E-Book, Spanisch, 288 Seiten
Serge Hombres en prisión
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-125773-1-0
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 288 Seiten
ISBN: 978-84-125773-1-0
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
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Victor Lvóvich Kibálchich (Bruselas, 1890-Ciudad de México, 1947), alias Victor Serge, nació en el seno de una familia de exiliados ruso-polacos. En 1912 fue encarcelado por su papel como agitador anarquista. Tras su liberación recaló en la Barcelona revolucionaria de la CNT. En 1919 viajó a Rusia y se unió a los bolcheviques. Su actitud libertaria y sus críticas a Stalin provocaron su expulsión del Partido y su breve detención en 1928. En 1930 fue arrestado de nuevo y deportado a Oremburgo. Gracias a las presiones internacionales y a las protestas de intelectuales como André Gide y Romain Rolland, pudo abandonar la URSS en 1936. Pasó el resto de sus días como un apátrida, hostigado por la pobreza y perseguido por la policía secreta rusa. Entre sus obras destacan Medianoche en el siglo (1939), El caso Tuláyev (1949) y Memorias de un revolucionario (1951).
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1. La detención
Todo aquel que haya conocido de verdad la cárcel sabe que su abrumadora influencia se extiende mucho más allá de sus muros materiales. Llega un momento en que el hombre cuya vida va a ser triturada por la cárcel siente, con una claridad terrible, que el presente desaparece y con él toda realidad, toda actividad, todo lo que constituía su vida, a la vez que se abre un nuevo camino por el que avanza trastabillando de angustia. Ese momento glacial es el de la detención.
El revolucionario que vive bajo la amenaza constante del presidio o el cadalso y que en mitad de una calle transitada siente de pronto que lo vigilan; el militante clandestino que, al regresar a casa por la noche, concluida su jornada de organización o periodismo, tiene la repentina sensación de que una sombra se pega a la suya, de que un paso decidido se superpone al suyo; el asesino, el ladrón, el contestatario, el hombre acosado por cualquier motivo, conoce bien la zozobra de ese momento, casi tan doloroso de presentir como de soportar, a despecho de toda valentía o presencia de ánimo. La única diferencia entre los cobardes y los que no lo son es que estos últimos, pasado el momento sin que un solo gesto haya delatado su conmoción, recobran el dominio de sí mismos. Los cobardes no se recomponen.
Yo he vivido ese momento más de una vez. Llegó en una ocasión tras cinco o seis horas de detención. Un policía de paisano había venido a buscarme a la redacción del periódico anarquista que yo dirigía. Se trataba, decía, de firmar el inventario de los objetos requisados aquella misma mañana durante el registro de mi domicilio. Yo entendí, pero no me sentí en absoluto alarmado. Porque la cárcel también es algo que llevamos dentro. Era un riesgo profesional con el que ya contaba y que no se me antojaba tan grave. En la jefatura de policía un rollizo inspector de la Sûreté, brutal de gesto y de palabra, me dijo con toda tranquilidad:
—Está usted en mi poder. Le van a caer seis meses de prisión preventiva, como poco. O suelta la lengua o le hago detener.
Detrás de él, a través de la ventana, vi a unos albañiles que estaban trabajando sobre un andamio. «Puede que esa sea una de las últimas cosas que verás en la vida», me dije, sin dar mucho crédito ni sentir ningún temor. Aún no había llegado el momento crítico.
—Deténgame —respondí, encogiéndome de hombros.
Así que me dejaron en aquella habitación espaciosa, con sus mesas y archivadores y sus diagramas antropométricos —«formas nasales, formas auriculares, cómo interpretar y elaborar una descripción»—, apaciblemente ocupado durante horas en leer varios periódicos de cabo a rabo, anuncios incluidos. Por la noche me llevaron al confortabilísimo despacho del subdirector de la Sûreté. Dos sillones de cuero frente a un gran escritorio, la luz tenue de una lámpara de mesa. Ante mí, en la penumbra, el semblante alargado, fino y regular del educado policía al que yo había guiado personalmente de la redacción a la imprenta aquella misma mañana. Me había tratado entonces con la prudente cortesía del buen sabueso que sabe que es preciso engatusar al adversario.
—Les entiendo perfectamente —me había dicho—. Conozco sus ideas. En los viejos tiempos también yo asistía a los mítines de F. Magnífico orador, magnífico orador… Pero ustedes han ido demasiado lejos, digo yo que no serán muchos…
Luego, de una ojeada fría, descuidada en apariencia pero rapaz, escudriñó las caras, los papeles, las cosas… e hizo detener a casi todo el personal.
En esta otra ocasión también se mostró muy amable. Parecía compungido incluso, pesaroso por tener que cumplir con su obligación. Insinuante, persuasivo, me incitó de nuevo a la delación.
—Lo sabemos todo. No podrá desvelarnos usted más que algún detalle circunstancial y ninguno de sus camaradas estará al tanto. Se ahorrará meses o años de cárcel. Ninguna clase de obligación moral le ata a esos miserables con los que, además, no tiene usted nada en común… ¡Vamos!
