E-Book, Spanisch, 304 Seiten
Boyce Cosmic
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-675-4671-2
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 304 Seiten
ISBN: 978-84-675-4671-2
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El escritor y guionista Frank Cottrel-Boyce nació en 1959 en la localidad inglesa de Rainhill, en el seno de una familia católica de origen irlandés. Se graduó y doctoró en lengua y literatura inglesa por la Universidad de Oxford y, antes que guionista, Cottrell-Boyce escribió reseñas para la revista Living Marxism. Conocer al director de cine Michael Winterbottom y entablar amistad con él en los 90, supuso un antes y un después en su carrera. Juntos han colaborado en diversas películas con guión de Cottrell-Boyce, dos de las cuales, Welcome to Sarajevo y 24 Hour Party People fueron nominadas a la Palma de Oro del Festival de Cannes. Sus guiones también han sido llevados a la gran pantalla por otros directores de prestigio como Danny Boyle (Millions), Anand Tucker y Alex Cox, entre otros, y ha estado nominado a los Premios BAFTA y Satellite. Asimismo, ha escrito para televisión y teatro antes de dedicar su talento a la literatura infantil y juvenil. Su primer libro infantil, publicado en 2004, fue una adaptación de su propio guión cinematográfico de Millions, y supuso un rotundo éxito con el que obtuvo la Medalla Carnegie, premio que reconoce al mejor libro infantil del año en el Reino Unido, y al que ha optado en otras dos ocasiones como finalista con su segunda novela, Framed (2005), y con Cosmic (2009), libro que también fue nominado al Guardian Children's Fiction Prize y al Roald Dahl Funny Prize. A lo largo de los años su trabajo ha sido reconocido en otros certámenes, tanto en el Reino Unido como en Alemania y Francia. Otros títulos infantiles en su bibliografía son: The unforgotten coat (2011), y la serie de libros de Chitty Chitty Bang Bang, continuaciones del clásico de Ian Fleming. Desde 2012 es profesor en la Universidad Hope de Liverpool, año en el que alcanzó fama mundial al escribir el guión de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres junto a Danny Boyle. Al año siguiente, Cottrell-Boyce fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Edge Hill University. En la actualidad, reside y trabaja en Liverpool junto a su esposa y siete hijos.
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CASI ME MUERO AFEITÁNDOME
Desde que sabía que el Vello Facial Prematuro estaba ahí, no podía dejar de pensar en él, aunque apenas podía verlo. Me picaba y me daban ganas de toquetearlo. Y si lo toqueteaba y la gente lo advertía, me gritaban: «¡Licántropo!», y cosas peores. Por eso decidí deshacerme de él.
Ataqué los pelillos marrones con la maquinilla de afeitar de mi padre, la cual, en efecto, se deshizo de ellos. Pero, para mi desgracia, también se deshizo de mucha sangre.
De la cara empezó a caerme una especie de diluvio sanguinolento. Como no sabía qué medidas tomar, me apreté la barbilla con una toalla, me puse a rezar para no morir y seguí apretándome la barbilla y rezando durante una hora, más o menos. Cuando tuve la impresión de que ya estaba muerto, mamá me llamó para que fuese a cenar. Al bajar, me dijo:
–¿Qué te ha pasado? Parece que te hayas escaldado la cara.
–Se ha afeitado –adivinó papá.
–¿Qué? –exclamó mamá–. ¡Eso es imposible! ¡Todavía es muy niño para afeitarse! ¡Pero que muy niño!
–Sí. Es demasiado joven para que le crezca barba –afirmó papá, tras lo cual me enseñó a afeitarme de un modo menos arriesgado para mi vida–. Lo malo –me dijo– es que, ahora que ya has empezado, vas a tener que continuar. Los pelos irán endureciéndose a medida que te los afeites.
Con lo cual ya no tengo pelillos marrones, sino una especie de escobilla como la que se utiliza en el retrete.
–Liam, debes dejar de crecer a tanta velocidad –dijo mamá–. Aún no estoy lista para quedarme sin mi niño.
