White | Helada en mayo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 224 Seiten

White Helada en mayo


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19581-52-5
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 224 Seiten

ISBN: 978-84-19581-52-5
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



La obra clave de una Sylvia Plath desconocida. Considerada la más perfecta novela de internado de la historia, Helada en mayo expone las tensiones entre la fe, la autoridad y el deseo de libertad. Un retrato inolvidable de la pérdida de la inocencia.

Tras su publicación en 1933, Helada en mayo causó un auténtico terremoto en la sociedad británica de la época. Cargada de un fuerte contenido autobiográfico, la historia nos lleva a comienzos del siglo xx, cuando Nanda Gray, hija de un católico recién convertido, es enviada al Convento de las Cinco Llagas, a las afueras de Londres, un lugar entre cuyos muros las estudiantes reciben una severa educación católica, en la que la conformidad y la sumisión son ley. En esta gélida atmósfera, Nanda, de naturaleza extrovertida, encontrará en la literatura y en las amistades apasionadas la única desviación a la obediencia total. Helada en mayo es una peculiar bildungsroman sobre la rigurosa y, por momentos, cruel y mezquina educación de una joven católica inglesa.

Tan impactante como La campana de cristal de Sylvia Plath, Helada en mayo es una meditación magistral sobre el costo de la obediencia y el poder transformador de la literatura. Un testimonio conmovedor de la rebeldía de la juventud contra el autoritarismo y las normas estrictas, que muestra cómo la pasión puede resistir cualquier dogma.

CRÍTICA

«Un clásico moderno sobre la vida en un colegio de monjas que, con su retorcida ética y su crueldad despreocupada, parece hoy una fantasía distópica.» -Tessa Hadley

«Helada en mayo es la novela de internado más brillante y siniestra que he leído nunca.» -Penolope Fitzgerald

«Intensa, turbadora, un pequeño milagro.» -Elizabeth Bowen

«La inspiración para toda la lista de Virago Modern Classics.» -Carmen Callil, Editora de Virago

«La mejor novela jamás escrita sobre la vida en un colegio de monjas.» -Hermione Lee, biógrafa de Penelope Fitzgerald

«Helada en mayo es una fascinante pieza autobiográfica: un relato ligeramente ficticio del periodo de internado y expulsión que ensombreció la vida de White.» -Eloise Millar, The Guardian

«Antonia White es quizás la heroína más improbable del movimiento feminista.» -Kirkus Reviews

«Me sorprendería que alguien que lea Helada en mayo y a Antonia White no se sienta realmente afectado por su prosa.» -Vulpes Libris

«Una obra maestra. Una descripción serena y objetiva de la lenta muerte del alma» -Selina Hastings

«Hay libros que te hacen mella, que te persiguen durante toda tu vida. Para mí, uno de esos libros es sin duda Helada en mayo-Melissa Harrison, Slightly Foxed



Antonia White nació en Londres en 1899. Se educó en el Convento del Sagrado Corazón de Roehampton, del que fue expulsada al descubrir sus profesores una novelita suya que fue tachada injustamente de «pecaminosa». Ese hecho, que motivó su fobia a la escritura, así como una esquizofrenia (a la que ella se refería como «la Bestia»), marcarían su vida. Durante un año, en 1922, estuvo ingresada en el psiquiátrico de Bedlam. Fue actriz, periodista, redactora publicitaria y traductora. Se casó tres veces. Su primera novela, Helada en mayo (1933), se inspiró en su propia experiencia escolar. Su protagonista, Fernanda «Nanda» Grey, volvería en las novelas The Lost Traveller (1950), The Sugar House (1952) y Beyond the Glass (1954). Antonia White falleció en 1980.
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PRÓLOGO

POR TESSA HADLEY

Esta novela de Antonia White, publicada por primera vez en 1933, encontró una nueva generación de lectores al ser elegida en 1978 para el lanzamiento de la colección de Clásicos Modernos de Virago. El libro se basa en las experiencias de infancia de la propia White antes de la guerra, en un convento escuela de Roehampton, y su fascinante historia se ha convertido en parte de la historia de las mujeres y de los libros escritos por mujeres.

Según los relatos biográficos, todo apunta a que algo le ocurrió en esa escuela que la marcó de por vida, la obsesionó y le ocasionó un daño irreparable. La experiencia le impidió escribir durante años, aunque al final también le regaló esta novelita que es una auténtica obra de arte, exquisitamente equilibrada entre una condena a la escuela y una carta de amor a la misma.

