E-Book, Spanisch, 450 Seiten
Gross La aldea perdida
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-124869-4-0
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 450 Seiten
ISBN: 978-84-124869-4-0
Verlag: Gatopardo ediciones
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(Nueva York, 1978) es escritor y periodista. Licenciado por el Dartmouth College, ha trabajado para el periódico judío The Forward y ha sido reportero del New York Post. Actualmente es redactor jefe del Commercial Observer. En 2008 publicó un libro autobiográfico titulado From Schlub to Stud: How to Embrace Your Inner Mensch and Conquer the Big City. La aldea perdida es su primera novela.
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2. Yankel
Por supuesto que cuando describí a Yankel Lewinkopf como un «huérfano», estaba empleando un eufemismo.
Era efectivamente huérfano en el sentido de que su madre había contraído el tifus y había fallecido antes de su octavo cumpleaños, y de que había crecido en varios hogares distintos. Vivió un año con una tía. Otro año con un tío. Y con su abuela hasta que tuvo la edad suficiente para empezar como aprendiz en la panadería de su primo.
Pero estaba claro que no era huérfano en el sentido de que su padre estaba vivito y coleando y era uno de los santurrones de Kreskol, aunque nadie pudiera afirmar con exactitud cuál de ellos era su padre.
Devorah Lewinkopf, la madre del muchacho, se había casado joven, y antes de cumplir veintiún años, su marido había desaparecido una noche de su alcoba. Había tenido la precaución de preparar una bolsa antes de su desaparición, pero ese era el único detalle que se conocía. A saber qué había sido de Yehuda Lewinkopf, pero dado que su marido no se había divorciado de ella y su paradero seguía siendo un misterio, el beit din dictaminó que Devorah tenía prohibido volver a casarse hasta que tuviera noticias de la muerte de su esposo o recibiera formalmente el get.
Pero a pesar de esta suerte bastante espantosa para una mujer llena de vitalidad y todavía en edad fértil, Devorah parecía sentirse a gusto con su nuevo estatus de aguná.20 De hecho, parecía más contenta que en los tiempos en que su marido era amo y señor.
Al principio nadie era capaz de adivinar el motivo de su alegría, pero con los años cayeron en la cuenta de que prácticamente se había apartado por completo de la compañía de otras mujeres. Vivía sola en una casita en los confines de Kreskol, ganándose la vida sin tener que recurrir a tejer, lavar u hornear ni tan siquiera una cesta de galletas para venderlas en el mercado. Al cabo de unos años, cuando las demás mujeres de Kreskol se fijaron en los ojos con que la miraban los hombres, Devorah se convirtió en una persona despreciada por muchos.
De ella decían que seducía a los jóvenes, que propagaba las enfermedades, que destruía la moralidad. La llamaban payasa blasfema, puta promiscua de la que no podía salir nada bueno.
Hasta hoy mismo, años después de que los gusanos hubieran acabado con el banquete de los restos que quedaran de Devorah Lewinkopf, si le preguntaras a alguna de las ancianas por ella, respondería con mirada resentida y ceño fruncido ante la mera mención de su nombre.
No era una criatura especialmente alta. Tenía la piel oscura, el pelo negro azabache y una lengua viperina que utilizaba para contar chistes, maldecir, jurar, susurrar palabras de cariño y entonar cancioncillas que ruborizarían al cochero más pintado de Varsovia. (Con la lengua también era capaz de hacer otras cosas de las que rara vez se hablaba y, si se hacía, era en voz muy baja.) Pero era innegable que había algo que encandilaba en sus ojos oscuros, que refulgían con diabluras secretas.
Y las diabluras lograban el efecto buscado. No era raro que dos muchachos de la yeshivá se chocaran de bruces durante las noches sin luna justo delante del jardín de Devorah Lewinkopf. Por lo general se asustaban tanto que corrían despavoridos en distintas direcciones, y no se les veía de nuevo hasta por la mañana. Aunque aquello no les impedía regresar a la casucha de Devorah más adelante.
Cuando querían ser groseros, y estaban totalmente seguros de que ni el rabí ni el ayudante del maestro andaban cerca, los muchachos de la yeshivá hablaban entre ellos de «la guarra de Devorah», de sus pechos carnosos y sus pezones marrones. De su culo redondo. De la mata de pelo entre sus piernas que olía a almizcle y lo dejaba a uno con las rodillas flojas y la cabeza tonta después de inspeccionarla.
Parte de lo que contaban era inventado, todo hay que decirlo. Te tomaban por menos hombre si no habías pasado alguna vez por casa de Devorah, y no todos los alumnos tenían el valor de hacerlo. En algunos casos, a mitad de la visita, al muchacho en cuestión se le aparecía el espíritu de unos abuelos fallecidos hace mucho o de una madre decepcionada, y, con las lágrimas deslizándose por las mejillas, le suplicaba a Devorah que no le contara a nadie nada de lo que había sucedido entre ellos. Después se escabullía de allí, pero no sin antes dejarle uno o dos eslotis en los bolsillos.
