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E-Book, Spanisch, 292 Seiten

Wild Educar para ser

Vivencias de una escuela activa
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-254-2943-9
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

Vivencias de una escuela activa

E-Book, Spanisch, 292 Seiten

ISBN: 978-84-254-2943-9
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



Fruto de un innovador proyecto educativo, vivido en el seno de la familia y de la comunidad, esta obra explica a padres y docentes cómo crear un ambiente en el que el niño permanezca lleno de curiosidad y crezca seguro de sí mismo y de su entorno. La 'escuela activa' es una propuesta educativa en la que la actividad de los adultos es tan importante como la del niño: los primeros aprenden a respetar las estructuras mentales y emocionales propias de cada uno de los estadio del desarrollo infantil, mientras que el segundo aprende a respetarse a sí mismo y a los adultos. en lugar de un plan educativo fijo y obligatorio, se valora el cuidado sistemático de procesos de aprendizaje capaces de renovarse. En esta nueva edición Rebeca Wild explica cómo, a pesar de muchos obstáculos, su decisión de seguir adelante con sus aspiraciones le ha abierto el campo para descubrir nuevas perspectivas de las leyes y regularidades de la vida. Los datos demuestran claramente que los resultados de las formas pedagógicas alternativas desarrolladas en el Centro Educativo Pestalozzi se mantienen años más tarde, durante los estudios superiores y la vida familiar y profesional.

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EL MITO EDUCATIVO DOMINANTE

En su libro Ivan Illich habla de un mito educativo que desde hace doscientos años venimos adorando como si se tratara de una vaca sagrada. Precisamente en Ecuador este mito ha llegado a su máximo esplendor.

Regularmente los periódicos informan del «dramático fracaso de la educación pública» y hablan de que aproximadamente solo un 27 por ciento de los escolares cursan los seis años de enseñanza obligatoria. Esta penosa situación la atribuyen al exceso de alumnos por clase, a la insuficiente formación de los maestros y, de vez en cuando, también a un sistema educativo inapropiado. A menudo, se pueden leer artículos de varias páginas con la queja de que incluso los estudiantes que ya han terminado el bachillerato parecen haber aprendido muy poco de lo que durante doce años de escolarización se les ha intentado inculcar. Pero, a pesar de estas y otras muchas quejas, parece que esté prohibido poner en duda que la escuela o, mejor dicho, ir a la escuela, sea el único camino que existe para conseguir reconocimiento social, éxito económico, para servir a la patria y finalmente para realizarse personalmente.

La ley prevé la escolarización para todos; antes eran seis años de enseñanza obligatoria y desde hace poco han pasado a ser doce. También, desde hace tres años, para los niños que ya han cumplido los cinco años es obligatoria la asistencia a un jardín de infancia. Sin embargo, en la provincia de Pichincha cuya capital es Quito y es, con mucho, la más desarrollada, en el momento en que se aprobó está ley solo se disponía de ciento cincuenta maestras de jardín de infancia insuficientemente preparadas. En otras provincias del país la situación es mucho peor porque, así y todo, la mayor parte de ventajas culturales están concentradas en la capital.

Las leyes del país están en gran contradicción con las posibilidades que existen para poder llegar a terminar los estudios. La población rural es la que abandona más pronto la carrera por el deseado certificado de estudios. La mayoría de bajas se da en los pueblos. En las escuelas estatales de las ciudades tiene lugar una lucha encarnizada por conseguir la admisión en un aula y, una vez que se ha conseguido, es cuestión de procurar tener el comportamiento adecuado para no perderla. Para conseguir una plaza en una de las escuelas privadas de prestigio, que por diversos medios procuran protegerse de alumnos indeseados, es preciso ser un artista. La selección se realiza por medio de relaciones sociales, pagos muy elevados y, a menudo, participaciones muy considerables en la financiación de la escuela, también se recurre a tests psicológicos y se exige un comportamiento intachable.

Una vez conseguidas ciertas ventajas nadie quiere echarlas a perder tontamente y para llegar a obtener una formación escolar reconocida se hacen grandes sacrificios: en las zonas rurales, para ir a la escuela es frecuente tener que hacer largas caminatas y regularmente obsequiar a los maestros con productos agrícolas; para ir a las escuelas de la ciudad son precisos largos viajes en autobús. Para el «día del maestro», para su santo y aniversario, por Navidades y poco antes de la entrega de notas es habitual hacer regalos caros. En las escuelas de prestigio se valora muchísimo que los padres, elegantemente vestidos, participen en actos sociales, organicen tómbolas para sufragar los gastos de ampliación de la escuela y con regularidad se interesen por la opinión experta de maestros y psicólogos escolares sobre el progreso de sus hijos. Se supone que con este comportamiento ideal los padres ahorran a sus hijos algunas preocupaciones. Lo importante es que renovadamente demuestren que, en cuestiones de educación, su confianza en la institución a la que pagan considerables sumas dinero es absoluta.