Incluso cuando White disecciona y examina la ética enrevesada y autopunitiva de la escuela, por no hablar de su crueldad normalizada, sigue bajo el hechizo de sus seducciones. Es así como Helada en mayo ha ejercido su poder sobre tantas generaciones de lectores: en la preciosa prosa de White, la indignación ante el mundo claustrofóbico y enardecido del convento escuela se entremezcla con el anhelo por sucumbir a él, por pertenecer a él. Y es justo a través de esta combinación de emociones como los sistemas culturales desmesurados nos conquistan con su poder eterno.

El padre de Fernanda Grey se ha convertido recientemente al catolicismo, y su única hija, que lo adora, ha seguido sus pasos. Cuando Nanda llega al Convento de las Cinco Llagas, «pensar en la religión era una dicha secreta y deliciosa». A ojos de la niña, su padre no puede estar equivocado; su madre parece menos entusiasta acerca de los tabúes sectarios y las mortificaciones autoinfligidas que caracterizan a la escuela, pero da igual, Nanda y su padre coinciden tácitamente en que su madre es sencillamente boba. El retrato de este padre despreciable y peligroso —esbozado aquí y allá mediante unas pocas líneas, y que muestra una indiferencia tan arrogante hacia el ser independiente de su hija— es una de las grandezas del libro. Casi al principio del libro le dice a Nanda que le gustan «todas estas pequeñas formalidades y tradiciones» y la reverencia que ha aprendido a hacerle, pues hacen que se sienta «como un aristócrata francés que ha venido a visitar a su bella hijita». Los lectores de Henry James detectarán ecos del despreciable y peligroso Gilbert Osmond en Retrato de una dama: Osmond también envía a su dócil hija a un convento escuela, por razones fundamentalmente estéticas, para que se forme y le sirva de ornamento. Resulta que Nanda es el nombre de la atribulada heroína de Henry James en La edad ingrata.

Ninguno de los pocos hombres que aparecen en Helada en mayo es precisamente un dechado de virtudes, aunque al menos el viejo y somnoliento padre Robertson, que escucha las confesiones de las niñas y recibe pastelitos con el té en lugar del pan rancio y la mermelada que les dan a ellas, demuestra sensatez al liberar a Nanda, que entonces cuenta once años, del voto de virginidad perpetua que había hecho a los ocho aun sin tener una idea muy clara de lo que firmaba.

Las alumnas encienden velas para pedir por los hermanos que van a examinarse, y oyen cómo el hermano de la fundadora de la orden puso primorosamente a prueba la determinación de esta haciendo jirones su precioso chal, disparando un revolver en su presencia y arrojando al fuego unas zapatillas que ella le había bordado.

Las mujeres y las niñas del convento escuela existen en cierto sentido dentro del marco del control masculino: las alumnas dependen en última instancia de sus padres y de sus hermanos, del mismo modo que, en última instancia, la vida del convento al completo depende de las estructuras patriarcales de la Iglesia católica. Sin embargo, los hombres solo ejercen su influencia de modo remoto, desde el exterior de las puertas cerradas del convento. El mundo de este libro es un mundo de niñas y de mujeres, y el poder patriarcal queda encuadrado en el día a día de estas mujeres que lo conciben, narran y ejecutan.

El mundo sobreprotegido, letárgico, esnob, autoritario y sensual-espiritual del convento escuela parece estar a años luz del Reino Unido del siglo XXI. Cuando White escribió el libro, ya echaba la vista atrás hacia una era eduardiana desvanecida en el ruinoso y humeante abismo de la Gran Guerra. Esta distancia propicia la ironía y la lucidez de su prosa, que no se ve distorsionada por esa rabia enterrada en el libro como una bomba sin detonar. Los códigos, rituales y juegos de poder de este extraño mundo del convento escuela podrían leerse en la actualidad casi como una fantasía distópica con sus complejas jerarquías, sus elaboradas celebraciones de rituales y sus cultos a las prácticas y las exenciones, los permisos y los ángeles. En realidad, los escritores de fantasía rara vez logran que se les ocurra algo tan extrañamente intricado como los sistemas sociales opresivos de la vida real.

