E-Book, Spanisch, 136 Seiten
Reihe: Clásicos
Vega Fuenteovejuna
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-675-9141-5
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 136 Seiten
Reihe: Clásicos
ISBN: 978-84-675-9141-5
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Félix Lope de Vega y Carpio nació el 25 de noviembre de 1562 en Madrid, miembro de una familia humilde de origen cántabro. Cuentan que fue un prodigio ya desde pequeño, pues con cinco años de edad ya leía castellano y latín, además de comenzar a componer sus primeros versos. Su temprana perspicacia lo llevó a la escuela del músico y poeta Vicente Espinel, al que siempre tuvo un gran afecto. En 1574 pasó a estudiar con los jesuitas y tres años más tarde se matriculó en la Universidad de Alcalá de Henares, en la que permaneció hasta 1581, aunque no logró el título de bachiller. Parece que llevaba una vida un tanto licenciosa que le retiró la ayuda de sus protectores y le obligó a trabajar como secretario de varios nobles, a la vez que escribía alguna pieza teatral. En 1583 ingresó en la Marina como soldado, a las órdenes del insigne don Álvaro de Bazán, y tomó parte en la batalla de la Isla Terceira de las Azores. Luego volvió como estudiante a la Academia Real y fue secretario del Marqués de las Navas. Asimismo, tuvo una vida amorosa bastante azarosa y promiscua a lo largo de los años. Elena Osorio, hija de un importante empresario teatral, fue su primer gran amor, la Filis de sus versos. Despechado porque ella contrajo matrimonio con un ricohombre, compuso versos difamatorios contra ella y su familia, lo que le valió el destierro de la corte en 1588. Su pasión encontró pronto un nuevo objetivo: se enamoró de Isabel de Alderete y Urbina, hija del pintor Diego de Urbina, a la que renombró Belisa en sus poemas. Se casaron en mayo de 1588, después de raptarla con su aprobación. Apenas tres semanas después se alistó en la Gran Armada, también llamada la Armada Invencible, que tan desastroso final tuvo en su afán por invadir Inglaterra. A su regreso se instaló en Valencia junto a su esposa, donde siguió escribiéndose y codeándose con otros autores pertenecientes a la conocida como Academia de los nocturnos. En 1590 marchó a Toledo, donde sirvió primero al marqués de Malpica y luego al quinto duque de Alba, residiendo en Alba de Tormes entre 1592 y 1595, fecha en la que regresó a Madrid, tras ocho años de destierro. Sin embargo, no acabaron sus problemas con la justicia, pues solo un año después fue procesado por amancebamiento con Antonia de Trillo. Sus escarceos amorosos continuaron puesto que en 1598 contrajo de nuevo matrimonio con Juana de Guardo, hija de un rico comerciante, con la que tuvo un hijo varón y tres hijas. Trabajó como secretario para el marqués de Sarria y futuro conde de Lemos. Vivió en Sevilla hacia 1603, y se enamoró de otra mujer, Micaela de Luján, casada por entonces, la Celia o Camila Lucinda de sus versos, con la que tuvo cinco hijos y cuya relación duró hasta 1608. Tres años antes había entrado al servicio del duque de Sessa, con quien no pudo romper vínculos ni siquiera cuando abandonó la vida seglar y se ordenó sacerdote en 1614, tras numerosas pérdidas familiares que le afectaron. No obstante, nada impidió que siguiera escribiendo profusamente, ni tampoco que mantuviera relaciones con otras mujeres, como Marta de Nevares, a la que llamó Amarilis o Marcia Leonarda en sus textos. Su incansable trabajo y el éxito le reportaron favores del rey e incluso del Papa. Sin embargo, en lo personal no vivió buenos momentos, pues su querida Marta perdió la vista en 1626 y murió demente en 1628. Uno de sus hijos, Lope Félix, también murió ahogado en 1634, en tanto que su hija Antonia Clara fue secuestrada por un novio hidalgo. Lope de Vega murió el 27 de agosto de 1635 en Madrid, dejando atrás un rico acerbo literario, difícil de igualar. Cerca de doscientos autores le dedicaron sentidos homenajes escritos tanto en España como fuera de ella como adiós. Entre sus numerosas obras (se le atribuyen alrededor de 3.000 sonetos, 3 novelas, 4 novelas cortas, 9 epopeyas, 3 poemas didácticos y en torno a 1.
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Acto segundo
CUADRO I
La acción de desarrolla en la plaza de Fuenteovejuna.
(Están en escena ESTEBAN, el alcalde, y Cuadrado, REGIDOR de Fuenteovejuna.)
ESTEBAN: Se acaban reservas, según parece,
que no se saque trigo del acopio1.
El año apunta mal, y el tiempo crece,
y es mejor que el sustento esté en depósito,
aunque lo contradicen más de trece.
REGIDOR: Yo siempre he sido, al fin, de este propósito,
en gobernar en paz esta república.
ESTEBAN: Hagamos de ello a Fernán Gómez súplica.
No se puede sufrir que estos astrólogos
en las cosas futuras ignorantes
nos quieran persuadir con largos prólogos
de sus augurios, cuando son farsantes
que, presumiendo de sabelotodos
y creyéndose ser muy importantes,
clima predigan unos meses antes.
¿Parecen sabios? Pues ¡son ignorantes!
¿Tienen ellos las nubes en su casa
y el proceder de las celestes luces?
¿Por dónde ven lo que en el cielo pasa,
para darnos con ello pesadumbres?
A la hora de sembrar nos ponen tasa;
pues que ellos nos den trigo, legumbres,
y cebada, pepinos y mostazas...
¡Que ellos son aquí los calabazas2!
(Llegan a la plaza el estudiante LEONELO y BARRILDO, hablando entre ellos.)
