E-Book, Dutch, Flemish, Spanisch, 104 Seiten
Steiner / Zagajewski / De Romilly Nuestras palabras
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-121152-6-0
Verlag: Ladera norte
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Educación, mundo clásico y democracia
E-Book, Dutch, Flemish, Spanisch, 104 Seiten
ISBN: 978-84-121152-6-0
Verlag: Ladera norte
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
George Steiner nació París en 1929 y falleció en Cambridge en 2020. Fue profesor, conferenciante, filósofo, crítico literario, especialista en literatura comparada y teoría de la traducción. Políglota y educado simultáneamente en alemán, francés e inglés, se definía como una persona extraterritorial. Por todo ello, es el arquetipo del intelectual europeo.
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¡Porta la bandera!
Prólogo de Rob Riemen
Rob Riemen, escritor y autor de , y , es el fundador y presidente del Nexus Instituut, en los Países Bajos, una organización dedicada a defender y promover los valores humanistas. Desde hace treinta años Nexus organiza una conferencia anual en la que se da cita lo más destacado de la política, la intelectualidad y las artes del mundo para debatir asuntos siempre profundos y cruciales.
En 1948, Europa aún es ese continente oscuro y desolado que dos guerras mundiales y los campos de exterminio han convertido en un infierno terrenal. Para los que sobrevivieron al horror, Estados Unidos es el país de la libertad, la esperanza y las posibilidades ilimitadas de construir una nueva existencia.
En septiembre de 1948, uno de esos supervivientes llega al flamante aeropuerto Idlewild de Nueva York en un vuelo de KLM, procedente de París y Ámsterdam. Es un judío de Hungría, de apenas veinticuatro años, cuyo pasaje (ida solamente) ha sido financiado por unos amigos que, a diferencia de él, tienen dinero. Sus posesiones principales: un visado para Estados Unidos, su violonchelo y un propósito…
Se trata de János Starker. Nace en 1924 en Budapest, donde, como el niño prodigio que es, da su primer recital de violonchelo a los once años. A los doce ya está enseñando el instrumento a sus primeros cinco alumnos, convirtiéndose en su guía en el mundo de la música. Cuando János tiene veinte, Hungría es ocupada por la Alemania nazi. Y el hombre al que su encomienda la misión de enviar a todos los judíos a los campos de exterminio, el mismísimo Adolf Eichmann, viaja a aquel país para poner esa tarea en marcha. János sobrevive, pero sus dos hermanos mayores son asesinados.
Que János Starker haya podido viajar a Estados Unidos después de la guerra se lo debe a dos compatriotas de ascendencia judía: Fritz Reiner y Antal Doráti. No tan jóvenes como Starker, estos directores de orquesta ya habían zarpado hacia América antes de la guerra. Allí, siguiendo los pasos de colegas como Arturo Toscanini y Gustav Mahler, pudieron preservar una tradición musical europea que va de Bach hasta Bartók. Ambos sabían del talento musical del joven húngaro, y no tuvieron dudas al incorporarlo como primer chelista a su propia orquesta sinfónica. De esa manera, Starker iba a convertirse en uno de los chelistas más famosos del siglo XX, junto con Pablo Casals, Pierre Fournier y Mstislav Rostropóvich. Empero, mucho más importante que esa bien merecida fama era para él la realización de su propósito, y pudo llevarlo a cabo cuando en 1958 le ofrecieron un puesto de docente en la Escuela de Música Jacobs de la Universidad de Indiana, en Bloomington.
Allí, en la escuela de música clásica de esa pequeña ciudad, tendría la posibilidad, junto a colegas como el pianista Menahem Pressler, que también era su amigo, de formar a nuevas generaciones de músicos en una tradición educativa que él y sus compañeros judíos aún habían podido aprovechar, y que Hitler y sus nazis querían destruir: una o formación espiritual, un conocimiento profundo del patrimonio cultural europeo y sus clásicos; la enseñanza de la búsqueda de valores espirituales como la verdad y la belleza; la consciencia de que la estética y la ética van de la mano, y de que la plena expresión de una obra maestra de la música requiere no sólo perfección técnica sino también compromiso, entrega…
Logró cumplir su propósito. Muchísimos músicos clásicos de todas partes, que luego fueron los mejores de sus respectivas generaciones, han sido formados por János Starker y sus amigos, muchos de ellos judíos.
Así que motivos no me faltaban para invitar a este hombre tan especial. El 13 de mayo de 2006, János Starker estuvo en nuestro instituto para dictar la decimotercera Conferencia Nexus, sobre el tema al que había dedicado su vida entera: ¿Qué es una obra maestra?
Al final de su discurso, Starker observó: «Se me ha preguntado cómo puede ser que, a pesar de todas las lamentaciones de hoy en día que afirman que la música clásica atrae cada vez menos público, yo siga creyendo, como quien dice contra viento y marea, en el futuro de la música. La respuesta es bastante sencilla: he visto el Gulag soviético, la revolución cultural de China y muchos otros horrores, y ahora veo muchos músicos sumamente talentosos, de China, de Rusia, de Corea, hasta de países árabes, que están ávidos de belleza y de saberes. Tengo el deber sagrado, junto con tantos otros, de ayudarlos».