Todas las cartas que las alumnas envían a casa pasan por la censura, no solo de contenido, sino también de tono. Las niñas se bañan envueltas en largos mantos, de modo que su desnudez no quede al descubierto ni siquiera cuando se encuentran a solas. Colocan sus medias por la noche en forma de cruz y echan sal en lugar de azúcar a sus compotas como penitencia, con la esperanza de que eso les procure la victoria en un partido de hockey. Como Léonie, la amiga de Nanda, está representando su papel demasiado bien en la obra de teatro escolar, las monjas se lo quitan y se lo dan a otra niña que no es tan buena, ya que Léonie estaba obteniendo «un placer sensual y deliberado al actuar», lo cual no tenía nada que ver con la gloria de Dios. Nanda toma notas con diligencia sobre las meditaciones de una jornada de retiro espiritual: «Abominaciones de socialismo, francmasonería, etc… La Virgen no tenía voto ni falta que le hacía». Una monja que ha recortado con unas tijeras determinados pasajes de un libro de historia explica en la guarda, con su preciosa caligrafía, que esos son temas considerados «tanto vulgares como de mal gusto para la mente de una lectora modesta». Cada vez que aparecía la palabra «canalla» en el libro, «una cuidadosa mano había pegado encima una tira de papel grueso, aunque, por desgracia, transparente». White se aferra con el apetito deleitoso de una escritora a toda esta plétora de detalles, exprimiendo tanto sus momentos de comedia acre como los de horror, y recupera los poderes que sus profesoras le arrebataron: los del juicio y la imaginación.

La sensualidad, que tan a las claras se teme y se prohíbe, está muy presente en el día a día de las alumnas, como esa palabrota que se trasluce en el papel. El aura que emana el lugar en sí apela a los sentidos: la exquisita sencillez y limpieza de los pasillos encalados y las baldosas rojas de la escuela; su olor a cera de abejas, a jabón y a incienso; el resplandor de las lámparas del sagrario en la capilla; las oraciones murmuradas en latín. El caminar de las monjas es «suave y deslizado», no llega a ser «lento, pero tampoco apresurado», y las religiosas llevan las manos entrelazadas en las mangas negras de sus hábitos. Las niñas se meten abrojos bajo la ropa para mortificar la carne, fantasean con la idea de la vocación y algunas de ellas van en serio: cuanto más guapas y mundanas son, más se recrean en la idea del sacrificio que van a realizar.

La noche antes de que la madre Frances entrara en el convento, se celebró un baile en su honor, se cuentan unas a otras exaltadas. Contrataron a un peluquero que vino expresamente de Londres para peinarla, y la joven bailó cada pieza. El propio culto que las niñas sienten por la modestia y la virginidad —«el lirio de mi corazón»— es sentido como una especie de sensualidad de la que enorgullecerse y, por supuesto, reaccionan ante sus respectivas bellezas, cultivan determinados estilos, coquetean y se escriben canciones entre ellas, se enamoran.

Nanda observa con particular interés el regreso, en ocasiones especiales, de las antiguas alumnas del convento escuela, ya adultas: ¿se convertirá ella en una de esas criaturas? Algunas de ellas huelen de maravilla, hacen gala de todo su esplendor, ataviadas con amplios sombreros y velos con lunarcitos, y lucen sus medallas de las Hijas de María por encima de «hermosos vestidos de calle». Otras son anodinas y deprimentes: «Ha intentado entrar en todas partes, pero no la quieren en ningún sitio, y lleva una vida preciosa ahí fuera; los pobres la adoran».

La religión agita a las alumnas creando un cóctel fatal y embriagador; la pobre Nanda no tiene la menor oportunidad. No se trata solo de que sea una conversa reciente. «La conversión es una gracia maravillosa —le dice la madre Radcliffe—, pero la perspectiva católica, la educación católica…, no llega en una generación, ni siquiera en dos o en tres.» Su padre no es más que un maestro de escuela; Nanda está lejos de igualar la sofisticación mundana de algunas de las otras niñas. Léonie de Wesseldorf no solo cuenta con el atractivo masculino de «un joven príncipe, pálido y cansado tras la cabalgada del día», sino que, además, pertenece a una «familia muy antigua y muy rica»: el abrigo ajado que lleva con arrogante dejadez es obra de uno de los mejores diseñadores. Pese a la leal amistad de Léonie, Nanda nunca encajará en ese círculo cerrado y distinguido de la vieja aristocracia católica europea, aunque lo...



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