E-Book, Spanisch, 320 Seiten
Zhang Cuánto oro esconden estas colinas
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-122364-6-0
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 320 Seiten
ISBN: 978-84-122364-6-0
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Nació en Pekín en 1990 y emigró con su familia a Estados Unidos cuando tenía cuatro años. Creció en Kentucky y California, pero ha vivido en trece ciudades de cuatro países y dice estar buscando todavía su verdadero hogar. Actualmente divide su tiempo entre Iowa City y San Francisco.
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1. Oro
Ba muere por la noche, obligándolos a buscar dos dólares de plata.
Por la mañana, Sam pasea con un taconeo impaciente pero Lucy, antes de que se marchen, siente necesidad de hablar. El silencio pesa más sobre ella, incomodándola hasta que lo acaba rompiendo.
—Lo siento —dice a Ba en su cama.
La sábana que lo arropa es la única prenda limpia en la sombría y polvorienta chabola, donde el polvo de carbón ennegrece hasta la última superficie. En vida, Ba no hacía caso de aquel desastre, y, una vez muerto, la horrible mirada de sus ojos entrecerrados no se fija en él. Ni en Lucy. Va directa a Sam. Sam, la preferida, un resonante manojo de nervios dando vueltas frente a la puerta con las botas demasiado grandes. Sam, pendiente de cada palabra de Ba cuando vivía, ahora no quiere ni mirarlo a la cara. Y entonces Lucy cae en la cuenta: Ba está muerto de verdad.
Hunde el dedo gordo del pie en el suelo de tierra, escarbando palabras para que Sam escuche. Para esparcir bendiciones sobre años de dolor. Hay polvo suspendido en la fantasmagórica luz que entra por la única ventana. Sin aire que lo agite.
Lucy siente un aguijón en la espalda.
—¡Bang! —dice Sam. Once años con respecto a los doce de Lucy, madera y agua como decía Ma; Sam es sin embargo más baja que ella, al menos treinta centímetros. Con aspecto infantil, no es tan tierna como parece—. Demasiado lenta. Estás muerta. —Sam abre el puño rechoncho, amartilla los dedos y sopla el cañón de una pistola imaginaria. Como hacía Ba. La forma más conveniente de hacer las cosas, decía Ba, y cuando Lucy replicó que el Maestro Leigh afirmaba que esas nuevas armas no se encasquillaban y no hacía falta soplarlas, Ba le dio una bofetada porque consideró que era lo más conveniente. Vio estrellas detrás de los ojos, una esquirla de agudo dolor en la nariz.
Nunca se le volvió a enderezar. Se la frota con el pulgar, pensativa. Lo más conveniente, dijo Ba, era dejar que se curase por sí sola. Cuando volvió a mirar a Lucy a la cara después de que se difuminara el moratón, se apresuró a asentir con la cabeza. Como si lo tuviera pensado desde el principio. Conviene que tengas algo que recordar por hablarme con descaro.
Sam tiene su rostro moreno lleno de polvo, como siempre, y se ha restregado pólvora para que parezca pintura de guerra india (piensa), pero bajo esa capa sus facciones son perfectas.
Solo ahora, porque los puños de Ba yacen impotentes y rígidos bajo la manta —y quizá porque es sensata, es lista, tiene la vaga impresión de que si lo irrita, Ba podría levantarse y darle un mamporro—, Lucy hace algo que jamás ha hecho. Alza los pulgares, apunta con los dedos. Se los pone a Sam en la barbilla, donde la pintura da paso a la piel infantil. Una mandíbula delicada si no fuera por la tendencia de Sam a proyectarla hacia fuera.
—Bang, a ti —dice Lucy, empujándola hacia la puerta, como si fuera un forajido.
El sol les absorbe la humedad. A mediados de la estación seca, la lluvia ya es un recuerdo lejano. El valle polvoriento está desprovisto de vegetación, dividido por un arroyo serpenteante. A un lado están las endebles chabolas de los mineros; al otro, las construcciones adineradas, con paredes como es debido, ventanas de cristal. Y a todo alrededor, circunscribiendo las innúmeras colinas, oro abrasado; y oculta entre la alta hierba y los matorrales secos, una mezcolanza de campamentos de indios y prospectores, grupos de vaqueros, viajeros y forajidos, la mina, y otras muchas minas más y más allá.
Sam enarca los menudos hombros y empieza a cruzar el arroyo, su camisa roja como un grito en la tierra yerma.
Cuando llegaron al valle aún había hierba, alta y amarillenta, y encinas en el cerro, y amapolas después de que lloviera. Las inundaciones de hacía tres años y medio las arrancaron de raíz, aparte de ahogar a la mitad de la gente o echarla de allí. Pero su familia se quedó, aislada al otro extremo del valle. Ba, como uno de aquellos árboles alcanzados por el rayo: muerto por el centro mismo, las raíces aún prendidas.
¿Y ahora que Ba había muerto?
Lucy sigue descalza las huellas de Sam y guarda silencio, ahorrando saliva. El agua ya desaparecida hace tiempo, el mundo más sediento después de las inundaciones.
