posmoderno quizá es más realista que el de otras épocas. La ausencia de vínculos y la falta de libertad hacen que perciba con radicalidad que la esperanza no puede derivar simplemente de que las circunstancias cambien: es demasiado poco. Ni un nuevo sistema intelectual, ni una nueva técnica de introspección, ni una nueva teoría social, serán capaces de que volvamos a alzar la mirada. Todo hombre, quizá en las más profundas e insondables fibras de su ser, espera que llegue alguien de fuera que le salve de su condición. En un artículo publicado casi hace treinta años y titulado significativamente Los tambores del profeta, el poeta y escritor Guido Ceronetti decía: «Sin embargo, esperar a alguien que sea completamente otro, un Extranjero, un Exiliado que tenga en común con nosotros sólo la forma humana, o ni siquiera eso (...) para que consuele el gemido insistente del corazón indecentemente ultrajado. Y así cada mañana me repito: al final tendrá que venir alguien, quizá lo sabremos hoy mismo, descubriendo algo que ha cambiado en una de las caras habituales que se encuentran, y llegando desperdigará con un soplo, antes que cualquier otra cosa, esta tierra agusanada de poderes sin ley que nos atenaza» [4].

Las palabras de Ceronetti describen, quizá de modo excesivamente crudo, pero ciertamente con actualidad desconcertante, la condición que hace humanamente real la espera, forma elemental de la esperanza. La espera de que alguien llegue, arranque nuestros ojos del espejo y, con su rostro, nos haga menos extraños a nosotros mismos, nos haga alzar la mirada hacia los otros que pensamos ya conocidos, que nos reconcilie con el renovarse martilleante de esas preguntas enigmáticas que no podemos acallar. Nosotros no podemos devolvernos la esperanza por nosotros mismos, no podemos salvarnos con nuestras propias fuerzas. Es otro que puede hacerlo por nosotros. Y hablar de otro significa identificar el terreno en el que puede florecer la esperanza: ella es siempre un fruto del encuentro entre un yo y un . Un tú que permita afrontar la realidad con asombro y seriedad al mismo tiempo, como a menudo hacen los niños.

No hay esperanza para quien no deja espacio al otro. Pero la razón posmoderna no conoce la sencillez del niño; le es más familiar la angustia de un huérfano abandonado. Teme que el otro pueda traer consigo la enésima ilusión utópica o, aún más, un engaño mentiroso. Lo intuyó con agudeza Kafka en una de sus célebres cartas a Milena. No basta ser salvados, si después nos abandonan a nosotros mismos: «Si alguien salva a otro de perecer ahogado ha cumplido una gran acción; pero si luego le obsequia el abono a un curso de natación ¿qué queda por decir? ¿Por qué quiere facilitarse así las cosas el Salvador? ¿Por qué no quiere seguir salvando al otro por su sola existencia, su existencia siempre dispuesta? ¿Por qué intenta traspasar su misión a un profesor de natación?» [5]. El hombre posmoderno ha venido al mundo habiendo sido ya advertido del carácter ilusorio de todas las posibles narraciones teológicas, filosóficas y económicas que no tienen la capacidad de perdurar en el tiempo. En la tierra dura y árida de su desencanto florece una sola evidencia: solamente se puede esperar a uno que venza para siempre la muerte y que, en el presente, se relacione con él gratuitamente.

Es a este hombre al que nos dirigimos con la pregunta que da título a este volumen: ¿Postcristianismo? Para el hombre de hoy, el cristianismo ¿ha agotado verdaderamente la fuerza fascinante del anuncio de un Dios que sale al encuentro de nuestra esperanza, muere por nosotros y, resucitado, permanece con nosotros «hasta el final de los tiempos» (Mt 28,21)? Se puede reconocer al cristianismo como la narración más significativa de la modernidad, que ha convencido a muchísimos hombres y mujeres, pero ¿estamos realmente seguros de que hoy ya no tiene nada que ofrecer para el hombre cada vez más abandonado a sí mismo? Ante la progresiva reducción de la práctica cristiana, una vez que se ha derrumbado por completo el cristianismo convencional que tejía toda la sociedad occidental, Cristo y su Iglesia ¿todavía pueden comunicar algo a la esperanza del hombre posmoderno? ¿También hoy pueden ofrecer ese encuentro, que no podemos deducir y sin embargo tanto esperamos, capaz de abrazar y de dar una unidad definitiva todos los fragmentos de la personalidad, cada vez más desorientados y replegados sobre sí mismos? Como creyente no quiero sustraerme al desafío entusiasmante y dramático que me plantea el contexto actual.

La sociedad posmoderna, desde el punto de vista sociológico, es una sociedad ciertamente postcristiana; el cristianismo ya no es la religión civil dominante, pero esto no quiere decir que haya llegado el tiempo del “postcristianismo”. Hoy todavía se encuentran hombres y mujeres que continúan esperando a ese Otro que de alguna manera les salga al encuentro, liberándoles y devolviéndoles a sí mismos, continuando a salvarles con su existencia.

A causa de esta espera tenaz hemos preferido un título con forma de pregunta: ¿Postcristianismo?, porque precisamente con esa espera es con la que el cristianismo quiere entrar en diálogo hoy, para poder ofrecer una esperanza para el hoy y para el mañana. «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18,8): la pregunta de Cristo hace explícita la cuestión del título del libro. Será posible encontrar una respuesta afirmativa si encontramos al menos un hombre sobre la faz de la tierra que reconozca en Cristo y en su Iglesia la fuente de su esperanza. La esperanza para Europa, y más en general para el mundo contemporáneo –más allá de todos los análisis y propuestas objeto de propaganda por parte de los medios de comunicación– se juega precisamente en este nivel.

Por esta razón, en el presente volumen, he preferido dar espacio, en la primera parte, a las semillas de espera, de esperanza, presentes hoy en el ámbito del diálogo entre las religiones, particularmente con el Islam, en un contexto de “nueva laicidad”, en medio de la trabajosa crisis económica, del...



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