Torrecilla | Pasado de revoluciones | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 300 Seiten

Torrecilla Pasado de revoluciones


1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16627-14-1
Verlag: Ediciones Oblicuas
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 300 Seiten

ISBN: 978-84-16627-14-1
Verlag: Ediciones Oblicuas
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Dos viajes. Pablo ha conseguido el sueño americano. Dirige un negocio millonario en Los Ángeles y se ha casado con una mujer mucho más joven que él. Salvador se ha pasado de revoluciones. La muerte de su esposa en un psiquiátrico le ha causado una grave crisis personal. El viaje de Pablo le lleva a una mansión con piscina climatizada en Beverly Hills. El de Salvador termina en la calle, en compañía de gitanos, mendigos y trabajadores en paro. Dos hermanos enfrentados en un pugilato que se articula en torno a varias conversaciones telefónicas y que se resuelve de manera trágica. En la acción se contraponen dos actitudes vitales, pero también dos voces narrativas que compiten por contar una historia que podría ser la de nuestro tiempo.

Jesús Torrecilla nació en Villar del Pedroso (Cáceres) y vive desde hace más de veinte años en Los Ángeles. Ha publicado tres novelas (Tornados, Guía de Los Ángeles, En la red), y varios libros de ensayos (El tiempo y los márgenes, La imitación colectiva y España exótica, entre otros). En 1998 recibió el Premio Lengua de Trapo por Tornados. Pasado de revoluciones (Ediciones Oblicuas, 2016) inaugura una nueva etapa en su producción novelística.
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Galopada


—Como le vuelvas a pegar al perro, te arranco la cabeza.

El dueño del pastor alemán pareció no entender que era a él a quien se dirigía la amenaza. Acababa de darle un fuerte correazo en el lomo para que no husmeara en los platos y, tras obligarle a que se aplastara en el suelo, siguió hablando con sus amigos. Era un grupo de cinco jóvenes, anchos de espaldas y con tatuajes en el cuello. En caso de pelea estaba claro quién se llevaría la peor parte, pero eso a Salvador no le importaba demasiado. Añadió con voz bronca.

—Sí, tú, no te hagas el loco, estoy hablando contigo.

El gimoteo del perro empezaba a calmarse. Salvador insistió.

—A los animales no se los maltrata, ¿estamos?

Ahora el tipo levantó la vista y le lanzó una mirada centelleante de ira.

Pablo decidió intervenir. No podía permitir que los molieran a palos esos macarras, y todo por una estupidez. Como conocía el estado de exaltación en que se encontraba su hermano, le agarró suavemente del brazo y le pidió en tono conciliador que se calmara, venga, joder, tranquilízate, ya está bien, no te pases. Aunque lo único que consiguió fue que se revolviera furiosamente contra él y le gritara que no se metiera donde no le llamaban, hostias, no seas gilipollas, si tienes miedo lárgate.

En ese momento, mientras aguantaba el chaparrón, Pablo observó que el camarero le hizo al dueño del perro un discreto gesto de complicidad. Arqueó ligeramente las cejas y se llevó el índice a la sien como si girara un tornillo. En el bar se había hecho un silencio expectante. El hombre dio muestras de comprender. Señaló la jarra de cerveza y se limitó a decir.

—Ponme otra.

Salvador permaneció un momento indeciso. Finalmente, viendo que el tipo se empeñaba en ignorarlo, le amenazó con el dedo.

—Quedas advertido.

Apuró el resto del fino que quedaba en el vaso y se dirigió con paso firme hacia la zona de los lavabos.

Cuando desapareció tras la cortina de plástico, Pablo experimentó una sensación de alivio. Por un momento temió que la cosa terminaría mal. Aunque, a decir verdad, el peligro todavía no había pasado. Hasta que no salieran del bar, no respiraría tranquilo.

El camarero se acercó a él.

—¿Es su amigo?

—Sí.

Su expresión se endureció.

—Dígale que no se puede ir así por la vida. Menos mal que aquí el colega ha sabido contenerse; si no se habría podido liar una gorda. Y luego me habría tocado a mí pagar los platos rotos, ¿no? Hombre…

Pablo se disculpó.

«Lo siento. Tiene usted toda la razón. Pero es que no hace caso a nadie». Y añadió: «Normalmente no es así. Está pasando por una crisis».

El camarero le interrumpió.

—Pues si está mal, que se busque ayuda profesional.

Varios clientes se sumaron a la protesta y Pablo prefirió no echar leña al fuego. Tenía comprobado que, en situaciones así, las excusas no servían para nada. Lo único que conseguían era calentar los ánimos. Además, Salvador podía volver en cualquier momento y no quería complicar las cosas. Pidió la cuenta y pagó. Su hermano hacía todo sin consultar y, si se iba directo a la calle, quería estar preparado para seguirlo.

Las conversaciones en las mesas se reanudaron y el ambiente recuperó una cierta normalidad. Pablo permaneció junto a la barra, esperando. Tenía la incómoda sensación de que todo el bar estaba pendiente de él. Agarró un periódico deportivo y aparentó concentrarse en la lectura de las noticias, pero su pensamiento vagaba por otros derroteros. Se le agolparon desordenadamente en el cerebro turbulentas imágenes de los últimos días, nítidas, precisas, con la contundencia de las experiencias traumáticas.

La verdad es que le había tocado lidiar con un buen morlaco.