Y Ma, desaparecida hace ya tanto.
Al otro lado del arroyo, la calle principal se ensancha, centelleante y polvorienta como una piel de serpiente. Predominan las casas de falsa fachada: taberna y herrería, almacén, banco y hotel. Gente holgazaneando a la sombra como lagartijas.
Jim está sentado en la tienda, garabateando en su libro de contabilidad. Es tan grueso como él y pesa la mitad. Dicen que lleva la cuenta de lo que debe hasta el último hombre del territorio.
—Discúlpenos —murmura Lucy, abriéndose paso entre la chiquillería que ronda la sección de los caramelos, la mirada ansiosa por aliviar el aburrimiento—. Lo siento, perdóneme.
Se encoge. Los chicos se marchan perezosamente, dándole en los hombros con el brazo. Al menos hoy no alargan la mano para pellizcarla.
Jim sigue concentrado en el libro de contabilidad.
—Disculpe, ¿señor? —dice más alto esta vez.
Una docena de ojos se clavan en Lucy, pero Jim sigue sin hacerle caso. Sabiendo de antemano que no es buena idea, Lucy pone la mano en el mostrador para llamar su atención.
Jim levanta la vista de pronto. Ojos enrojecidos y, en las comisuras, la piel en carne viva.
—Apártate —dice, su voz cortante como un alambre de acero. Su mano sigue escribiendo—. Esta mañana he fregado el mostrador.
Risas entrecortadas a su espalda. Eso no inquieta a Lucy, quien después de años viviendo en pueblos como aquel no tiene ya sensibilidad alguna que puedan herir. Lo que le provoca un agujero en el estómago, lo mismo que cuando murió Ma, es la expresión en los ojos de Sam. La mirada de Sam es tan horrible como la de Ba.
¡Ja!, suelta Lucy, porque Sam no lo hará. ¡Ja! ¡Ja! Sus carcajadas las protegen, convirtiéndolas en miembros de la pandilla.
—Hoy solo pollos enteros —dice Jim—. No hay patas para vosotros. Volved mañana.
—No necesitamos provisiones —miente Lucy, sintiendo cómo se le derrite en la lengua una piel de pollo. Intenta enderezarse, apretando los puños a los costados. Y expone lo que necesitan.
Voy a deciros las únicas palabras que cuentan, dijo Ba cuando tiró los libros de Ma a la charca que había ocasionado la tormenta. Dio una bofetada a Lucy para que dejara de llorar, pero sin forzar la mano. Casi con suavidad. Se arrodilló para ver cómo se limpiaba los mocos de la cara. Ting wo, pequeña Lucy: A crédito.
Como era de esperar, las palabras de Ba ejercen una especie de efecto mágico. Jim se detiene con la pluma.
—¿Qué has dicho, muchacha?
—Dos dólares de plata. A crédito.
La voz de Ba resuena a su espalda, en su oído. Lucy huele el whisky en su aliento. No se atreve a volverse. Si sus manos como palas le dieran una palmada en el hombro no sabría si gritar o reír, echar a correr o echarle los brazos al cuello y abrazarlo con fuerza, de modo que por mucho que despotricara ella no se separaría de él. Las palabras de Ba se precipitan por el túnel de su garganta como un espíritu surgiendo de la oscuridad:
—El lunes es día de paga. Lo único que necesitamos es un pequeño margen. De verdad.
Se escupe en la mano y la extiende.
Jim sin duda ha oído ese estribillo en boca de los mineros, de sus mujeres secas, de sus hijos con el estómago vacío. Pobres como Lucy. Sucios como Lucy. Es bien sabido que Jim gruñirá, adelantará el artículo y cargará el doble de interés cuando llegue el día de paga. ¿Acaso no dio una vez vendas a crédito después de un accidente en la mina? A gente desesperada como Lucy.
Pero nadie es como Lucy. Jim la mide con la mirada. Descalza. Vestido azul marino que no le queda bien, con manchas de sudor, hecho con retales de una camisa de Ba. Brazos larguiruchos, pelo áspero como una alambrera. Y qué cara.
—A tu papá le daré trigo a crédito. Y cualquier trozo de animal que seáis capaces de comer —dice Jim. Su labio superior se curva hacia arriba, descubriendo una franja de encías húmedas. En cualquier otro, eso podría haber pasado por una sonrisa—. Si quiere dinero, que vaya al banco.
La saliva se seca en la palma intacta de Lucy.
—Señor...
Y entonces, por encima de la apagada voz de Lucy, los tacones de las botas de Sam repiquetean en el suelo. Con los hombros erguidos, Sam sale de la tienda con paso firme.
Sam es menuda. Pero capaz de dar zancadas como un hombre con las botas de piel de becerro. La sombra de Sam cae sobre la punta de los pies de Lucy; en la imaginación de Sam la sombra es la altura verdadera, el cuerpo una inconveniencia pasajera. Cuando sea vaquero, dice Sam. Cuando sea aventurero. Y últimamente: Cuando sea un célebre forajido. Cuando sea mayor. Lo bastante joven para creer que el deseo basta para...




