E-Book, Spanisch, 276 Seiten
Reihe: Ensayo
Zweig Brasil, país de futuro
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-123242-0-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 276 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-123242-0-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Stefan Zweig. Viena, 1881 - Petrópolis, 1942 Zweig es uno de los más populares escritores del curioso período comprendido entre las dos guerras mundiales y, sobre todo, uno de los grandes escritores del siglo XX. Su obra ha sido traducida a más de cincuenta idiomas. Durante la Primera Guerra Mundial, debido a sus ideas pacifistas, tuvo que exiliarse en Zurich, en Salzburgo y más tarde en Inglaterra. A poco de estallar la Segunda Guerra, buscó refugio al otro lado del Atlántico, estableciéndose en Brasil. Convencido de la definitiva destrucción de los valores culturales y espirituales europeos bajo la bota totalitaria del nazismo de Hitler, se quitó la vida junto a su esposa en 1942. Su entierro, celebrado en Rio de Janeiro con honores de jefe de estado, fue un acto multitudinario. Zweig se ha labrado una fama de escritor completo, destacando en todos los géneros. Como novelista refleja la lucha de los hombres bajo el dominio de las pasiones con un estilo liberado de todo tinte folletinesco. Sus tensas narraciones reflejan la vida en los momentos de crisis, a cuyo resplandor se revelan los caracteres. Sus biografías, basadas en la más rigurosa investigación de fuentes históricas, ocultan hábilmente su fondo erudito tras una equilibrada composición y un admirable estilo, que confieren a sus libros la categoría de obras de arte.
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La primera edición de este libro, que salió en Estocolmo en 1941 durante el exilio, estuvo agotada durante cuarenta años. Cuando, con motivo del centenario de Stefan Zweig en 1981, el libro volvió a la venta, las nuevas ediciones alcanzaron una difusión diez veces mayor que la primera. Un fenómeno curioso para un libro de este género. Por regla general, los libros de divulgación quedan obsoletos al cabo de pocos años y han de sustituirse por otros de más actualidad. Pero esta monografía de un país donde, incluso hoy en día, abundan los recursos y las posibilidades de desarrollo, sigue siendo lo que era desde que fue escrita: un marcapasos para un futuro mejor y una obra fundamental que —desde que vuelve a estar disponible— se nombra y se cita en casi todas las guías del Brasil. Más aún podría sorprendernos que este libro, escrito hace más de medio siglo, y cuya información acerca de la densidad de la población, la economía y la industrialización necesitan actualización sin duda alguna, siga siendo válido porque, precisamente, el llamado progreso que mientras tanto vivió el país aún no alcanza el pronóstico que Zweig anticipó con el ejemplo de Brasil como modelo de una forma digna de convivencia.
Los números y los datos que deberían actualizarse respecto a la situación actual del Brasil —como por ejemplo el aumento demográfico desde los 40 millones de antaño a los 60 millones de hoy, el más extremado desnivel social en los centros de hacinamiento, la preocupante destrucción de la selva tropical que está relacionada con el rápido crecimiento económico que, mientras tanto, colocó al país en octava posición entre los países industrializados (pero con una deuda exterior y una tasa de inflación muy elevadas)— deben tenerse en consideración pero no perjudican en absoluto la validez de las descripciones respecto a las insuperables percepciones históricas, culturales, psicológicas y paisajísticas de Stefan Zweig. Más difícil de superar aún es su exposición, tan cautivadora y entusiasta que parece que nos encontremos ante una novela en lugar de ante un libro de divulgación.
«Para entusiasmar a los demás, hay que ser capaz de entusiasmarse», escribió el autor en una de sus últimas cartas. Brasil estimuló a este trotamundos más que cualquier otro país de la Tierra. ¿Por qué?
Cuando después de 1933 fueron quemados sus libros en la hoguera nacionalsocialista —únicamente por ser él de procedencia judía— y un año más tarde se registró su domicilio en el Kapuzinerberg de Salzburg a la búsqueda de supuestas armas escondidas, Stefan Zweig emigró a Londres.
La editorial Insel, que había dirigido su obra durante treinta años, de repente entró en conflicto con su autor contemporáneo de más éxito. Lo que antes coincidía con el gusto de millones de lectores, súbitamente se consideró antialemán, nocivo, decadente. Como los libros de prácticamente todos los poetas y pensadores, era molesto para este régimen de jueces y verdugos. A Stefan Zweig, que entretanto ya sobrepasa los cincuenta años, esta proscripción le hirió profundamente a pesar de que por aquel entonces ni siquiera dependía exclusivamente del público alemán (ya en los años veinte era uno de los autores más traducidos, cuyas ediciones en el extranjero alcanzaron rápidamente la misma cifra de ventas que en el original alemán). Este hombre, que hasta ahora no había prestado demasiada atención a su reconocimiento a nivel mundial, se muestra de aquí en adelante agradecido a todos los reconocimientos internacionales que contradecían el desprecio de parte de los nacionalsocialistas. Entre los reconocimientos había una invitación del PEN Club para asistir a unas jornadas de escritores en la ciudad argentina de Buenos Aires. Este tipo de congresos, cuyo mercado de vanidades se oponía a su carácter, no le importaban demasiado, pero el viaje pagado por el PEN Club fue un motivo oportuno para tomar distancia de la vida cotidiana como alien enemy en el exilio británico y para «volver a ver un trocito del mundo antes de que los huesos se pudran y los órganos receptivos se vuelvan perezosos» (a Hans Carroza, 2 de agosto 1936)… «Vuelvo a tener sed de lejanía», le escribió a Romain Rolland, «y ganas de ver de nuevo la redondez del mundo antes de su colapso». Además recibió una invitación extraordinariamente amable de Macedo Soãres, ministro del Exterior del Brasil para visitar Rio, teniendo en cuenta que, en aquellos momentos, Zweig era uno de los autores más traducidos en el país.