Mamá le dio tantas vueltas a la cuestión que terminó por llevarme al médico, quien dictaminó que no había por qué preocuparse. Mamá, sin embargo, se preocupó aún más. Solicitó una visita al especialista.
–¿Especialista en qué?
–Bueno, sabrás algo de esa gente, ¿no? Esa que crece demasiado rápido. Se les cae el pelo durante la adolescencia y después se llenan de arrugas y parecen viejos a pesar de tener tan solo veinte años.
Era la primera vez que oía hablar de algo así. Debió de advertir mi gesto de terror, porque añadió:
–Son casos muy infrecuentes. Pero se dan. Lo habrás visto alguna vez en internet, ¿no?
Sentí un gran alivio cuando el médico dijo:
–No, lo cierto es que no sé nada de eso, la verdad. Si quiere, puedo enviarlo a un especialista en huesos del hospital infantil.
En el hospital me hicieron escáneres y análisis de sangre. Incluso me regalaron una pegatina, por ser tan valiente. Me llevaron a ver al especialista, y después al especialista especial. Ambos dijeron que era normal. Completamente normal. Normalísimo. Anormalmente normal. Pero alto.
–Es solo un niñito –sentenció mamá–. Está creciendo demasiado deprisa.
–A todos nos pasa lo mismo con nuestros hijos, señora Digby. Lo importante es recordar que sigue siendo un niño a pesar de que parezca mayor. El hecho de que ya no le sirva la ropa de la sección infantil no implica que haya dejado atrás la infancia. Los niños crecen a ritmos diferentes. En especial, a estas edades. Liam: puede ser que, después de las vacaciones de verano, descubras que tus amigos han pegado un estirón y que ya no eres el más alto de la clase.
–Podría ser, fíjese –opinó mamá–. Su padre fue alto en el colegio. Y mírelo ahora. Está muy por debajo de la media.
–Un poco por encima, en realidad –replicó papá.
–En realidad, por debajo.
–Muy poquito, cierto, pero por encima.
–Ya hablaremos de esto en otro momento –dijo mamá, que es lo que siempre dice cuando quiere que te calles.
El especialista especial tenía parte de razón con lo de los estirones. Tras el verano, casi todos habían crecido.
Yo incluido.
Cuando mamá quiso marcar mi altura en la tabla de «Mira como crezco» de la cocina, tuvo que subirse a una silla.
–¡Ah! –exclamó–. ¡Has pegado un estirón!
–Dieciocho centímetros no es un estirón. ¡Es una mutación!
En mi primer día en el instituto de secundaria de Waterloo, observé que era el más alto de mi curso.
Ya no me servía el uniforme que mamá me había comprado a principios de verano, por lo que hizo falta que me fabricaran una chaqueta de talla extra grande. Durante las primeras semanas me dieron un permiso especial para poder vestirme con ropa normal.
Cuando fuimos a buscar el bono del autobús escolar, la señora de la oficina no se creía que tuviese edad de ir al colegio, así que tuvimos que regresar a casa y buscar mi certificado de nacimiento. A la mañana siguiente, la conductora del autobús tampoco quiso creerse que aquel fuese mi certificado de nacimiento, así que tuve que bajarme y llamar a mamá, que vino y le explicó al conductor del siguiente autobús que yo era extraordinariamente alto para mi edad.
–No se trata de la altura, guapa –dijo el conductor–. Lo raro es la pelambrera.
–¿Esto va a repetirse todas las mañanas? –preguntó mamá.
–Hasta que nos acostumbremos.
Finalmente, mamá realizó los trámites necesarios para que me hiciesen el pasaporte. Me lo metí en el bolsillo, dispuesto a enseñarlo si alguien volvía a poner en duda mi edad.
–Así te ahorrarás muchos problemas –indicó papá.
Hay que ver hasta qué punto podemos equivocarnos.