Ya se lo temía desde que le llamó su madre unos días antes y le explicó lo que sucedía con Salvador. Y su preocupación aumentó después, mientras trataba de conciliar el sueño en el avión que le conducía a Madrid, nervioso, intranquilo, cambiando de postura en el asiento, tratando de imaginarse lo que le esperaría cuando tomara tierra. Y sus temores se confirmaron más tarde, en los dos días que llevaba de sobresalto en sobresalto, siguiendo a su hermano en esa especie de torbellino vertiginoso que los había arrastrado de un extremo a otro de la ciudad, de Vallecas a Puerta de Toledo y Chamberí, y de Tetuán a Carabanchel y Legazpi, aunque tal vez no fueran esos barrios o no fuera en ese orden, porque con el cansancio se le mezclaba todo, sólo recordaba que se desplazaban siempre por las calles más oscuras o menos transitadas, evitando las vías principales, y siempre a paso rápido, como si temieran llegar tarde a algún sitio, bebiendo sin tasa, conversando con gente extraña y misteriosa, discutiendo, gritando, metiéndose en líos, o al menos intentándolo, con una actividad frenética y disparatada, sin dormir, sin comer apenas, como si Salvador estuviera poseído de una energía sobrehumana. Él, por el contrario, entre el jet lag y las noches pasadas en blanco, sin contar con la tensión continua que le producía la actitud irracional de su hermano, siempre dispuesto a ejercer de defensor de causas perdidas, estaba llegando al límite de su aguante. Cabeceaba en medio de las conversaciones, perdía la noción de la realidad, y, a pesar de sus esfuerzos por permanecer alerta, había momentos en que la mente se le quedaba en blanco y no recordaba bien dónde estaba o qué hacía allí, como si se abrieran lagunas en su cerebro que abarcaban espacios de varios días.

La llamada de su madre la recibió el lunes de la semana anterior, mientras conversaba con unos clientes. Aunque le indicó que no era un buen momento para hablar, al parecer lo que tenía que decirle no admitía demora. Sin escuchar sus razones, le informó atropelladamente de que Salvador llevaba varios días fuera de control y que ellos estaban ya desbordados y no sabían muy bien lo que hacer. Ana, su mujer, había tenido que ser ingresada en un hospital y Salvador reaccionó como si hubiera perdido el juicio. Dejó de ir al trabajo y permaneció varios días en paradero desconocido, sin dar señales de vida. Luego vino a Cabañas y estuvo de bar en bar sin dignarse siquiera aportar por casa, diciéndole a todo el mundo que iba a presentarse a las próximas elecciones por el partido comunista y que él no era un Escalante, que los Escalantes son unos negreros y unos explotadores que han chupado la sangre a los jornaleros como sanguijuelas, con esas mismas palabras, ya ves tú por lo que le ha dado, dios mío, este hijo mío, no sé cómo ha salido tan descorregible, nos va a quitar la vida a disgustos, con padre tuvo una discusión muy fuerte, que yo estaba con el corazón en un puño, en un momento se fue a por la escopeta y menos mal que estaba desmontada, que si no, no sé lo que habría pasado, ay dios mío, virgen santa querida, cuando se pone así de bruto no se le pone nada por delante, luego se fue otra vez de casa y estuvo dos días sin aportar por aquí, como un zascandil por todos los pueblos de la zona, hasta que una noche llaman a la puerta a las tantas de la madrugada y le traen entre Pedro el Gordo y Jacinto el Sereno, que y que se lo habían encontrado tirado en medio de la calle, que lo habían recogido no fuera a ser que le atropellara un coche, ya te puedes imaginar cómo se puso tu padre, con lo que es, le llevamos en seguida al centro de salud, porque estaba como muerto, y el médico nos dijo que no nos preocupáramos, que eso no era grave, que sólo teníamos que esperar a que se le pasara la mona, vamos, vamos, este hijo, virgen santa querida, cualquier día vamos a tener una desgracia, no hay quien haga carrera de él, tienes que venir tú, porque eres el único que le entiende, a ver si consigues encarrilarlo un poco, porque nosotros no sabemos ya lo que hacer.

Pablo no estaba seguro de que él pudiera hacer algo (más bien, conociendo a Salvador, estaba seguro de lo contrario), pero no podía negarse a lo que le pedían sus padres, sobre todo viendo el estado en que se encontraban. Dejó a Alejandro a cargo del negocio por unos días y sacó el billete a Madrid. El viaje le preocupaba. No se imaginaba bien la situación que se encontraría ni la actitud que le tocaría adoptar a él. Pero bueno, tenía que ir.

Tras una serie de llamadas a amigos y averiguaciones sobre el terreno, encontró a Salvador en un bar de Vista Alegre, hablando con un grupo de emigrantes de distintas nacionalidades. Rumanos, ecuatorianos, pakistaníes. Olía mal. La típica mezcla de sudores y orines, restos de comida, humo de tabaco y mugre envejecida de alguien que lleva mucho tiempo vagabundeando por las calles. La euforia con que lo saludó le llenó de tristeza. Habría preferido conversar con él tranquilamente, preguntarle lo que había sucedido con Ana y tener el consuelo de pensar que podía ayudarle, pero al parecer ésa no era una opción. Hablaría del tema cuando él quisiera, no cuando se lo preguntaran. Siempre había sido un poco así, siempre le había gustado llevar la voz cantante, tomar las decisiones, imponer las reglas. Lo único que cambiaba ahora era su incontrolable afán de actividad. Algo en cierto modo desquiciado o enfermo. Obviamente habría que amoldarse a su ritmo.

Al principio, Pablo adoptó la estrategia de imitarle en todo lo que hacía. Beber, fumar, entusiasmarse. No creía que fuera posible confrontar la situación con la mente clara, tendría que empezar por entumecerse un poco, sumergirse en una...



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