BARRILDO: ¿Cómo os fue en Salamanca?
LEONELO: Es larga historia.
BARRILDO: ¡Muy instruido seréis!
LEONELO: Ni aun un barbero.
Es, como digo, cosa muy notoria,
después que vemos tanto libro impreso,
pareciendo la imprenta una victoria, [Nota]
¡provoca más confusión por exceso!,
y aquel que de leer tiene más uso,
de ver letreros solo está confuso.
Mas muchos que opinión tuvieron grave,
por imprimir sus obras la perdieron;
tras esto, con el nombre del que sabe,
muchos sus ignorancias imprimieron.
Otros, en quien la baja envidia cabe,
sus locos desatinos3 escribieron,
y con nombre de aquel que aborrecían,
impresos por el mundo los envían.
BARRILDO: No soy de esa opinión.
LEONELO: El ignorante
es justo que se vengue del letrado.
BARRILDO: Leonelo, la impresión es importante.
LEONELO: Sin ella muchos siglos se han pasado,
y no vemos que en este se levanten
ilustres pensadores y grandes sabios
relevantes como el santo Agustino4.
BARRILDO: Dejadlo y sentaos, que estáis mohíno.
(Llegan JUAN ROJO y un LABRADOR, hablando entre ellos.)
JUAN ROJO: Hay pocos bienes y pocas cosechas
–a juzgar por lo que puede ver uno–,
no hay para una dote5 ni en cuatro haciendas,
aunque en esto anda el pueblo muy confuso.
LABRADOR: ¿Qué hay del comendador, si va de afrentas6?
JUAN ROJO: ¿Cómo a Laurencia hacer lo que hizo pudo?
LABRADOR: ¿Quién fue cual él tan bárbaro y lascivo?
Colgado le vea yo de aquel olivo.
(Llegan a la plaza el COMENDADOR, ORTUÑO y FLORES.)
COMENDADOR: ¡Dios guarde la buena gente!
Con ustedes quiero hablar.
Ya presto voy a empezar,
sin demora alguna. ¡Siéntense!
ALONSO: En pie estaremos muy bien.
COMENDADOR: ¡Digo que se han de sentar!
ESTEBAN: De los buenos es honrar,
que no es posible que den
honra los que no la tienen.
COMENDADOR: Siéntense; hablaremos algo.
ESTEBAN: ¿Vio su señoría el galgo?
COMENDADOR: Alcalde, espantados vienen
mis dos criados de ver
tan notable ligereza.
ESTEBAN: Es una muy buena pieza.
Pardiez, que puede correr
tanto o más que un delincuente
en plena persecución.
COMENDADOR: Quisiera en esta ocasión
vuestra ayuda diligente.
No es, alcalde, un veloz galgo
lo que os pido que cacéis.
Y ahora ya me entenderéis:
quiero tener a mi lado
a una liebre que por pies
por momentos se me va.
ESTEBAN: Así lo haré. ¿Dónde está?
COMENDADOR: Allá. Vuestra hija es.
ESTEBAN: ¿Mi hija, deudora de vos?
COMENDADOR: Se ha negado a mis favores.
Se merece unos azotes.
Reñidla, alcalde, por Dios.
ESTEBAN: ¿Cómo tal desfachatez?
COMENDADOR: No rige bien tu cabeza.
ESTEBAN: ¿No es, pues, bastante bajeza
haber preñado ya a diez?
COMENDADOR: De alguno que está en la plaza
hice mía a su mujer,
más no fue de su doler,
pues vino de buena gana.
ESTEBAN: Y vos, señor, no hacéis bien
en hablar tan libremente.
COMENDADOR (con ironía):
¡Oh, qué villano elocuente!
Lo que tú digas, ¡amén!
ESTEBAN: Sin infamias ni peleas
os recuerdo que, señor,
debajo de vuestro honor
vivir el pueblo desea.
Mirad que en Fuenteovejuna
hay gente muy principal.
LEONELO:¿VIOSE desvergüenza igual?
COMENDADOR: Pues ¿he dicho cosa alguna
de que os pese, regidor?
REGIDOR: Lo que contáis es injusto;
no lo digáis, que no es justo
que nos quitéis el honor. [Nota]
COMENDADOR: ¿Vosotros honor tenéis?
¡Qué nobles de Calatrava!
REGIDOR: Alguno acaso se alaba
de la cruz que le ponéis,
que no es de sangre tan limpia.
COMENDADOR: ¿Y la ensucio yo juntando
la mía a la vuestra?
REGIDOR: Cuando
que el mal más tiñe que limpia.
COMENDADOR: De cualquier suerte que sea,
vuestras mujeres se honran.
ALONSO: Esas palabras deshonran;
las otras, no hay quien las crea.
COMENDADOR: ¡Qué cansado villanaje!
¡Ah! Sabed que en las ciudades
hombres con mis cualidades
son buscados con coraje
y allá se precian casados
que visiten sus mujeres.
ESTEBAN: ¡No es verdad! Con esto quieres
que vivamos descuidados.
ALONSO: En las ciudades hay Dios,
y tan presto castiga
como a la modesta villa
que estáis ultrajando vos.
COMENDADOR (fuera de sí):
¡Salid de la plaza luego7!
¡No quede ninguno aquí!
ESTEBAN: ¡Nos vamos!
COMENDADOR: ¡Lejos de mí!
FLORES: Que te reportes te ruego.
COMENDADOR: Querrían hacer corrillo8
los villanos en mi ausencia.
ORTUÑO: Ten un poco de paciencia.
COMENDADOR: De tanta, me maravillo.
¡No quiero verlos ahí!
¡Que se vayan a sus casas!
LEONELO:¡CIELOS! ¿Cómo esto pasa?
ESTEBAN: Vámonos todos de aquí.
(Se van los...




