E-Book, Spanisch, 431 Seiten
Forte Dos
1. Auflage 2018
ISBN: 978-88-7304-860-2
Verlag: Tektime
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, 431 Seiten
ISBN: 978-88-7304-860-2
Verlag: Tektime
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Dos vidas que se cruzan cada mañana en el bar. Dos miradas que dicen mucho más que las palabras y que inician al tiempo una 'no relación' hecha de juegos y seducciones, más allá de las formas habituales de cortejo. Dos protagonistas que nos harán entrar en sus vidas a través del pasado y de los cinco sentidos en el presente.
PUBLISHER: TEKTIME
Weitere Infos & Material
CAPÍTULO 7
AROMAS REDESCUBIERTOS
Me siento emocionado como un niño que se encuentra delante de los regalos de Navidad, aunque solo tengo en la mano el papel vacío del chocolate, pero todavía con el aroma del contenido, que continúo oliendo una y otra vez a lo largo del camino, como preso de un irrefrenable deseo de permanecer en contacto con ella a través de mis sentidos redescubiertos. El gusto, una de las cosas que usamos casi siempre sin darnos cuenta, o solo para escoger qué comer según nuestras preferencias. No me había parado nunca tan a fondo a percibir el verdadero sabor de una cosa de comer, mucho menos de algo tan pequeño y sutil como puede ser un bombón que se deshace en la boca en menos tiempo de lo que se dice. Como un orgasmo intenso pero muy breve de los sentidos, el pequeño dulce con un regusto a vainilla me ha conquistado, mientras el sabor del café se juntaba a la experiencia en las papilas gustativas. Si hubiera sabido que iba a probar estas fuertes sensaciones, habría puesto el chocolate a la vainilla que me dio mi misteriosa A. entre las experiencias que debo tener al menos una vez en la vida. Hasta hoy solo eran lanzarse con un ala delta, algo que haré solo después de haber vencido mi batalla contra el vértigo, viajar a Japón, dormir en una cabaña aislada en medio de la nieve (esta es la más fácil de realizar, aunque no he tenido tiempo de darme este capricho) y tantas otras pequeñas cosas que ahora, frente al chocolate, se han convertido realmente en menos que nada. Casi lamento habérmelo comido todo, no he tenido la rapidez de pensamiento de dejar al menos una esquina para poder saborearla en la tranquilidad de la tarde en casa, tal vez poniendo algo de música de fondo para saber cómo seguir este juego y obtener la inspiración precisa. Vuelvo rápidamente a mi apartamento, ya que tengo que trabajar en las fotos y llevarlas a imprimir antes de que cierre la tienda esta tarde. Debo mandárselas a un amigo que me las ha encargado y tengo que darme prisa porque es muy probable que nos vemos mañana para el partido semanal de tenis en su club. Paso la mañana de modo mecánico, desarrollando luces y contrastes sin ni siquiera darme cuenta. Pruebo efectos, retoco los espacios vacíos, quito el color, dejándolo solo en algunos objetos de la foto. Veo nacer de fotografías banales imágenes con más dimensiones, dispuestas a contar algo que ha ocurrido realmente, coloreando con detalles mínimos que deben fijarse en la mente de quienes las vean. Por eso amo mi trabajo, por dejar algo concreto que queda en la memoria de un evento, una ocasión, un rostro, una sensación lista para reaparecer cada vez que se toma esa foto en la mano. Después de varias horas delante del ordenador saco del bolsillo del vaquero el papel del bombón, ya muy arrugado. Lo pongo en la repisa, junto a un puñado de granos de café, capturando la luz solar que se filtra por las persianas entornadas y comienzo a tomar foto tras foto, desde todos los ángulos, para conseguir colores siempre distintos y fondos que puedan destacar su significado. Tal vez un día se las enseñe, ya veo mis fotos en mi exposición personal, con el papel del bombón que destaca en medio de mis otras fotos, casi devolviendo el sabor del cacao y el aroma intenso de la vainilla y del café a moler. Entre una foto y otra me viene a la cabeza mi próximo movimiento y corro al PC, guardo las fotos a imprimir en un pen drive y bajo las escaleras, girando en cada piso a toda prisa por miedo a perder el momento justo. Llego a la planta baja sin ponerme todavía el abrigo, que me pongo y abotono cuando estoy en la calle. Primero paso por la imprenta para que, mientras imprime las fotos en el formato solicitado, pueda continuar dando vueltas para formarme mi idea. Luego entro en la tienda de telas más cercana donde compro un metro de cinta verde oscura, el mismo verde del vestido que llevaba el otro día. Poco después, en una tienda de cosas de casa compro un aceite de esencias para diluir en agua, con un aroma de flores del campo. Solo con olerlo veo delante de mí inmensas praderas, con un cielo azul encendido y nubes blandas y cargadas sobre la cabeza, con la ligera brisa que lleva a mi alrededor el olor de las florecillas. Vale, esa es la sensación que quiero pasarle y, junto al olor, he pensado que incluiré un papel con algo escrito por mí que le pueda orientar en este aluvión de sensaciones que estoy sintiendo ahora mismo. En la misma tienda compro un pequeño envase de vidrio, donde podré mezclar gotas de la esencia con agua fresca de su