A Abrahão Koogan, su joven editor brasileño, de tan solo veinte años, el cual al enterarse del viaje a Sudamérica de Zweig había logrado esta invitación para él, Zweig le escribe en francés el 5 de noviembre de 1935: «Quiero comunicarle que acabo de recibir una invitación de su gobierno para visitar Brasil y no estoy seguro de si tengo que agradecer este amable gesto a su afable intervención. He decidido aceptar este halagüeño ofrecimiento. Tengo la intención», continúa, «de combinar este viaje con el de Argentina, pero aún no sé si visitaré el Brasil antes o después de las jornadas del PEN Club en Buenos Aires». La decisión la toma el 7 de mayo de 1936. Manda un comunicado a Koogan desde Londres, en el que le anuncia que primero irá al Brasil, donde el ‘Alcantara’ atracará el 21 de agosto, después de un viaje por mar de quince días escasos. «Todo resulta muy sencillo excepto una dificultad y me avergüenzo decirlo: yo mismo. Porque tengo que confesarle que me causan verdadero horror todas las festividades, los banquetes y las recepciones para los que me declaro absolutamente incompetente… Me gustaría llegar como una persona cualquiera con ganas de informarse, y encontrarme sólo al final del viaje con algunos compañeros escritores. No quiero pasar todo el tiempo en recepciones, conferencias o cosas parecidas en las que mi persona deba estar en primer plano. Sin embargo, me encantaría viajar por el país, conocer sus ciudades y su gente… Quizá mis intenciones no coincidan con su punto de vista como editor, que, por el contrario, preferiría una postura más oficial. Pero, a mi edad, ya no se puede cambiar la propia forma de ser». Aunque Koogan aseguró corresponder a sus expectativas, todo se desarrolló de manera distinta e incluso a Stefan Zweig, este escritor más bien reservado, apenas se le reconocía, en vista de la simpatía impresionante con la que fue acogido nada más llegar a la bahía de Guanabara.
Fue recibido por cuatro diputados del Ministerio de Asuntos Exteriores y pusieron a su disposición una suite regia en el hotel recién terminado Copacabana Palace, situado en el mejor sitio de la ciudad, y, por parte del gobierno, le proporcionaron un coche con chófer privado, y asimismo un agregado con dominio del francés como acompañante e intérprete. Rodeado por los periodistas estuvo en las recepciones del presidente del gobierno Getúlio Vargas (cuyas hijas eran entusiastas lectoras de Zweig), del presidente de la Academia Literaria y del PEN Club. No sólo los intelectuales habían leído por lo menos uno de los aproximadamente veinticinco títulos disponibles, y reaccionaron con tanto entusiasmo como hubiera sido impensable ante un escritor en Europa. La popularidad de Stefan Zweig era extraordinaria, sobre todo porque abarcaba todos los estratos sociales, desde el mundo académico hasta los empleados, los funcionarios y los campesinos. Y no se basaba en una sola publicación sino en todos sus libros; que ahora viniera personalmente al Brasil fue para muchos un acontecimiento tan grande que los asistentes a sus conferencias —para las que por fin pudieron convencerle— hicieron cola a lo largo de dos manzanas sin poder acceder finalmente a la sala de dos mil butacas. «Una parte de mí ya estuvo aquí —dijo en su discurso Gracias al Brasil del 25 de agosto en la Academia Literaria— mis libros estaban presentes en otro idioma y con otro ropaje, en los escaparates de las librerías, y más aún, mil veces más: en el corazón de la gente… Me sentí reproducido y reflejado y durante estos pocos días disfruté más de la bondad y amistad de lo que suele ocurrir en años». No es de extrañar que frente a tal receptividad vio a los brasileños marcados aún por su cultura antigua, por una mentalidad que, al parecer, preferiría con creces cualquier producción artística o literaria a la política. Según un comentario de Stefan Zweig, fue recibido en Rio igual que una estrella de cine, sintiéndose como Marlene Dietrich o Charles Chaplin.
Pero no fue sólo la afectuosa recepción lo que despertó su interés por este país. También influyó la naturalidad de la gente que encontró —una naturalidad que tenía mucho en común con su propio carácter conciliador, que confiaba en la fuerza persuasiva del bien—. En 1936, durante su primera estancia en el Brasil, ya alaba las características topográficas y climáticas del país diciendo que «la disposición armónica de la naturaleza se ha convertido en la postura vital de toda una nación». Es, según escribe, «la primera sorpresa apenas se entra en el país, cuán amablemente convive la gente y sin fanatismo alguno. Bajo la influencia relajadora apenas perceptible de este clima, desarrollan menos ímpetu, menos vehemencia, menos dinámica, es decir, precisamente lo contrario a las características que hoy en día son sobrevaloradas y se consideran los valores de un pueblo....




