Hedman | Trío | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 345 Seiten

Hedman Trío


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-124869-1-9
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 345 Seiten

ISBN: 978-84-124869-1-9
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Un debut deslumbrante que aborda la última década como si fuera una época pasada. Visiones distintas del amor y la clase social confluyen en un trío amistoso. Mundos distintos confluyen en el trío amistoso y sentimental que da título al deslumbrante debut de Johanna Hedman: Thora pertenece a la vieja élite social de Estocolmo, August estudia Publicidad pese a sus inquietudes artísticas, y Hugo es un joven de origen humilde que acaba de mudarse a la capital. Thora y August han sido inseparables desde la infancia y ahora son amantes ocasionales, pero su relación empieza a zozobrar cuando Hugo aparece en sus vidas. Éste, a su vez, siente una mezcla de fascinación y perplejidad ante los privilegios de un medio social cuyos códigos desconoce. A lo largo de dos años inolvidables, los tres compartirán una amistad plena de intensidad y erotismo, de fiestas en casas de amigos, conversaciones interminables en bares y paseos en bicicleta durante las noches de verano. Sin embargo, visiones contrapuestas del amor, la clase social y la identidad amenazan con romper el frágil equilibrio del trío, que se sostiene sobre una red de silencios, gestos y anhelos a medio formular. Narrada entre Estocolmo, París, Berlín y Nueva York, Trío plasma con gran elegancia y sutileza psicológica el sentimiento de alienación y la sed de afecto que conforman aquellos años de juventud que algún día recordaremos con una aguda conciencia de la irreversibilidad del tiempo. La crítica ha dicho... «Trío carece de la pose cínica imperante en tantas historias de amor ambientadas en grandes urbes y escritas por jóvenes autores. Aborda emociones sutiles pero profundas, no tediosas citas de Tinder.»Arbetarbladet «Un debut contundente. Hedman describe a sus personajes con sensibilidad y precisión, pero lo que da dinamismo a la novela es el modo en que logra convertir nuestro presente en un objeto de memoria.»Tidningen VI «Deslumbrador debut literario.»Anna Carreras, Diari ARA «Me ha gustado muchísimo. Me ha hecho llorar.»Isabel Coixet «Un llamativo bautismo literario donde traza con precisión los ángulos del amor, mira de frente a ese totum revolutum al que llamamos juventud, y ofrece un retrato punzante y entretenido de la clase alta sueca.»Zenda

(Estocolmo, 1993) tiene un máster en Estudios de Paz y Conflictos por la Universidad de Uppsala y es licenciada en estudios literarios y relaciones internacionales. Ha trabajado en el grupo de políticas de seguridad de la delegación sueca en la ONU en Nueva York, y ha colaborado con organizaciones de derechos humanos en la India y Suecia. Trío, su primera novela, ha levantado muchísima expectación internacional y ha sido adquirida por siete sellos extranjeros antes incluso de ser publicada en Suecia.
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Frances llama un día a finales de abril y le pregunta si puede pasarse por ahí la próxima semana. Lo dice así —pasarse por ahí— como si se tratara de pasar a tomar un café por la tarde, a pesar de que se encuentran cada uno a un lado del Atlántico. Habla agitada y él casi puede imaginársela: las mejillas enrojecidas, el pelo alborotado por el viento, probablemente con una cazadora vaquera demasiado fina. Ha encontrado billetes baratos a Nueva York y recalca que es un vuelo directo, como si él debiera felicitarla por el hallazgo. No la ha visto desde hace mucho tiempo y le dice que será bienvenida, por supuesto. Le pregunta si quiere quedarse a dormir en su casa, pero Frances contesta que se va a alojar en casa de unos amigos. Se hace un silencio. Él comprende que ella no ha llamado solo para quedar a tomar un café.

—Hay una cosa de la que me gustaría hablar contigo —dice ella.

—¿Ah, sí? —pregunta él—. ¿De qué?

—De mi madre.

—Frances —dice él, pero no continúa, espera que ella repare en la pesada pronunciación de su nombre.

