E-Book, Spanisch, Band 320, 192 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
Vargas Tiempos de hielo
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-16465-53-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 320, 192 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-16465-53-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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Fred Vargas (seudónimo de Frédérique Audoin-Rouzeau, París, 1957), arqueóloga de formación, es mundialmente conocida como autora de novelas policiacas. Además del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2018, ha ganado los más importantes galardones, incluido el prestigioso International Dagger, que le ha sido concedido en tres ocasiones consecutivas. También ha recibido, entre otros, el Prix mystère de la critique (1996 y 2000), el Gran Premio de novela negra del Festival de Cognac (1999), el Trofeo 813, el Giallo Grinzane (2006) o el Premio Landernau Polar (2015). Sus novelas han sido traducidas a múltiples idiomas con un gran éxito de ventas, alguna de ellas incluso se ha llevado al cine. Siruela publica toda su obra en castellano.
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IV
Danglard estaba sentado en el borde de la bañera azul, la misma en la que Alice Gauthier se había cortado las venas. Observaba el lateral blanco del tocador, donde la mujer había dejado esa inscripción trazada con perfilador. Adamsberg, Bourlin y el cabo esperaban callados en el pequeño cuarto de baño.
—Hablad, moveos, me cago en la mar, no soy el oráculo de Delfos —exclamó Danglard, contrariado por no haber descifrado el signo enseguida—. Cabo, tenga la bondad de hacerme un café; me han sacado de la cama.
—¿De la cama o de un bar de madrugada? —murmuró el cabo dirigiéndose a Bourlin.
—Tengo buen oído —dijo Danglard, sentado con elegancia en el borde de la vieja bañera, sin desviar la vista del motivo dibujado—. No he pedido comentarios, solo un café, con amabilidad.
—Un café —confirmó Bourlin agarrando al cabo por el brazo, que le cabía ampliamente en su gruesa mano.
Danglard sacó una libreta abarquillada del bolsillo trasero y copió el dibujo: una H mayúscula, pero cuya barra central era oblicua. Y un trazo cóncavo cruzado por la barra.
—¿Alguna relación con sus iniciales? —preguntó Danglard.
—Se llamaba Alice Gauthier, de soltera Vermond. Pero sus otros dos nombres son Clarisse y Henriette. H de Henriette.
—No —dijo Danglard sacudiendo sus flácidas mejillas sombreadas por el gris de la barba—. No es una H. La barra es claramente oblicua, asciende con firmeza hacia arriba. Y no es una firma. Una firma termina siempre mutando, absorbe la personalidad del autor, se inclina, se deforma, se contrae. Nada que corresponda a la rectitud de esta letra. Es la reproducción fiel, casi escolar, de un signo, de una sigla, y muy rara vez trazada. La habrá escrito una vez, o cinco todo lo más. Porque es un trabajo de colegial estudioso y aplicado.
El cabo, desafiante, volvió con el café y dejó el vaso de plástico, ardiendo, en la mano de Danglard.
—Gracias —masculló el comandante sin inmutarse—. Si se suicidó, señala a los que la llevaron a hacerlo. Pero, en ese caso, ¿por qué encriptar el signo? ¿Por miedo? ¿Para quién? ¿Para sus allegados? La mujer invita a investigar, pero sin llegar a traicionar. Si la han matado (y ¿eso es lo que le preocupa, Bourlin?), sin duda señala a sus atacantes. Pero, una vez más, ¿por qué no hacerlo con claridad?
—Será un suicidio seguramente —gruñó Bourlin, descompuesto.
—¿Puedo? —dijo Adamsberg, apoyado en la pared y sacando a propósito un cigarrillo cochambroso de su chaqueta.
Una palabra mágica para el comisario Bourlin, que respondió frotando una cerilla enorme y se encendió otro a su vez. El cabo salió malhumorado del diminuto cuarto de baño, súbitamente lleno de humo, y se apostó en la puerta.
—¿Profesión? —preguntó Danglard.
—Profesora de matemáticas.
—Tampoco sirve. No es un signo matemático ni de física. Ni un signo del zodiaco ni un jeroglífico. Tampoco de masones ni de secta satánica. Nada de todo eso.
Murmuró un poco, contrariado, concentrado.
—A menos —continuó diciendo— que se trate de una letra en nórdico antiguo, de una runa, o incluso de un carácter japonés o chino. Son escrituras que tienen esta especie de H con barra oblicua. Pero no presentan el trazo cóncavo debajo. Ahí está el quid de la cuestión. Nos queda la hipótesis de una letra en cirílico, pero mal hecha.
—¿Cirílico? ¿Estamos hablando del alfabeto ruso? —preguntó Bourlin.
—Ruso, pero también búlgaro, serbio, macedonio, ucraniano; tiene un uso muy extendido.
Con una mirada, Adamsberg cortó en seco el discurso erudito que el comandante se disponía a hacer —lo notaba— sobre la escritura cirílica. Y en efecto, Danglard se obligó, muy a su pesar, a abandonar la historia de los discípulos de san Cirilo que habían creado el alfabeto.
—Existe en cirílico una letra ?, que no hay que confundir con la ? —explicó, dibujando en su libreta—. Veis que esta letra lleva un signo cóncavo en la parte de arriba, como una pequeña cúpula. Se pronuncia más o menos «oi» o «ai», según el contexto.
Danglard percibió otra mirada de Adamsberg, que bloqueó su discurso.
