E-Book, Spanisch, 256 Seiten
Wild Aprender a vivir con niños
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-254-2936-1
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Ser para educar
E-Book, Spanisch, 256 Seiten
ISBN: 978-84-254-2936-1
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Ante los graves problemas que afectan al mundo, cada vez son más los individuos y los grupos que se aventuran a construir nuevas relaciones humanas no caracterizadas por estructuras de dominio, y nuevos entornos más propicios para llevar a la práctica este ideal. Esta obra da testimonio del sinnúmero de preguntas que surgen cuando, en la educación de los niños, se toma este camino diferente y cambia la perspectiva de los adultos. - ¿Nos fijamos con suficiente atención en cómo son los niños en realidad, o preferimos moldearlos según nuestras necesidades, nuestra apreciación del tiempo, nuestro ritmo de vida, nuestros ideales y frustraciones? Entre aspirar a resolver todos los problemas del niño o renunciar a ofrecerle referentes y pautas, se encuentra el territorio donde se dan los auténticos procesos de desarrollo. Este libro es una invitación a ocupar este espacio revisando nuestras prácticas y actitudes y descubriendo que niños y adultos pueden crecer juntos.
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NECESIDADES DE DESARROLLO
Por lo general, cuando nos hacemos responsables de nuestros hijos nuestro desarrollo biológico ya ha concluido, excepto en el caso de adolescentes que, «por accidente», traen niños al mundo antes de llegar ellos a ser adultos.
En la mayoría de los casos, cuando somos adultos, cuando hemos «terminado nuestro desarrollo», nuestra situación vital se ha estabilizado. Posiblemente nos dedicamos a una profesión para la cual nos hemos preparado durante años, hemos fundado nuestro propio hogar, hemos tomado algunas medidas de seguridad y hemos aprendido a resolver una cantidad de problemas intelectuales y prácticos. Entonces, ¿por qué no hemos de estar capacitados para educar a nuestros hijos?
Los niños llegan a un mundo bien equipado para recibirlos, un mundo con muchos objetos útiles, con técnicas y conocimientos especializados. ¡Existen industrias enteras que lanzan al mercado productos destinados a complacer a los infantes! Personas expertas en temas infantiles, libros y revistas especializados en esta materia aprovisionan a los adultos con un sinnúmero de conocimientos, de modo que sólo queda aplicarlos a cada caso específico.
¿Cuál será entonces la razón por la que –a pesar de todas estas circunstancias aparentemente favorables– tantos adultos inteligentes comienzan a dudar de su capacidad de educar a sus hijos?
En realidad, estas personas, sobre todo las más sensibles, se dan cuenta de que tratar con niños pertenece al tipo de circunstancias consideradas especialmente críticas en nuestras vidas. El nacimiento de un niño nos pone en una encrucijada y nos obliga a tomar decisiones: ¿educaremos a este niño para que se adapte al estándar de vida que hemos alcanzado, a nuestra manera de pensar y sentir, a nuestras formas de lidiar con las cosas y las personas? ¿O aceptaremos que la convivencia con el niño nos conmueva de tal modo que nos permita aventurarnos a comenzar de nuevo? Si nos abrimos a esta hazaña, es posible que aprendamos a utilizar nuestros propios sentidos de manera inesperada, a percibir las situaciones como si fueran completamente nuevas; hasta puede ocurrir que logremos desarrollar una comprensión diferente para bregar no sólo con categorías conocidas, sino con «los sistemas abiertos» de los procesos de vida.
Los niños tienen la habilidad de cuestionar incesantemente nuestro pensar y sentir estático, nuestras actitudes, basadas en el pensamiento de que «las cosas y las personas son como son, y yo soy como soy».
Frente a estos cuestionamientos, tenemos dos alternativas: o defendernos contra los niños, o entrar en empatía con su manera de ser, la cual es un continuo «hacerse a sí mismo». Este proceso de crecer y desarrollarse es constantemente impulsado por necesidades específicas. No es posible suprimir estos impulsos en niños pequeños sin provocar serias consecuencias.
Si el entorno resulta favorable, el proceso de desarrollo es natural y fluido. En cambio, si es inadecuado u hostil, puede que el niño asuma actitudes de lucha, o que aprenda a sacrificar o posponer sus necesidades para poco a poco adaptarse a un ambiente adverso.
Toda vida en la Tierra se manifiesta fundamentalmente como una interacción entre un organismo vivo y un entorno. Esta interacción se cumple dentro de regularidades sencillas. Más adelante, en un capítulo sobre las estructuras vitales, hablaré de ellas con más detalle. Aprender a respetar estos principios básicos depende, por último, de la decisión de adoptar actitudes a favor o en contra de la vida en nuestro trato con los niños. Esta decisión implica apoyar o reprimir procesos de crecimiento y de desarrollo auténticos. A largo plazo, la represión de dichos procesos podría incluso llegar a poner en peligro la vida en nuestro planeta.
La vida solamente se desarrolla cuando los organismos tienen ambientes con los cuales interactuar. En otras palabras, es la interacción entre organismos y ambientes lo que permite la existencia de la vida y su subsiguiente desarrollo. Obviamente, un ambiente sin organismos no cumple con los requisitos para el desenvolvimiento de los procesos vitales.