Papá también me dio su viejo teléfono móvil, de manera que si volvía a perderme –como en Tierra Encantada–, me encontraría realizando una llamada. Su teléfono tiene instalado el DraxWorld. Por si no lo sabes, es un programa que indica en qué lugar estás, cómo ir a cualquier lugar desde cualquier otro sitio, y proporciona imágenes por satélite, en directo, de cualquier zona del globo. Puedes ver volcanes en erupción. Maremotos. Incendios forestales. De todo. Papá lo usaba para ver cómo estaba el tráfico en la circunvalación.
Aquel primer día de clase estuve entretenido con DraxWorld durante todo el trayecto del autobús. Estuve viendo parques temáticos y de atracciones. Descubrí Oblivion en Alton Towers, Space Mountain en Eurodisney, Terror en Camelot, Thunder Dolphin en Tokio… y mucho más. Mientras el bus avanzaba por Waterloo Road tecleé «Waterloo». Quería saber si podría obtener una imagen por satélite de mí mismo viajando en el autobús. Pero la pantalla se llenó de miles de opciones. Hay Waterloos por todas partes: Waterloo Station, en Londres; puerto de Waterloo, en Sierra Leona; el Waterloo de Bélgica. Se podría dar la vuelta al mundo saltando de Waterloo en Waterloo.
Encontré Waterloos con cascadas, Waterloos en la selva, Waterloos en montañas nevadas y Waterloos con playas de arena blanca. Me preguntaba qué diría alguien para explicar en cuál de aquellos Waterloos vivía: «Sí, Waterloo, pero no el de la gran playa, ni el de las infinitas llanuras heladas de Siberia, sino el del paso elevado a tiro de piedra del centro comercial New Strand».
DraxWorld detalla las direcciones para ir a cualquier parte, así que todo se vuelve bastante sencillo. Si fueras un adulto de verdad y no un niño con pelos en la cara –si fueses papá, por ejemplo–, lo único que tendrías que hacer sería llenar de gasolina el depósito del coche, girar a la izquierda, girar a la derecha, seguir recto y, sin más, llegarías a las playas de arena fina, a las montañas nevadas o a los arrecifes de coral. En serio: los mayores no saben aprovecharse de su condición.
Al llegar al colegio, la señora Sass (la directora) me vio en la conserjería y dijo:
–Esto… ¿Tom?
–Liam.
–Sí, claro. Soy Lorraine. Ven por aquí.
Recuerdo que me gustó que se presentase por su nombre y no por su apellido. Qué agradable. La señora Kendall, del Juana de Arco, jamás habría hecho una cosa así.
«Lorraine» me llevó a la sala de profesores y comenzó a presentármelos a todos. Sin excepción, me dieron la mano y dijeron que era un placer conocerme. ¡Qué cole tan cortés!, pensaba yo. ¿Harían lo mismo con todos los niños nuevos? Debían de consumir un montón de tiempo en aquello. Después, Lorraine me señaló y dijo:
–Atención, todos. Este es Tom… no, Liam, Liam Middleton, nuestro nuevo director del departamento de humanidades.
Debí sacarla de su error sin perder un instante, pero alguien me dio una taza de café y una galleta de vainilla y me invitó a sentarme en un sofá comodísimo, con lo cual decidí que se lo diría después de haberme comido la galleta.
–Esta mañana tenemos reunión de presentación con los alumnos –anunció Lorraine–. Te subiré al estrado y te daré a conocer a todo el colegio. ¿Quieres que diga algo en particular sobre ti… como, por ejemplo, de qué equipo eres o si tienes alguna afición?
Imagino que era un buen momento para decir: «Lo curioso del caso es que no soy un profesor. Soy un alumno de secundaria». Viéndola tan feliz, se me ocurrió otra cosa.
–Me gustan los juegos de rol multijugador masivo on line.
Me miró con desconcierto.
–Como World of Warcraft –le expliqué–. Ya sabes. Tienes un personaje que tiene habilidades y cumple misiones.
–Ah –contestó Lorraine–, habilidades....