Para János Starker, la formación espiritual y musical de jóvenes con talento es un «deber sagrado», porque, como ya me decía cuando nos conocimos: «En la vida, la música es el único valor humano que siempre está ahí. En los tiempos más aciagos, la música se encarga de que conserves tu humanidad y no degeneres en una bestia. Al perder a mis hermanos, también perdí la fe en Dios y en la humanidad de la mayoría de las personas. Pero conservé mi fe en la música como un medio que transmite los valores humanos».
Después de su conferencia mantuvimos el contacto, y de vez en cuando pude pasar por Bloomington, cuando viajaba a Estados Unidos. Sin duda era por su avanzada edad (ya tenía ochenta largos) por lo que János aprovechaba nuestros encuentros para recordar historias de la «vieja Europa», de sus años juveniles en Budapest, y de sus profesores, que en su juventud aún pudieron ver a Brahms, Wagner y Liszt en el escenario. Pero la vieja Europa, la de esa sociedad feudal y clasista, la del antisemitismo, la de la corrupción política y la desigualdad social, era exactamente lo que lo impulsó a marcharse a Estados Unidos. Al mismo tiempo, cultivaba cierta nostalgia de otra vieja Europa, una sociedad en la que, gracias a las ideas de la Ilustración, había podido florecer entre los judíos europeos una verdadera , una formación espiritual en las artes y las humanidades, la filosofía y la ciencia.
Pero ahora, ¡cuántas cosas habían cambiado en esa Europa de su niñez y adolescencia! Cierto, después de la guerra se había realizado un milagro económico, la gente disfrutaba de más prosperidad que nunca, pero, según János, toda esa riqueza material no podía ocultar una gran pobreza espiritual. ¿Y Estados Unidos? El aeropuerto de Idlewild en Nueva York, donde había aterrizado en 1948, ya no se llama así. En diciembre de 1963 le pusieron el nombre del presidente que había sido asesinado un mes antes: John F. Kennedy. Y con ese asesinato, y cinco años después el de su hermano Robert, también el país donde él se hizo una nueva vida había cambiado de manera radical. No hay escasez de músicos talentosos, pero ya no se da la situación en que casi todas las ciudades medianas tengan su propia orquesta sinfónica. Además, entre los músicos no ha pasado desapercibido que John F. Kennedy fue el último presidente de EE. UU. que acudía a conciertos de música clásica.
Volví a visitar Bloomington un bonito día de otoño en 2012. La ciudad hacía justicia a su nombre con el follaje anaranjado, rojo y amarillo de los arces, iluminados por el sol. Sabía que sería mi último encuentro con János. Tenía ochenta y ocho años y ahora estaba pagando el precio por los sesenta cigarrillos que fumaba cada día. A pesar de su enfermedad estaba, como siempre, de buen humor. «La vida es demasiado breve como para quejarse, incluso para los ancianos como yo», me dijo más de una vez. Al cabo de una hora me di cuenta de que él tenía que descansar, y yo tenía que seguir. Cuando quise despedirme, János me apretó la mano con firmeza, no la soltó y mirándome fijamente a los ojos me dijo: «». ¡Porta la bandera!
Creo que todos sabemos que en la vida hay ocasiones en las que nos dicen algo que nos impacta tanto que se nos graba en el corazón. En una fracción de segundo comprendemos una verdad que tiene que ver con nosotros mismos, con lo que somos o debemos ser, con lo que hacemos o debemos hacer…
¡Porta la bandera! La bandera a la que se refiere János es la que él ha portado toda su vida. Es la bandera de la República más antigua en la historia de la humanidad: la bandera de la , o sea, . Es una república sin fronteras, donde todos son bienvenidos para contribuir a un bien común: un mundo en el que todos pueden vivir en libertad y con dignidad. Es la república de las preguntas fundamentales de la humanidad, de los valores espirituales y morales que debemos incorporar. Es la república de un patrimonio espiritual cosmopolita que ofrece a cada ser humano la posibilidad de cultivar su alma con la : la formación filosófica y artística, las letras y las humanidades. Es la única y exclusiva república en la que puede existir la «nobleza de espíritu», una nobleza que todos pueden y deben hacer suya.
¡Porta la bandera! Es lo que hace Thomas Mann en 1938, diez años antes del aterrizaje del vuelo de Starker en Nueva York, cuando arriba al puerto de esa misma ciudad y se dirige a los periodistas que han acudido ahí con palabras que se volverían famosas: « («Donde estoy yo, está la cultura alemana»). Mann se sabía responsable de la supervivencia de la cultura de Kant, Beethoven, Goethe, Nietzsche, Heine, la cultura del humanismo europeo, la cultura que siempre lo acompañaría durante su exilio en Estados...




