E-Book, Spanisch, 170 Seiten
Pritchett El temperamento español
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-17109-03-5
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 170 Seiten
ISBN: 978-84-17109-03-5
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
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Nació en Ipswich, Suffolk, Inglaterra, en 1900. Abandonó sus estudios a los dieciséis años. En 1923 comenzó a escribir para The Christian Science Monitor, y, a partir de 1926, publicó críticas en el New Statesman, del que luego sería director literario durante muchos años. Fue también un asiduo colaborador del New Yorker y el New York Review of Books. Con Alfred Hitchcock trabajó en el guión de su película Los pájaros. Murió en Londres en 1997. V. S. Pritchett escribió una extensa obra, desde cuentos, a los que debe su fama como escritor, por reflejar en ellos su irónica visión de la vida burguesa inglesa (The Spanish Virgin and Other Stories, 1932, o Blind love and Other Stories, 1968), hasta novelas (Nothing Like Leather, 1935; Dead Man Leading, 1949, o Mr. Beluncle, 1959), además de volúmenes de crítica literaria, biografías y libros de viajes. Cabe destacar también sus dos volúmenes autobiográficos: A Cab at the Door (1968) y Midnight Oil (1971).
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Capítulo I
Tomo estas notas durante esas dos horas de impaciencia que empiezan de buena mañana cuando el tren eléctrico sale de la villa de Biarritz. Estás hambriento e irascible, has dormido mal y te pones a fumar demasiado temprano y con nervios. En el pasillo, nadie tiene ganas de hablar después de una noche así. Las mujeres se recomponen el rostro y se peinan, los hombres están de pie y se rascan la barba que les ha crecido de ayer a hoy. El retrete huele mal. Contemplas las largas sombras del sol naciente en el pinar; ves el polvo, el verdor cubierto de rocío, las casas de tejados resecos, el campo generoso de clima amable, cielo ingenuo y vida sosegada. El sol de ayer aún calienta esos pueblos de terracota. Te encantaría disponer aquí de una casita de muñecas y calcular tu pensión y tus rentes treinta veces al día, como un francés, calmar tu agitada mente norteña con una conversación que consista básicamente en utilizar pronombres extraños, administrar con cuidado tus dineros, tus placeres y tus indulgencias.
Pero la visión prolongada de Francia aburre; sientes impaciencia por asistir al drama de la frontera y los violentos contrastes, por la insatisfacción y la indiferencia de España. Estás ansioso por poder constatar el famoso texto de Galdós en los Episodios nacionales, siempre tan citado:
Oh, España, ¡cómo se te reconoce en cualquier parte de tu historia adonde se fije la vista! Y no hay disimulo que te encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te desfigure, porque a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde cien leguas, con tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria, con la una mano empuñando laureles y con la otra rascándote tu lepra.
Para saber a qué nos enfrentamos deberíamos llegar a España en aeroplano y volar hasta su centro. Desde el aire, Inglaterra está atestada de casitas, si es que la tierra es visible a través de la bruma; Francia se extiende cual linóleo verde dividido en pequeñas y febriles parcelas, un país de campos fértiles; pero cuando atravieses la mancha oscura de los Pirineos, verás que España es de color marrón rojizo, amarillo y negro, cual toro polvoriento descansando sobre las rocas y la arena de un lugar que (suponemos) deshabitado. Los cauces de los ríos son anchos, descoloridos y resecos. Después de Suiza, éste es el país más alto de Europa. El centro es una meseta quebrada por barrancos y, en su superficie, las cadenas montañosas se yerguen en toda su extensión. Hay poco verde, salvo en la costa; o más bien ese verde consiste en el brillo oscuro de la encina, el olivo y el pino, que desde la altura a la que volamos aparecen como burbujas en forma de lago y color púrpura. Durante la mayor parte del trayecto, tenemos debajo una estepa, helada durante el largo invierno y ardiente como un horno durante el corto verano. Es un desierto fortificado, aunque la imagen animal no deja de aparecérsenos en este escenario metálico y rocoso, pues de vez en cuando un pico apunta repentinamente, cual cornamenta de toro, hacia las alas del avión. Mientras sobrevolamos España, nos asombramos ante la tortura que el tiempo ha infligido al caparazón terrestre y nos preguntamos cómo pueden vivir ahí seres humanos. En Soria, la provincia terrible, bajo las taimadas montañas de Aragón, recuerdo haber recogido a una anciana que se había caído del burro y haberla llevado a la cuneta para limpiarle la sangre de la nariz. Era una figura tallada en madera, leve como una cáscara. Era como tener la inanición en tus manos.