Es una suerte de ley no escrita que la escuela constituye la voz más autorizada para opinar sobre los niños y que posee en exclusiva la capacidad de proporcionar una educación impecable. A menudo los padres prometen por escrito utilizar con eficacia su propia autoridad para dar apoyo, en caso de que sea necesario, a los elevados objetivos de la escuela. En la práctica esto significa que los padres se sienten responsables de que los deberes estén hechos. Muchas veces se ponen manos a la obra y trabajan hasta muy tarde para que todo quede debidamente terminado y al día siguiente el maestro esté satisfecho. Naturalmente, eso conlleva que en casa el ambiente acostumbre a ser tenso y, sin embargo, nadie tiene la menor duda de que los responsables de esta situación son los niños. Cuando los padres, incluyendo los más cariñosos, no entienden del todo lo que se pide en los deberes echan la culpa a sus hijos. Solo un tanto por ciento muy pequeño de padres se atreve a poner en duda que tanto empollar y escribir tenga realmente sentido. Aun así, la mayoría de las veces estas dudas se disipan con el comentario de que «tampoco la vida es siempre de color rosa y lo mejor es que los niños se acostumbren desde el comienzo a la disciplina y a una vida dura.»

En Ecuador el signo externo que indica orden, disciplina y pertenencia a una determinada orden educativa es el uniforme escolar. Lo más habitual es que al poco tiempo de llevar uniforme los niños lo odien. ¿Quién no se harta de ir durante años vestido, día tras día, con el mismo estilo y de los mismos colores? Por otra parte, en especial para los niños que van a escuelas de prestigio, este uniforme es desde el principio un importante indicador de su posición social y a ellos les gusta mostrarse en público con él. En todas las escuelas se da mucho valor a que los niños lleven cada día el uniforme completo. Diariamente se pasa revista y se escogen al azar algunos niños para comprobar que no haya algún par de zapatos marrones, en lugar de negros, o incluso algunos calcetines de color equivocado que estén dejando por los suelos el honor de la escuela. Además, en las mejores escuelas se hace una distinción entre el uniforme de diario y el uniforme del día de pasar revista. Pero también en las escuelas rurales más apartadas un sencillo uniforme es imprescindible para dar un aire de dignidad al aprendizaje de los conocimientos más elementales. A diario se realiza una somera revisión: cabellos bien lisos y cepillados, pañuelos bien planchados, camisas almidonadas, zapatos brillantes y, no muy de tarde en tarde, también se controla la ropa interior.

La fe de los adultos en el poder de la educación institucionalizada es prácticamente inquebrantable y, de forma sistemática, se va transmitiendo de generación en generación. Si alguna vez alguien expresa dudas al respecto, inevitablemente oirá el siguiente argumento: «Eso es algo que puedo ver en mí mismo, lo bien que me ha ido la escuela. Mire usted, de mí han hecho una persona como es debido».

Hace pocos días vino una madre a dar de baja de nuestro jardín de infancia a su hijo de cuatro años. Pensaba que ya era hora de preparar al niño para el examen de admisión en una de las escuelas de prestigio de Quito porque, si no, podría perder su plaza. La madre estaba quejosa porque decía que, antes de venir a nuestro jardín de infancia, su hijo —el niño había asistido un curso— estaba más adelantado, conocía todas las letras y sabía contar hasta veinte. Era evidente, decía, que el sistema libre lo había perjudicado porque ahora ya no quería estudiar y solo tenía ganas de jugar. Una de las cosas que a la madre le parecían especialmente escandalosas era la afición que tenía el niño a jugar con agua y arena... Este no es ningún caso aislado, sino que más bien muestra el miedo tan extendido que existe a perder el tren del milagro de la educación.

Pero si se mira detenidamente ¿qué hay detrás de este mito? ¿Cuál es el verdadero objetivo que se oculta detrás de este deseo de llegar a un saber, una moral y una cultura más elevadas? En este país siempre se está mejorando el currículum —el plan de estudios—, se hacen venir a expertos extranjeros y los maestros no paran de hacer cursos, se imprimen nuevos libros y formularios estadísticos y se inauguran nuevos modelos de escuela cuyos métodos nunca fueron aplicados aquí. Sin embargo, con todo esto, el plan de estudios «oculto» permanece intacto. Se trata de un plan triple que no admite ninguna protesta: la escuela educa a nuestros hijos para la obediencia (sepas que hay alguien que sabe mejor que tú qué, cómo, cuando y cuánto tienes que aprender), educa para la puntualidad y para el trabajo rutinario. Para las lagunas de conocimientos se pueden hallar soluciones: clases de refuerzo o tal vez la posibilidad de hacer un examen oral para mejorar la mala nota de un examen escrito. Pero aquél cuyo comportamiento no demuestre que está dispuesto a conformarse con todo, pronto perderá su plaza en la escuela ecuatoriana (¿tal vez también en otras?).

En los últimos tiempos, aquí se habla y se escribe mucho sobre métodos educativos, se dice que están anticuados, que, en lugar de dictar tanto, las cosas se deberían aprender con sistemas pedagógicos mejores, se lamenta que la enseñanza consista sobre todo en memorizar para que luego el maestro pregunte. Sin embargo, nadie se atreve a ir personalmente a hablar con un maestro que utilice estos métodos anticuados. Los niños son los primeros que cuando los padres se quejan de la falta de sentido de los deberes les suplican: «¡No vayáis a ver al maestro que luego me coge manía y me trata peor que a los demás!». De este modo, el mito de que existe una «buena formación escolar» permanece más fuerte que la prueba concreta y real de lo contrario. Ya se sabe, ¿quién se atrevería a hacer daño a la «vaca sagrada»?

¿Cuáles son las...



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