—Suponiendo —prosiguió— que a la mujer le haya costado trazar este signo, teniendo en cuenta la distancia entre la bañera y el lateral del mueble, que la obligaba a alargar el brazo, habría podido situar mal la cúpula y ponerla en el centro, en lugar de arriba. Pero si no me equivoco, esta ? no se utiliza como inicial de la palabra, sino como final. Nunca he oído hablar de una abreviatura que utilice un final de palabra. Busquen de todos modos si figuraba en su lista de llamadas o en su libreta de direcciones una persona susceptible de utilizar el alfabeto cirílico.
—Sería una pérdida de tiempo —objetó suavemente Adamsberg.
Si Adamsberg había hablado con suavidad, no era para evitar ofender a Danglard. Salvo en contadas ocasiones, el comisario nunca alzaba el tono y se tomaba su tiempo para hablar, aun a riesgo de dormir a su interlocutor con su voz en modo menor, vagamente hipnótica para algunos, atractiva para otros. Los resultados diferían entre un interrogatorio llevado por el comisario o por uno de sus oficiales, ya que Adamsberg obtenía o bien somnolencia, o bien un flujo repentino de confesiones, como se atraen clavos reacios con un imán. El comisario no le daba importancia, y admitía que, a veces, él mismo podía quedarse dormido sin darse cuenta.
—¿Una pérdida de tiempo? ¿Qué quiere decir con eso?
—Sí, Danglard. Más vale averiguar primero si el trazo cóncavo fue dibujado antes o después de la barra oblicua. Lo mismo para los dos trazos verticales de la H: ¿se hicieron antes o después?
—¿Qué cambia eso? —preguntó Bourlin.
—Y si el trazo oblicuo —prosiguió Adamsberg— fue trazado de abajo arriba o de arriba abajo.
—Por supuesto —confirmó Danglard.
—El trazo oblicuo sugiere un rayado —siguió Adamsberg—. Es lo que hacemos cuando tachamos algo. Siempre y cuando se trace de abajo arriba, con firmeza. Si la sonrisa ha sido dibujada antes, entonces ha sido tachada después.
—¿Qué sonrisa?
—Quiero decir el trazo convexo. En forma de sonrisa.
—El trazo cóncavo —rectificó Danglard.
—Como prefiera. Este trazo, aislado, recuerda una sonrisa.
—Una sonrisa que se habría querido suprimir —sugirió Bourlin.
—Algo así. En cuanto a las barras verticales, podrían enmarcar la sonrisa, a modo de cara simplificada.
—Muy simplificada —dijo Bourlin—. Traído por los pelos.
—Demasiado traído por pelos —confirmó Adamsberg—. Pero tenlo en cuenta de todas maneras. ¿En qué orden se escribe este carácter en cirílico, Danglard?
—Las dos barras primero, luego el trazo oblicuo, luego la cúpula encima. Como cuando añadimos los acentos al final.
—Entonces, si la cúpula ha sido trazada antes, no se trata de un carácter cirílico fallido —acotó Bourlin—, por lo que no perdamos tiempo en buscar un ruso en sus agendas.
—O un macedonio. O un serbio —añadió Danglard.
Entristecido por su fracaso a la hora de descifrar el signo, ya en la calle, Danglard seguía a sus colegas arrastrando los pies, mientras Bourlin daba órdenes por el teléfono. De hecho, Danglard andaba siempre arrastrando los pies, lo cual desgastaba sus suelas a gran velocidad. Y como el comandante se esmeraba en lucir una elegancia muy británica, a falta de poder contar con algún tipo de belleza, renovar sus zapatos londinenses constituía un serio problema. Cualquier viajero que tuviera que cruzar el canal de la Mancha tenía el encargo de traerle un par.
El cabo, impresionado por el conocimiento sobre la materia de Danglard, avanzaba ahora dócilmente a su lado. Había adquirido «algo de pátina», habría dicho Bourlin.
Los cuatro hombres se separaron en la plaza de la Convention.
—Llamaré en cuanto tenga los resultados —dijo Bourlin—, no llevará mucho tiempo. Gracias por echarme una mano, pero creo que tendré que archivar el caso esta noche.
—Ya que no entendemos nada —dijo Adamsberg con un leve gesto de la mano—, podemos decir lo que queramos. A mí, eso me sugiere una guillotina.
Bourlin miró un instante cómo sus colegas se alejaban.
—No te preocupes —dijo al cabo—. Es Adamsberg.
Como si esta frase bastara para esclarecer el enigma.
—Hay que ver, ¿qué tendrá en la cabeza el comandante Danglard para saber tantas cosas? —opinó el cabo.
—Vino blanco.
Bourlin telefoneó a Adamsberg menos de dos horas después: las dos barras verticales habían sido trazadas en primer lugar, la izquierda primero, la derecha después.
—O sea, igual que se empieza una H —prosiguió—. Pero después, la mujer dibujó el trazo cóncavo.
—O sea, no como una H.
—Y tampoco como en cirílico. Lástima, eso me gustaba bastante. Luego añadió el trazo oblicuo, que fue hecho de abajo arriba.
—Tachó la sonrisa.
—Exacto. Por lo tanto, no tenemos nada, Adamsberg. Ni una inicial, ni algo en ruso. Solo una sigla desconocida que se dirige a un grupo de desconocidos.
—Grupo de desconocidos a quienes ella acusa de su suicidio, o a quienes quiere avisar de un...