En las distintas etapas de la vida, el plan de desarrollo de los organismos se manifiesta por medio de ciertas necesidades que tienen como objetivo la activación del potencial interno e inherente a cada organismo. Estas necesidades varían de una etapa a otra, pero siempre se encuentran en una relación recíproca con el entorno. Así, el organismo va creando los instrumentos idóneos para actuar sobre el ambiente, y el entorno influye en el organismo de tal manera que éste se transforma y se desarrolla, refinando continuamente su instrumental. Esta interrelación dinámica entre lo de dentro y lo de fuera es la condición básica para todo desarrollo y acción real. Si durante los años de crecimiento el entorno carece de los elementos necesarios, el plan interno no puede cumplirse plenamente. No obstante, la Naturaleza pedirá que el organismo dé el paso a la siguiente etapa, aunque la anterior no haya sido llevada a cabo. Podemos observar este principio con más claridad en el desarrollo prenatal: el proceso del parto se inicia aunque un embrión haya sufrido daños, y no deja de ocurrir aunque al bebé le falten piernas o brazos. Durante el resto de su vida, el niño tendrá que bregar con estas deficiencias. Sólo cuando no hay para el niño probabilidad alguna de sobrevivir se produce el aborto natural.
Esta misma regularidad se aplica a todas las etapas de la vida. Los estadios anteriores siempre suministran las bases para todo nuevo desarrollo. En el libro Educar para ser,* describí los períodos principales correspondientes a la niñez. Por lo tanto, aquí sólo mencionaré, de manera resumida, sus subdivisiones sucesivas. Pero no hay que tratar de entenderlas esquemáticamente, como si las estructuras del sistema neurológico se desarrollaran aisladas entre sí. Sino, más bien, ha de abordárselas desde la perspectiva de que toda vivencia tiene su influencia directa sobre cada una de las estructuras, porque entre ellas se interconectan como una red.
Desde el nacimiento hasta los siete u ocho años aproximadamente, la aspiración principal de la Naturaleza es fomentar el desarrollo óptimo de los sistemas límbicos responsables de la coordinación de la vida afectiva y emocional, de la motricidad y de los sentidos.
A partir de los ocho años y hasta el inicio de la pubertad, el interés primordial de la Naturaleza es la activación de las áreas corticales y su interrelación con las estructuras ya desarrolladas. Sólo si las zonas corticales son plenamente operativas, servirán como instrumento confiable para el pensamiento analítico, para simbolizaciones con sentido y para abstracciones coherentes con la realidad. Esto se consigue, primordialmente, tratando con objetos concretos e interactuando en situaciones sociales relativamente sencillas y familiares.
De la pubertad en adelante, las situaciones deberían ampliarse e incluir circunstancias sociales cada vez más complejas. Cuando se cumple esta necesidad de tener interacciones ricas y variadas, se activan estructuras internas que permiten el pensamiento interconectado. Esto no ocurre cuando durante los años de la adolescencia se han recibido clases formales en materias aisladas. Una persona puede culminar los estudios superiores con éxito sin esta capacidad de pensamiento, pero es poco probable que dichos estudios luego le sirvan para lograr resolver problemas complejos de manera práctica y sin causar nuevas dificultades. La interconexión entre experiencias prácticas y reflexiones pertinentes es fundamental para que los estudios formales, principalmente abstractos, tengan una base confiable. En nuestra cultura en general se acaba la «formación» después de la etapa conocida como «educación superior». Éste parece ser el momento adecuado para fundar una familia. Es aquí cuando, para muchos, termina el proceso de un aprendizaje vital y comienza una etapa en la que se aplica lo aprendido y se siguen los caminos previstos. Generalmente, de ahí en adelante la esperanza radica en obtener promociones en el empleo, antes que en experimentar cambios fundamentales en la vida.
No obstante, y en realidad, el plan de desarrollo humano de ninguna manera está limitado a los primeros veinte o treinta años de vida, aunque las etapas de desarrollo de los seres adultos no sean reconocibles por un crecimiento exterior. Lo que ahora debería incrementarse son las estructuras internas aptas para la toma de conciencia. Pero aquí es cuando nos enfrentamos con dificultades considerables: durante los años de crecimiento, nuestra educación fue programada desde fuera y nos han quedado pocas nociones del hecho de que el crecimiento y el desarrollo son, en realidad, procesos espontáneos. Si hemos logrado preservar algo de espontaneidad, esto se debe, con probabilidad, a otros factores, y no a la educación recibida. Muchas veces, nuestro plan interno de desarrollo ha tenido que adoptar medidas de defensa contra los obstáculos del ambiente que nos rodeaba; por falta de interacciones óptimas y armoniosas debió buscar otras salidas, que en el fondo eran desvíos de un comportamiento natural. Por esta razón, a los adultos muchas veces se nos hace difícil confiar en los indicadores que corresponden a nuestras necesidades de desarrollo actuales.
Es necesario recuperar otra vez...