—Lo sé, lo sé —contesta ella—. Por eso no quiero hablarlo por teléfono.

Puede oír por el tono de voz que ella levanta la mano y la separa un poco del cuerpo, como si estuviera agarrando en el aire algo invisible. Siempre se ha preguntado si ese es un gesto que aprendió de niña en las escuelas privadas de Francia, parece demasiado afectado para haber sido inspirado por el temperamento frío de Estocolmo.

—¿Se está muriendo? —pregunta con sarcasmo.

—No.

—¿Enferma?

—No.

—Pues ya está —corta él—. Te recibiré con mucho gusto cuando estés aquí, pero no quiero hablar de Thora.

—Estoy preocupada por ella.

—Probablemente no querrá que hables conmigo de ella.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Aunque Frances no puede verlo, él niega con la cabeza. El ordenador está encendido encima del escritorio, pero la pantalla se ha apagado. Toca el panel táctil con el dedo, aparece un documento vacío y lo mira unos segundos antes de bajar la pantalla.

—Tú la conoces —dice Frances.

—La conocí.

Oye la respiración de Frances y el ruido del tráfico al fondo. Intenta imaginársela en algún lugar del centro de Estocolmo, pero ya no está seguro de si esos lugares existen o si no son más que una amalgama de recuerdos de una ciudad bajo una extraña luz azul, como en las antiguas postales.

—No vendrás aquí para eso, ¿verdad? —pregunta él.

—No —responde ella.

—¿Estás enfadada conmigo ahora?

—No cruzo el Atlántico para hablar contigo de mi madre.

—Está bien.

—¿Todavía quieres verme?

—Sí, claro que sí.

—Nunca se sabe.

No le gusta que ella diga eso, pero no protesta.

—Llámame cuando estés aquí —dice él antes de colgar.

Han pasado varios años desde que Frances llamó a su puerta por primera vez. Él abrió y Frances dijo:

—Hola.

Y luego:

—Creo que tú conociste a mi papá.

Él no preguntó quién era su padre. No hacía falta. La dejó entrar.

Frances era estudiante de intercambio ese año. Al principio se alojó en casa de unos primos de Thora, luego se mudó a una residencia de estudiantes en el Upper West Side. Le contó que no conocía a nadie en Nueva York excepto a los primos de Thora. Estaba sola.

Él se acostumbró a la presencia de Frances en su vida. Por las tardes, ella tomaba el metro hasta su casa y se sentaba en la sala de estar o en la cocina y estudiaba hasta la noche. Le dijo que se concentraba mejor en su casa que en la residencia de estudiantes. Él le dio una llave de su apartamento. Le gustaba llegar a casa después del trabajo y encontrarla en el sofá o en la mesa de la cocina rodeada de libros de texto, cuadernos y rotuladores. Por la noche solía pagarle el taxi de vuelta a la residencia. Los domingos la invitaba a cenar en un restaurante y entonces ella engullía como si no hubiera probado un plato de comida de verdad en toda la semana. La joven le hacía preguntas sobre August y él trataba de responderlas lo mejor que podía, pero hacía muchos años que no hablaba de August y tenía la sensación de que sus respuestas no eran tan exhaustivas como Frances esperaba. No se atrevía a preguntar nada acerca de Thora. Por lo que Frances dijo de pasada entendió que estaba casada con un francés con el que tenía dos hijos. Seguía viviendo en Estocolmo.