Pero otros no estaban en absoluto contando cuentos. Habían hecho el esfuerzo de desembolsar el dinero necesario para que sus historias sobre Devorah fueran al menos en parte ciertas.
Cuando murió, la enterraron en un terreno fuera de los muros del pueblo, donde se plantaba a los bastardos, las putas y los ladrones de Kreskol; y la gran mayoría de las esposas y las madres de nuestro pueblo opinaron que nos habíamos quitado un buen peso de encima, y que ninguna otra mujer del pueblo se había ganado tan a pulso acabar así.
Al hecho de que dejara desamparado a un niño pequeño, que era de buen corazón e inteligente, no se le dio demasiada importancia.
No obstante, conste aquí que su bastardo, Yankel, era justo lo contrario a ella en casi todos los sentidos; y las mujeres de Kreskol deberían haber sido más compasivas con el desdichado chico. Si la madre había sido pícara e impúdica, su hijo era extraordinariamente decoroso y educado. Tenía la bondad alegre de su madre, pero poco de su carnalidad. Al menos nada que alguien pudiera detectar. Se creía que no solo no sabía nada del modo oscuro en que su madre se ganaba el pan, ni de su vergonzoso sobrenombre, ni de los hombres adultos que entraban y salían a hurtadillas de su casa a altas horas de la madrugada, aunque probablemente no lo habría entendido ni siquiera si uno de los demás niños hubiera sido lo bastante indiscreto como para mencionarlo en su presencia.
En efecto, la mayoría de los muchachos de la jéder tenía la teoría de que la principal diferencia entre Yankel y su madre radicaba en el hecho de que él era un imbécil que no se enteraba de casi nada.
Lo cual era muy probablemente falso. Aunque nunca llegara a estar entre los mejores de su clase, a decir verdad Yankel Lewinkopf tampoco estaba entre los peores. Era capaz de memorizar el Talmud y la Jumash y de recitarlos bastante bien. (Sus maestros, que más o menos suponían lo mismo acerca de su intelecto, a menudo se sorprendían de que respondiera a sus preguntas a la perfección y con una rapidez patente.) Y aunque tuviera fama de inocente, es probable que eso también fuera una exageración.
Cuando la conversación viraba hacia el sexo femenino, como ocurre entre los chicos de cierta edad cuya imaginación debe suplir los detalles que todavía no se han obtenido mediante la experiencia, no se tapaba los oídos ni les volvía la espalda, ni tampoco se ponía rojo de vergüenza, como hacían los niños más repipis. No era tonto, sino más bien reflexivo. Escuchaba las procaces verdades a medias sobre las mujeres que sus compañeros se contaban cuando estaban solos, y se guardaba sus opiniones. Pero seguro que pensaba algo al respecto.
Por suerte, aquella imagen equivocada de niño inocente y simple impedía que los demás se burlaran de su madre delante de él. Creían que no entendería las tomaduras de pelo. La única vez que Falk Goreman, el alumno más corpulento de la jéder y dos años mayor que Yankel, le gritó «¡Oye, Lewinkopf! ¡Me parece que me he olvidado los tzitzit 21 en la cama de tu madre!», el incidente no acabó bien.
Yankel puso cara de desconcierto ante las palabras de Goreman.
—¿Qué quieres decir?
—Adivínalo.
Yankel se quedó mirando al enorme y pesado Goreman, que ahora prestaba atención a los demás muchachos y no a él. Luego se dirigió a zancadas hacia su némesis, le dio un toquecito en el hombro y dijo:
—¿Me puedes repetir lo que has dicho?
—He dicho que me parece que anoche me olvidé los tzitzit en la cama de tu madre, cuando me pasé a hacerle una visita. —Goreman sonrió, sin inmutarse—. ¿Por qué no te portas como un niño bueno, vas corriendo a casa y me los traes?
Los demás niños dejaron lo que estuvieran haciendo para ver la escena.
Quienes presenciaron el incidente afirmaron que, durante el minuto siguiente, todos los críos sintieron cómo el corazón les latía con fuerza en el pecho. Se había lanzado un reto, y todos los niños se preguntaron si Yankel recogería el guante. Algunos esperaban que en cualquier momento se echara a llorar. Otros supusieron que era demasiado bobo para darse cuenta de que lo habían insultado. Unos cuantos se esperaban que saliera corriendo en busca del rabí. Y un puñado tenía la esperanza de que Yankel propinara el primer puñetazo, lo que daría lugar a la posterior paliza por parte de Goreman, algo que fascinaba macabramente a todos los niños. Todos y cada uno escrutaron la cara de Yankel en busca de alguna pista que les mostrara qué ocurriría a continuación.
Hubo paliza, pero no se la dieron a Yankel. Fue Yankel quien la dio.
Se abalanzó sobre Goreman tan deprisa que nadie tuvo tiempo de detenerlo. Sus manos agarraron el cuello de Goreman con todas sus fuerzas.
Los demás niños se abalanzaron sobre ambos e intentaron separar a Yankel a tirones, pero fue en vano. Sus manos sujetaban con firmeza el cuello...