Pero es mejor, diría yo, elegir la ruta lenta hacia España y experimentar la ruptura con Europa en la frontera terrestre. Es cierto que en Irún no estás en España, sino en las provincias vascas, entre personas de una raza y una lengua tan misteriosas que constituyen una anomalía europea; lo mismo que ocurre, en el otro extremo de los Pirineos, con Cataluña, donde la gente es en realidad provenzal, habla su propio idioma y suele ironizar sobre el proverbio español «África empieza en los Pirineos», convirtiéndolo en «África empieza en el Ebro». Pero la huella de España se percibe en estas provincias, así como la mancha española rebasa sus fronteras. La puedes encontrar en Montpellier; por la parte del Atlántico llega hasta Biarritz, San Juan de Luz y Bayona. Y en esos lugares te tropiezas con algo profunda e inquietantemente español que se remonta a los orígenes del carácter nacional: los exiliados. Mucho antes que la Europa de los años treinta o la Rusia de comienzos del siglo xix, el gran productor de exiliados ha sido España, un país incapaz de tolerar a su propia gente. Los moros, los judíos, los protestantes, los reformistas…, fuera de aquí; y que se larguen también, en distintos periodos, los liberales, los ateos, los curas, los reyes, los presidentes, los generales, los socialistas, los anarquistas, los fascistas y los comunistas; fuera la derecha, fuera la izquierda, fuera cualquier gobierno. Esta evidencia recuerda el cruel rugido insultante que resuena en la arena cuando el torero hace una mala faena; que lo echen. Hendaya y Bayona están ahí para recordarnos que España, antes de las dictaduras, los estados policiales y los cazadores de brujas de la historia contemporánea, ha dominado como nadie el arte de fabricar exiliados. Y los exiliados atraviesan el puente de Hendaya hacia Francia, el país que todo lo ha tolerado, y desde las ventanas del hotel francés de turno, el nuevo exiliado mira al otro lado de la ensenada los siniestros campanarios de su país natal, oye sus estridentes campanas a través del agua y detesta a esa Francia que le ha ofrecido refugio. Está orgulloso de su odio, se hunde en el fatalismo, la apatía, las intrigas y las peleas con los demás exiliados y proclama con orgullo: «Somos el pueblo imposible».
Hendaya: el tren muere en las aduanas. Atisbas la primera muestra de la imposibilidad española. Un joven está asomado a la ventanilla del vagón, hablando con un amigo que se halla en el andén. El amigo no está autorizado a pisar el andén, no vaya a ser que pase algo de contrabando. El gendarme le ordena que se vaya. El español toma nota y le dice a su amigo lo que le tiene que decir. Es algo muy sencillo.
—Si vas a verles el miércoles, diles que ya he llegado y que apareceré a finales de semana.
Pero si un gendarme francés y mandón cree que así es como actúan los españoles, está muy equivocado. El simple concepto se convierte en lo siguiente:
—Supongamos que los ves y les dices que estoy aquí, pero si no, no; puede que no los veas en persona, pero igual hablas con ellos por teléfono o les envías un mensaje a través de alguien, y si no es el miércoles, pues el martes o el lunes; si dispones de coche podrías elegir el día que más te convenga y decir que me viste, que nos encontramos en la estación y que yo te dije que si tenías alguna manera de enviarles un mensaje o de verlos, pues que igual aparecía el viernes, o el sábado, a final de semana, vamos, puede que el domingo. O no. Si aparezco, aparezco, y si no, pues ya veremos, así que suponiendo que los veas…
Dos españoles pueden prolongar durante una hora este tipo de conversaciones, basta con leer los periódicos locales para comprobar que subsisten envueltos en un caparazón de prolijidad. El gendarme francés insiste en que el español debe irse. El español del andén se da la vuelta por completo, no sólo vuelve la cara, y contempla sin rencor al gendarme. Está calibrando un concepto muy complicado: la existencia de una personalidad ajena. Se da la vuelta porque no ha captado nada más que una leve oposición. No es una muestra de desprecio; simplemente, es incapaz de hacer dos cosas a la vez. Se dirige de nuevo al del tren, vuelve sobre el mismo tema desde su punto de vista, con la misma profusión de detalles y añadiendo salvedades y estipulaciones de su cosecha, hasta que una especie de telaraña impenetrable se ha tejido en torno a ambos. Sólo son conscientes de sí mismos, y los pormenores de su charla son un modo de aniquilar cualquier posibilidad de reconocer al otro. Están perdidos en el sonido de sus charlatanes y monótonos egos, y sólo se les podría sacar de ahí a tiros. La prolijidad española, la pasión por el detalle que se perpetúa a sí mismo se observa incluso en algunos de sus más notables escritores —en las novelas de Galdós, sin ir más lejos, en el pasaje que he citado anteriormente hay tres imágenes para mencionar la «máscara»—, y crea un mundo propio tan ligero como impermeable. Sin embargo, los españoles tienen un idioma lacónico, la utilización de la tercera persona es abrupta y económica, hasta su poesía más ornamental usa frases concisas y tiende a lo lapidario y lo proverbial. Los españoles pueden ser tan reservados y silenciosos como los ingleses; pero cuando llevados por su tendencia al extremismo se sientan a charlar, te parece estar viendo a alguien que hace punto, tan preciso es el detalle y tan repetitivo el método. La verdad es que son gente de excesos: se exceden en el silencio y la reserva, se exceden al hablar cuando se lanzan de repente a ello. Naturalmente, es absurdo generalizar sobre una nación a la vista de dos personas en el andén de una estación; pero somos viajeros, así que corrijamos una generalización añadiendo muchas más. Ya habrá tiempo de reflexionar sobre la variedad de la naturaleza humana y sobre cómo se perpetúan los estereotipos. Más adelante. De momento, hablemos de los demás españoles del tren.
Resultó fácil distinguirlos de los franceses cuando se subieron al vagón, en París, pero no tanto de los italianos. Los hombres españoles iban mejor vestidos que los de...