Presentó a Frances a sus amigos y la invitaba a casa cuando organizaba cenas. Cuando le hacían preguntas sobre Frances, él solía responder honestamente que era hija de unos viejos amigos de su época de estudiante, pero no dio más detalles y ellos quedaron satisfechos con la escueta respuesta. Sus amigos eran de fuera, algunos de ellos de otros países, y no tenían por costumbre preguntarse unos a otros por su vida anterior. En esa época, él vivía en un pequeño apartamento donde el tablero de la mesa se asentaba sobre unas patas desvencijadas, lo cual hacía que cada comida se convirtiera en un acto de equilibrismo, pero a sus amigos les gustaba reunirse en su casa porque el lugar era un punto de encuentro donde confluían las diferentes líneas de metro de todos ellos. Al final de la noche solían trepar desde las ventanas hasta la escalera de incendios para fumar mientras hablaban, divertidos, de mudarse a algún lugar donde los edificios parecieran menos casas de cartón a punto de derrumbarse. Él prohibió a sus amigos que invitaran a Frances a fumar maría o cigarrillos. A ella le gustaba sentarse a un extremo de la mesa y escuchar los chismes de los amigos acerca de sus compañeros y jefes. Cuando él la miraba desde el otro lado de la mesa, a veces le daba un vuelco el corazón, era como girar un caleidoscopio con imágenes que recordaba, hasta que las figuras se fusionaban y él se topaba con la continuación de algo que creía que había dejado atrás hacía años.

Cuando terminó el curso escolar de Frances, él la ayudó a dejar la residencia de estudiantes. La llevó al aeropuerto, con el maletero lleno a rebosar, y ella volvió de nuevo a Europa. Él pensó entonces que todo volvería a la normalidad, algo que de alguna manera también ocurrió, aunque la chica dejó tras de sí un nuevo tipo de silencio en el apartamento.

Frances trabaja ahora de periodista, aunque se ven muy pocas veces. Ella lo llama con frecuencia para hablarle de los artículos que va a escribir, de los que quiere escribir y de los que no consigue publicar. Cuando escribe en sueco, a veces le lee párrafos enteros y al terminar, le pregunta: ¿Está bien escrito? ¿Se puede decir así en sueco? Le resulta gracioso que se lo pregunte esta niña trilingüe, que cambia de idioma con una facilidad pasmosa, más o menos como si se quitara la ropa a toda velocidad, se pusiera el nuevo jersey del revés y no se diera cuenta hasta no haber salido por la puerta. Él le suele responder que no es la persona adecuada a la que debe preguntar, que ella es una de las pocas personas con las que él aún habla sueco. Si ella, aun así, insiste, él intenta decir la frase en silencio, para sí mismo, tratando de detectar si hay errores, aunque ya no pueda percibir instintivamente fallos en el uso de las preposiciones o errores de sentido. Responder a las preguntas de Frances es como tratar de recuperar la movilidad en una mano entumecida. Nunca le da a entender lo incómodo que se siente.

Una vez, de camino al trabajo vio a Thora. O al menos pensó que era ella la que estaba en el metro, en el andén contrario: abrigo rojo, cabello suelto, absorta mirando en el móvil, con una mano apoyada en el bolso colgado del hombro. Con el rabillo del ojo vio que se movían ratas gordas y grises por las vías del metro mientras intentaba verla mejor entre las traviesas que separaban los andenes del metro. ¿Era ella? Comenzó a tener sudores fríos, el corazón se le aceleró en el pecho, pero el resto del cuerpo se le quedó paralizado. Se le había olvidado cómo se podía sentir o, mejor dicho, si se podía sentir algo.

No era ella.

Era ella.

Estuvo esperando a que ella levantara la vista, solo necesitaba vislumbrar su rostro para estar seguro. Luego, un convoy entró estruendosamente en la estación y cuando arrancó de nuevo la mujer del abrigo rojo ya no estaba. Durante los días que siguieron la buscó entre la multitud, en el ajetreo de las horas punta, levantaba la mirada por encima de las cabezas tratando de encontrar un ápice de algo rojo, algo que hiciera que su corazón palpitase. Pero no volvió a verla.

Por la calle puede pasar al lado de la gente y captar fragmentos de conversaciones en sueco y, durante unos segundos, llegar a preguntarse qué idioma es, antes de darse cuenta de que es su idioma. Algunas veces se sienta en bares y restaurantes junto a personas que hablan en sueco y los escucha en silencio con gesto impasible. Todo el mundo da por hecho que es norteamericano, y él piensa que, después de todo, nunca ha estado a la altura del estereotipo de un escandinavo. A veces...



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