Fue entonces, mientras hablaba, cuando llegó el momento fatídico. En la penumbra del despacho yo no veía más que el ovalo pálido y sin brillo del rostro que tenía delante. Sentí una opresión en la garganta. Como dicen que les ocurre a los ahogados, vi sucederse en la pantalla de mi fuero interno, a una velocidad vertiginosa, una serie de imágenes deshilvanadas: una bocacalle, un vagón de metro, el andamio entrevisto horas antes. Las cosas se desvanecían. Respiré hondo e hice todo lo que pude por responder en un tono de voz normal.
—Enciérreme, pero sepa que tengo un hambre feroz. Les estaría muy agradecido si pudieran darme algo de cenar.
Era tarde, a esas horas lo tenía complicado. Pero en cuanto sacamos el tema me sentí otro hombre, más tranquilo, extrañamente libre y dueño de mí. El momento había pasado. Acababa de franquear el umbral invisible. Ya no era un hombre, sino un hombre en prisión. Un recluso.
Iba a pasar en la cárcel mil ochocientos veinticinco días. Cinco años.
Al cabo de unos meses, mientras registraba el domicilio de un tendero anarquista, aquel mismo policía llegó al umbral de un cuarto oscuro del fondo de la casa, con los postigos cerrados herméticamente. Audaz o, en todo caso, ajeno al peligro inminente, entró; al cabo de un instante se enzarzaba en un frenético cuerpo a cuerpo con el hombre al que andaba buscando, un bandido anarquista desesperado. Durante el forcejeo encarnizado que siguió, agarrados ambos y pataleando por el suelo, varios disparos a bocajarro pusieron fin a su carrera.
En otra ocasión, el momento fatídico me llegó en una ciudad dorada del Mediterráneo, un día de sol resplandeciente, de bochorno y de disturbios. Hacía semanas que vivíamos aguardando la batalla. Al caer la noche, multitudes nerviosas rompían en olas pausadas y oscuras contra el roquedal de la ciudadela. Por las calles, patrullas de camaradas en monos de trabajo se cruzaban en silencio con patrullas de gendarmes. Las cuatro de la tarde: la hora de calor, en tonos anaranjados. Las fachadas enlucidas de las achaparradas casas obreras, ocres por lo general, lucían rojizas; naranja o granate era la tierra de la calzada. Llegaba un rumor confuso de un bulevar cercano invadido por la muchedumbre, acordonado por las tropas y arrasado por las cargas policiales. Salí a paso rápido de una casa cercada por la policía, de la que acababa de huir uno de los cabecillas de la pujante insurrección. La alegría de su evasión palpitaba aún en mis venas. ¡Qué luz! Mi brusca salida llamó la atención de dos agentes de paisano, que me miraron de arriba abajo y vacilaron un momento antes de poner sus pasos en la senda de los míos, presurosos, cada vez más rápidos y cercanos… No había que mirar atrás. ¡Con solo que pudiera alcanzar la esquina! Mi pensamiento se concentró absurda y enteramente en la siguiente esquina, como si hubiera de brindarme una posibilidad de salvación inesperada. Una voz me llamó:
—¡Oiga! ¡Eh, oiga!
El hombre se encontraba ya a mi lado, escrutándome fríamente con sus ojos negros. Pronunció entonces la fórmula de rigor:
—En nombre del gobernador civil, le ruego…
Acudía ya el otro. Se me figuró que la calle se ensombrecía de pronto, que se cerraba en torno a mí. ¡El momento fatídico! Me puse de inmediato a preparar mentalmente una protesta enérgica.
Aquella vez me libré por las buenas. La policía local era consciente de la borrasca social que se les venía encima. Y tenía miedo. La fuerza obrera se respiraba en el ambiente. Un viejo oficial de policía muy pulcro, muy educado, me habló del esperanto —del que era un ferviente partidario— y me puso en libertad al cabo de una hora.
París, la guerra, a la espera de la movilización. ¿El campo de adiestramiento de Mailly? ¿El frente de Champaña? Etapas que será preciso quemar, con un poco de suerte: sería una verdadera pena quedarse en el camino. A lo lejos, la meta: la revolución que despliega sus banderas rojas en las calles de Petrogrado. Un día de ansiedad febril, a Kornílov le paran los pies. ¡La revolución vive y vivirá! Aquí, el viejo Clemenceau «hace la guerra»,1 según su consigna. Almereyda2 ha muerto estrangulado en la cárcel de Fresnes. Hay vigilancia, hay arrestos. Abundan los sospechosos y los soplones. Fin de la jornada, ropa de trabajo, placentera fatiga del atardecer. Al salir de casa de un amigo —sospechoso— me cruzo con un hombrecillo pálido, mal vestido, de mala catadura y mirada furtiva, una mirada furtiva que he percibido más de una vez en los últimos días. Para cerciorarme doy media vuelta y voy a su encuentro. El hombrecillo se escabulle. Me encuentro en uno de los rincones más cautivadores de París, una callejuela discreta entre altos edificios, un pasaje poco conocido que, según dicen, frecuentaba Balzac. La calle no está desierta esta vez. Un hombre espera ocioso al otro extremo. Otro se aleja a paso lento. Detrás de mí, en el pasadizo, el tercero.
Estoy fichado como «bandido» anarquista. Me está prohibida la entrada al país. Soy «ruso». Soy sospechoso. Anteayer —tras el encontronazo con la mirada furtiva— puse en orden mis papeles y dejé a un camarada instrucciones detalladas «en caso de arresto». Y ahora esta vieja y apacible callejuela...