casa. Meteré todo en una caja negra, con la tapa roja rematada con un lazo de seda, de un modo elegante y sencillo al mismo tiempo. Una vez fuera de la tienda, mi paso se ha hecho más silencioso y lento, mientras empiezo a pensar en lo que escribiré en mi papel. De vuelta en la imprenta, retiro las fotos y hago imprimir sobre una hoja corriente doblada en dos la fotografía del papel del bombón. Este será un pequeño cofre de mis pensamientos, que estará junto a las demás cosas dentro de la caja negra. Satisfecho y contento por mi idea y su correspondiente realización, vuelvo a casa dispuesto a enfrentarme a este fin de semana a la espera de que llegue el lunes, para mi habitual bocanada de oxígeno en el bar. Al llegar a casa, llamo a mi madre, que, como es habitual, solo responde después de que el teléfono suene tres veces. —Siempre me olvido de llevármelo cuando salgo, estaba en el huerto viendo si los perros del vecino habían hecho algún otro destrozo. Mi madre, siempre corriendo de un lugar a otro. Nunca descansa, siempre atareada con tantas cosas para hacer mientras lucha por todo el pueblo. Después de oír todas sus elucubraciones contra los vecinos que no son capaces de controlar a sus «animalejos», le digo que iré a verla el domingo. De repente, su tono de voz cambia y gracias a la buena noticia empieza a recitar las cosas que me va a cocinar y con voz más seria me reprende diciéndome que llegue pronto y así podremos comer pronto y dar un buen paseo por la montaña. —Ven con la moto, tengo ganas de subir al monte detrás de un chico guapo, mientras el viento me revuelve los cabellos. Siempre consigue sacarme una sonrisa y cuelgo pensando en todo lo que tendrá que hacer desde hoy hasta que llegue, con la alegría de pasar el día juntos, sin pensamientos ni preocupaciones de ningún tipo. Nuestros domingos juntos son siempre así, un tiempo solo para nosotros, que deja a las puertas el mundo y a lo que nos hace sentir mal. También ella los necesita, aunque siempre se muestre como una mujer fuerte y llena de vitalidad. Casi la veo en la noche, presa de sus pensamientos y del vacío a su lado en la cama. Con la mano entre la mejilla y la almohada, recogiendo las lágrimas húmedas y saladas que le corren silenciosamente sobe el rostro en la oscuridad. Trato de apartar este pensamiento de mi cabeza, al saberla tan lejana e indefensa en estos momentos, tanto que mi primer pensamiento sería el de ir hoy mismo y pasar unos días juntos. Al día siguiente me pongo mi ropa de deporte. Aunque no soy demasiado bueno jugando al tenis, me divierto mucho y trato de mantenerme en forma jugando una vez a la semana con los amigos del club, todos decididamente mejores que yo. Para adaptarme al grupo también me he comprado un equipo completo de tenis y al verme parezco casi creíble. Parece que el tiempo nos acompañará estos días y ya me veo en medio de los campos tomando un poco de sol tumbado en el prado y escuchando de mi madre todas las cosas que le han pasado los últimos días. Al club ya han llegado por parejas y me saludan agitando las manos en el bar, donde los encuentro y nos tomamos un café a la espera del resto del grupo. Hoy somos muchos y por eso hemos reservado dos campos, donde jugaremos por parejas. Antes de empezar los desafíos amistosos, reservamos una mesa para la comida. Este es uno de los grupos más diversos que he frecuentado nunca, pero también el más divertido con el que pasar un día. Está el abogado serio y trabajador que cuando entra en el campo se desbloquea completamente y se convierte en un bufón. Dos hermanos que tienen una tienda de informática y no hacen otra cosa que pelearse entre ellos, el padre de familia que en cuanto toma la raqueta recupera la conciencia de que existe también el tiempo para él, también el taxista que se estira la espalda después de una larga semana sentado en el coche y el contable que, cansado de números y cuentas, no quiere ni siquiera elegir en qué campo jugar. Y luego estamos Stefano y yo, amigos inseparables de toda la vida. Con nuestro juego un poco desorganizado empezamos a correr y a olvidarnos de nuestras propias vidas, para liberar la mente en esta hora que debe reavivar cuerpo y espíritu. Cuanto más sudo, mejor me siento. A veces llego tan cansado a estos partidos que casi me voy antes de entrar en el vestuario, pero luego empiezo a jugar y todo cambia. Las piernas se vuelven ligeras y, a pesar del cansancio después de una semana de inactividad, casi parece que todo el estrés y el cansancio queden fuera del cuerpo. Todo acaba luego arrimados a la mesa y recuperando lo poco que se puede eliminar durante solo una hora de deporte a la semana. Pero también se necesita esto, más para el espíritu que para cuerpo, mientras volvemos a conversar sobre las diversas vicisitudes de los días anteriores, entre risas y comentarios comunes. Un día que hace de preludio al domingo en el campo, mi domingo. Me levanto pronto para no perder ni un momento de las primeras horas del día, cuando la ciudad dormita y las campanas no han empezado todavía a llamar a los fieles a la iglesia. Salgo de casa sin tomar el desayuno, aguantando el estómago que se queja a la espera de...




